ANÁLISIS

Rajoy y otros: el factor humano

El pre­si­dente en fun­ciones no es tau­rino pero tiene la opor­tu­nidad de salir por la puerta grande

Mariano Rajoy, presidente del Gobierno.
Mariano Rajoy, presidente del Gobierno en funciones.

Mientras los ex­pertos en de­mos­copia nos ex­pli­can, una vez más, las ra­zones cien­tí­ficas de sus erro­res, los ana­listas des­pliegan otros nú­me­ros, estos más sen­ci­llos, para cal­cular las po­si­bles alianzas post­elec­to­ra­les. Sin em­bargo, casi nadie re­para en un factor que casi siempre de­ter­mina el fu­turo: el factor hu­mano. Nadie dis­cute que Mariano Rajoy ha con­se­guido una vic­toria per­sonal que per­mi­tirá a su par­tido formar el pró­ximo Gobierno...

Rajoy, al que las encuestas colocaban como uno de los líderes peor valorados por los ciudadanos, emerge ahora como el hombre prudente y resistente –el corredor de fondo—que merece el respeto de los ganadores. Y poca gente valora la posibilidad de que Mariano Rajoy rinda un último servicio a su partido y al país, y de un paso al lado para permitir la formación de Gobierno con más apoyos que los 137 diputados de su grupo.

Rajoy ha soportado una campaña tenaz, constante, profunda en la medida que los intereses que la motivaban no eran visibles, para apartarlo del Gobierno. A esta campaña se sumaron con virulencia tanto Pedro Sánchez como Albert Rivera por motivos parecidos pero, probablemente, no iguales. Sus frases denigratorias, alguna claramente insultante, quedaron grabadas en la mente de los electores. Su pretensión de destruir políticamente a Rajoy, al enlodarlo con la corrupción, ha sido un fracaso. Ahora son rehenes de sus propias palabras, de su campaña, y deberán afrontar el hecho de que tendrán que negociar con el hombre al que querían destruir políticamente. Ya no hay margen para unas terceras elecciones.

Rajoy, por tanto, tiene cartas ganadoras en sus manos. Ha expresado su voluntad de constituir un Gobierno estable, con amplio apoyo parlamentario, que permita afrontar no sólo las reformas necesarias, sino la difícil situación internacional. La unidad de las fuerzas democráticas es hoy urgente. Y su gran carta ganadora, tras su victoria electoral, es organizar su retirada una vez establecido un pacto con las otras fuerzas constitucionales que permitan a su sucesor afrontar la legislatura con garantías. No ser un obstáculo personal, esa sería su mayor victoria.

El factor humano, sin embargo, pesa demasiado. Sus adversarios y sus enemigos le han pedido tantas veces que se vaya que debe ser difícil organizar una retirada victoriosa. Su caso no se parece en nada al de Pedro Sánchez que de derrota en derrota se aferra al cargo como un náufrago a un madero a la deriva. Sánchez tiene poca biografía política y se entiende que no quiera ver terminada su carrera de forma poco airosa. Aquí lo que se llama asumir responsabilidades, es decir dimitir cuando se fracasa, es algo que afecta a los demás. Ahora basta con decir que uno no está contento con los resultados, casi como un niño decepcionado con los regalos de Reyes.

La sociedad española está a la espera un acuerdo, a poder ser de un gran acuerdo, en que las partes contratantes negocien, cedan y pacten un programa de mínimos que satisfaga a una mayoría. El factor humano va a ser decisivo aunque todo se envuelva siempre en un discurso más o menos grandilocuente. Sánchez es hoy un hombre a la espera de lo que decida su partido y Rivera debería mirarse en el espejo de Rosa Díez para no incurrir en alguno de esos pecados capitales que conducen al ostracismo. Pero el carácter, dicen, es el destino.

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