CATALUÑA

Los nacionalistas ya no cuentan para formar el gobierno de España

Y su­fren la pre­sión de los ex­tre­mistas de la lengua

carles puigdemont
carles puigdemont

La le­gis­la­tura re­cién ter­mi­nada ha con­tem­plado un hecho iné­dito en la mo­derna his­toria de la de­mo­cra­cia: la no dis­po­si­ción del ca­ta­la­nismo a se­guir par­ti­ci­pando en la po­lí­tica es­pañola para formar un go­bierno de centro o de iz­quierda. Tampoco el re­sul­tado elec­toral ha hecho ne­ce­sa­rios a los na­cio­na­lis­tas.

Casi infaliblemente, en las anteriores legislaturas las principales fuerzas políticas catalanas mimaron de modo particular sus relaciones con las fuerzas no nacionalistas, tratando de negociar sus apoyos a cambio de concesiones en materia económica y estatutaria.

La nueva situación es índice de que las tensiones entre el soberanismo y el constitucionalismo han subido de tal forma, que ya todas las fuerzas políticas se preguntan cuándo se romperá la cuerda y cómo les tocará responder. Los recientes encuentros de Rajoy, Sánchez e Iglesias con el presidente de la Generalidad, Carles Puigdemont, no han tenido incidencia apreciable en el desenlace de los intentos de formar nuevo gobierno.

Estas observaciones confirman la hipótesis de que las fuerzas constitucionales están a la expectativa del siguiente paso de la escalada separatista, anunciada en la declaración de 9 de noviembre 2015 con que se estrenó el gobierno resultante de las elecciones autonómicas de aquel 27 de septiembre.

La actitud de ‘esperar y ver’ en la cuestión catalana no es sólo cosa de las fuerzas constitucionalistas. En un grado menor también lo es de los responsables políticos catalanes que más se juegan en el envite. Esperan, entre medrosos y esperanzados, no verse empujados antes de tiempo por los más entusiastas a la siguiente fase de la confrontación con España, que ellos quieren abordar pragmáticamente ‘cuando toque’. Sus respectivos relojes corren a velocidades diferentes.

La lengua es de la tierra, no de las personas

Otra vez más, el redoble de tambores procede del mundo de la cultura; más concretamente, del alto sacerdocio de la lengua. El pasado 1 de abril, 170 escritores, lingüistas, profesores, etc., propusieron la eliminación del español como candidato a lengua co-oficial de la República Catalana. Su manifiesto (bautizado Koiné) se titula “Por un verdadero proceso de normalización lingüística en la Cataluña independiente”.

Koiné parte del principio de que “el catalán es la lengua endógena del territorio de Cataluña”, mientras que el castellano es, desde 1714, “una lengua de dominación”. El manifiesto denuncia “la imposición político-jurídica del castellano”, la cual ha tenido como consecuencia el “uso subordinado del catalán al castellano”. Esa subordinación se logró, según ellos, por la bilingualización forzosa de la población, para lograr la cual se impuso en el sistema escolar la “normalización” del uso del catalán. Se trata, pues, de un ataque directo a la política practicada durante decenios por la Consellería de Educación de Cataluña.

Koiné, además, critica a los partidos independentistas por prometer que en la futura República Catalana el castellano mantendrá su status de lengua co-oficial.

Este tipo de denuncia, probablemente, forzará a los actuales partidos independentistas que apoyan al ‘govern’ a reforzar sus seguridades a los castellano-parlantes que se adhirieron a la causa nacionalista, reafirmando la co-oficialidad de las dos lenguas. Lo que, a su vez, hará que los exclusivistas redoblen sus denuncias contra los pragmáticos, por falta de lealtad a la lengua, y por lo tanto a la tierra.

Así, pues, el manifiesto agudiza las contradicciones del movimiento independentista, y pone a prueba la buena fe de las fuerzas políticas que prometen la convivencia de las dos lenguas en una república independiente. Más abajo veremos que las dos lenguas, de hecho, no conviven tan amigablemente, por lo menos donde más cuenta: en el sistema de enseñanza catalán.

