POLÍTICA NACIONAL

‘Hoja de ruta’: los factores del proceso en un orden no avalado por la historia

No lo dicen pero quieren con­se­guir el es­tado que cons­truya la Nación Catalana

Marcha por la independencia catalana
Marcha por la independencia catalana

Las fuerzas in­de­pen­den­tistas ca­ta­lanas no saben cómo dar lar­gas, sin perder cre­di­bi­li­dad, al cum­pli­miento del com­pro­miso con­traído cuando por una exigua ma­yoría for­maron el ac­tual par­la­mento de Cataluña. De los die­ciocho meses que se dieron para cul­minar el pro­ceso de in­de­pen­den­cia, han trans­cu­rrido casi cinco, y ya se han pro­du­cido entre ellas las si­guientes di­vi­sio­nes:

  1. entre la CUP, una formación supuestamente anticapitalista y antisistema, y la coalición Junts pel Sí, formada por el conservador Convergencia Democrática y Esquerra Republicana, en torno al proyecto de presupuesto de la Generalidad.

  2. dentro del propio Junts pel Si, con motivo de la composición de esos presupuestos. ERC, que detenta la cartera de Hacienda, desea que sean fuertemente ‘sociales’ a costa de las rentas más altas, es decir, de los sectores sociales que constituyen la base sociológica de CDC, y esta pretensión aviva los deseos del expresidente Mas de retornar al primer plano de la política.

Aunque esas tensiones no son de por sí insuperables, sí dan ‘justificación’ a la necesidad de ir difiriendo la hora de cumplir el compromiso de los dieciocho meses que tan solemnemente asumieron. Un compromiso imposible de cumplir, aunque la continua gesticulación y actos de fe soberanistas traten de enviar un mensaje de inexorabilidad.

Las abrumadoras campañas de movilización y propaganda soberanista que se llevan a cabo desde 2012 se basan sobre los siguientes supuestos: hay una Nación Catalana que se ha puesto en marcha para asumir su soberanía, darse un estado propio y proclamar la independencia. Esa Nación existe desde tiempo inmemorial. Hasta 1714 fue una parte soberana de los Reinos de España. Desde entonces se vio obligada por la fuerza de las armas a vivir, como si no fuera reino soberano, dentro del estado español. Como parte de éste se mantuvo, con diversas alternativas históricas, leal a la nación española. Sólo cuando, en 2010, el Tribunal Constitucional rechazó unos cuantos artículos del nuevo estatuto de autonomía que el ‘parlament’ había aprobado en 2006, Cataluña se sintió ofendida, entendió que el ‘pacto’ con España se había roto y reclamó lo que era suyo por herencia histórica: una soberanía original que en su día había depositado como prenda de su voluntad de paz, y lealtad hacia España.

El problema es que no existe esa Nación Catalana en el sentido convencional y moderno del término. Las fuerzas nacionalistas saben de sobra que sólo mediante la posesión de un estado propio pueden crear la Nación Catalana. Como cualquier otra nación que en Europa se ha constituido. Pero construir un estado propio es una tarea que requiere tales esfuerzos morales, políticos y económicos, durante tanto tiempo, que es ilusorio poner un plazo determinado a la culminación de tal objetivo.

No están aún las fuerzas para el Estado y aún menos para la Nación

La Historia con mayúsculas no se hace a fecha fija, y poner una nueva nación en Europa no se improvisa a base de manifestaciones de medio millón o un millón, ni de consultas improvisadas, y mucho menos por la mayoría mínima de un parlamento. La pequeña mayoría nacionalista del actual ‘parlament’ (2015) se formó gracias al 47,8% de los votos, lo que muestra que más del 52% del electorado no atendió su llamada a la autodeterminación.

Lo que es más, el resultado de JpS (39,6% de los votos) quedó por debajo de la suma de los resultados de ERC y CDC en 2012. Sólo el apoyo parlamentario de la CUP, que obtuvo 8,2% de los votos, logró dar la impresión de que la gran minoría electoral resultante era arrolladora. Ahora JpS se encuentra con que, por seguir manteniendo esa imagen propagandística, la CUP se lleva un premio extraordinario, al aparecer, entre ciertos sectores sociales, como paladín de los oprimidos y vanguardia de un amplio electorado antisistema existente en Cataluña, en disputa (o en posible alianza) con el también radical Podemos.

Pero la realidad empieza a imponérseles a todos. Empecemos por la CUP. Después de dos meses o más de exigir a sus aliados el cumplimiento estricto de los plazos para la declaración unilateral de independencia, una diputada de la CUP, Mireia Vehí, declaró este domingo que la fecha tope del proceso ‘se puede mover’, y que esta decisión no depende necesariamente de que el ‘govern’ acepte la enmienda de su partido a los presupuestos, abriendo así paso a una negociación, de duración indeterminada. La CUP sabe que no puede tensar la cuerda con JpS porque romperla le haría culpable de haber interrumpido el proceso. “Aunque se tengan que prorrogar (los plazos), no es el fin de la legislatura y del proceso”, añadió Vehí.

El presidente Puigdemont también desea ampliar el espacio temporal de que dispone la coalición. No otro fin tiene su declaración del 27 de mayo en el sentido de que no debe entenderse el acto final del ‘proceso’ como una declaración sólo para la independencia. Cabe también, sugirió, una negociación “por la reforma constitucional”, y para determinar el ‘quorum’ necesario. “Hay margen para el acuerdo”, y añadió que aunque la Generalidad continuará con sus planes, puede haber entretanto “cooperación y diálogo”.

Por mucho que lo disimulen, las fuerzas del ‘govern’ aún abrigan reservas sobre la oportunidad de romper con las formas constitucionales, a lo que quedarían obligadas por la literalidad de su ‘hoja de ruta’. No ignoran la lógica de la democracia parlamentaria imperante en España, Europa y el mundo occidental, donde los nacionalistas dicen querer permanecer. Cataluña no está madura para una revolución independentista. La misma CUP sabe que sin JpS no significa apenas nada en términos parlamentarios, y se quedaría sola para sufrir, si llegara el caso, el peso de la ley según la constitución española.

Antes de ejecutar la hoja de ruta, reflexionar

Las acciones, durante estos últimos meses, de las fuerzas independentistas ponen además de manifiesto la ausencia de un poder moderador, incluso de arbitraje. Un papel que durante muchos años ejerció Jordi Pujol, hoy apartado con ignominia de la vida política catalana. Por eso los independentistas dan la sensación de no poder mantener el equilibrio sobre su propia ruta.

El componente conservador de JpS, además, observa con preocupación la continua pérdida de su peso electoral, lo que le deja al arbitrio de fuerzas sociales fuertemente reivindicativas.

Como resumen provisional de todas las observaciones precedentes, se puede proponer la siguiente hipótesis. A la vista de los recientes riesgos de polarización, las fuerzas independentistas se están dando un tiempo indeterminado para la reflexión y la conciliación de contradicciones. A la vista del pobre resultado de las campañas de propaganda y relaciones públicas ante los centros de poder exteriores, a los independentistas les ha entrado vértigo. A la vista de la actual dependencia que sufre Cataluña respecto de la arquitectura financiera y crediticia de España, les asaltan dudas sobre el realismo de la ‘desconexión” que dicen tener por objetivo.

Si superaran todas esos obstáculos y pruebas, y crearan el estado que se prometen, aún les quedaría crear la nación que dicen representar. Pero eso es otra historia. Y larga.

Artículos relacionados