ANÁLISIS

Elecciones 27J: la derecha y la gangrena

Mariano Rajoy.
Mariano Rajoy.

Mariano Rajoy es hoy el rostro de una de­recha que acusa la fa­tiga de los ma­te­ria­les. De las cuatro graves crisis que sa­cu­dieron la le­gis­la­tura que go­bernó con ma­yoría ab­so­luta sólo una está re­suelta: el re­levo ines­pe­rado en la Jefatura del Estado, que se pro­dujo con dis­cre­ción y ra­pidez con la co­la­bo­ra­ción del PSOE de Alfredo Pérez Rubalcaba. Las otras tres – la crisis eco­nó­mica y fi­nan­ciera, el mo­vi­miento se­ce­sio­nista en Cataluña y los es­cán­dalos de co­rrup­ción que gan­grenan la imagen del par­tido- están en di­fe­rentes fases de desa­rro­llo.

Las cuatro crisis, que se produjeron de forma casi simultánea, podrían haber derribado a un Gobierno que no tuviera la mayoría en las dos cámaras. El PP salió de ellas tocado pero no hundido. En las elecciones de diciembre fue el partido más votado, pero no encontró aliados para conformar una nueva mayoría. Y todo apunta a que volverá a ser la fuerza más votada en las elecciones del próximo mes de junio. Pero si no alcanza una mayoría suficiente, cosa poco probable, todo será distinto. Esta vez el pacto será inevitable y Rajoy, probablemente, tendrá que pagar un precio por el acuerdo si encuentra socios, o el PP deberá pasar a la oposición.

La larga marcha de la derecha española desde los debates de la Constitución de 1978 ha sido accidentada pero firme en dos aspectos esenciales de su discurso político: la defensa de la unidad nacional y la creencia de que los problemas endémicos de la sociedad española sólo tenían solución en la Unión Europea. Lo dijo Ortega mucho antes, incluso, de la guerra civil, esa cicatriz en la que cierta izquierda aún hurga en busca de votos. España era el problema, Europa la solución.

Pero el europeísmo ha perdido gran parte de su brillo ante las condiciones económicas –reducción de la deuda, déficits contenidos- que exige nuestra pertenencia al club europeo del euro. Rajoy presume, con motivo, de haber estabilizado la economía española, de haber evitado la intervención, pero ese discurso parece demasiado frágil para sostener un proyecto político ante una sociedad escéptica que añora las épocas de expansión económica. No hay mayor desafío que defraudar las expectativas de una sociedad de consumo que exige el crecimiento continuo.

Además la revuelta nacionalista catalana, tratada por el Gobierno con una cierta displicencia para ocultar su temor a un conflicto irreversible, y la gangrena de la corrupción han dejado a Rajoy y al Partido Popular a la defensiva, acosados por los escándalos que intenta diluir en el gran charco de las corrupciones ajenas. El cenagal afecta a los partidos que tienen o han tenido responsabilidades de Gobierno, lo que ha permitido a los nuevos partidos, Ciudadanos y Podemos, hablar de nueva y vieja política, un mensaje que doblan con otro más subliminal: jóvenes limpios frente a viejos con demasiados esqueletos en el armario.

Su fuerza, sin embargo, está en las debilidades ajenas. El PSOE, el rival tradicional se ve acosado por la coalición neocomunista que se presentas ante la sociedad bajo la máscara de un movimiento social/populista. La pretensión de esta coalición de Podemos e Izquierda Unida de arrastrar al PSOE a una gran alianza para excluir del gobierno a la derecha, una práctica con una cierta tradición en España, puede aglutinar en torno al PP a sectores sociales que no desean que la izquierda radical acceda al Gobierno. El apoyo de la coalición dominada por Podemos al derecho de autodeterminación, bajo el eufemismo del llamado derecho a decidir, que reclaman diversas fuerzas nacionalistas choca también con la oposición de amplios sectores sociales que ven en el PP y Ciudadanos una barrera a la desintegración del Estado. Tal vez sea el voto del miedo, también llamado voto útil, el que decida las elecciones. En ese escenario, Pedro Sánchez se apresura a reclutar personalidades de la época de Felipe González para dar densidad a su candidatura.

Rajoy y el PP se dirigen a una campaña electoral previsiblemente tormentosa. Llegaron a contar en 2011 con más de diez millones ochocientos mil votos (un 44,62%) que se quedaron en siete millones doscientos quince mil votos (28,72%) en diciembre de 2015. Tal vez muchos de esos votos perdidos se fueron a Ciudadanos que consiguió tres millones y medio de votos (13,93 %) en su presentación en unas elecciones generales y que será, con su perfil constitucionalista, liberal y reformista, un rival a tener en cuenta.

Las crisis del PP no son muy distintas a las que padece la sociedad española, A la gangrena de la corrupción, con el desprestigio de la clase política, se suma la gangrena secesionista en un ambiente de crisis económica. El Gobierno que salga de las urnas de junio tendrá que afrontar la triple crisis y tal vez sean necesarios más de dos partidos para sostener las reformas necesarias. Se habla mucho de reformar la Constitución. No creo que se pueda hacer sin el PP o sin el PSOE.

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