La lengua vive en los manifiestos

La batalla por la supremacía del catalán se inició hace bastante tiempo. Albert Branchadell, un lingüista catalán, habitual colaborador de uno de los diarios de la capital de España, ha historiado en un reciente artículo los manifiestos pro-lengua catalana de los últimos decenios, excluyentes del castellano la mayoría, aunque uno o dos ‘convivenciales’. Entre los primeros están el de Els Marges (1979); el de la Asociación para las’ Noves Bases de Manresa’ (1997); el Manifest per la Normalitat Efectiva de la Llengua Catalana (2003); el Manifest de Badalona (2011); el de la Asociación Llengua Nacional (2012), todos los cuales proponen diversos modos de justificar la imposición del catalán, sea como lengua oficial exclusiva, como lengua propia de la tierra, o sea como lengua nacional. En todo caso, coinciden en exigir al ‘govern’ blindar el catalán como única lengua vehicular de la enseñanza.

Entre las asociaciones, llamemos… ‘convivenciales’ está la réplica que la Societat Catalana de Sociolingüistica se apresuró a dar al manifiesto Koiné, poniendo en duda su solvencia científica, rechazando su idea de que el bilingüismo es sinónimo de sustitución lingüística, y afirmando que la normalización del catalán se puede alcanzar desde el plurilingüismo.

De este último punto de vista participa Dolores Agenjo, autora del libro “¡Sos! Secuestrados por el nacionalismo”, del que me ocupé en mi última columna. (28 de abril).

“Sos” es un testimonio de primera mano sobre los efectos que causa entre la población joven castellano-parlante el modo de aplicar el modelo de ‘inmersión lingüística’, el cual, según la autora, supone en la práctica la marginación del castellano como lengua vehicular en la enseñanza. Y deplora que las autoridades judiciales no sean capaces de hacer cumplir las resoluciones del Tribunal Constitucional en esta materia. Agenjo rechaza de plano tres argumentos de las autoridades educativas catalanas.

Primero: no es, como pretenden, un “modelo de éxito”, ya que tiene como consecuencia “un elevadísimo nivel de fracaso escolar, focalizado entre los sectores menos favorecidos de la sociedad catalana”, que suelen ser castellano-parlantes, y sobre todo entre hispanoamericanos y extranjeros que aprendieron español.

Segundo: “la inmersión lingüística garantiza la cohesión social y la igualdad de oportunidades”. Al contrario, la socava, replica Agenjo. En efecto, la exclusividad del catalán refuerza “una división social preexistente, creando dos tipos de alumnos”. Los que tienen el privilegio de estudiar en su lengua materna y los que no lo tienen, generalmente “de clase social baja”.

Tercero: si no se impone a los niños castellano-parlantes la enseñanza en catalán, éste corre el peligro de desaparecer, para añadir que “mientras en la calle se oiga hablar más español que catalán, no se puede hacer ni la más mínima concesión”. Este argumento, dice la autora, pretende “revertir la realidad sociolingüística de Cataluña”, aunque el español sea “la lengua materna de más de la mitad de la población”.

El libro de Agenjo es un prontuario bien documentado de la cuestión, que ayuda a llenar un vacío. Un vacío que debiera ampliarse y objetivarse con aportaciones basadas en estudios empíricos y en datos estadísticos, antes de que los ‘pragmáticos” de la lengua catalana y de la independencia sean arrinconados por las denuncias de los que declaran lisa y llanamente que el español debe ser poco menos que eliminado en una Cataluña independiente.

Mientras maximalistas como los de la exclusividad mantengan la guardia, y las fuerzas políticas de Cataluña se sientan cohibidas por ellos, será muy difícil que alguna de esas fuerzas, por muy nacionalista que sea, vuelva a jugar cualquier papel en ocasión de otra alternativa electoral española.

Artículos relacionados