CATALUÑA

El catalán bien. Y el castellano también

Las leyes de en­señanza de la Generalidad no lo­gran pa­ci­ficar la cues­tión de la lengua

El sis­tema con­table de li­bre­rías Libridata in­formó de que la venta de li­bros en lengua ca­ta­lana en el día de Sant Jordi en Barcelona (23 de abril) su­peró al de la venta de li­bros en cas­te­llano, según una es­ti­ma­ción pro­vi­sional sobre el 40% de las li­bre­rías ca­ta­la­nas. La pri­mera vez que la compra de li­bros en ca­talán su­peró es­ta­dís­ti­ca­mente a la de li­bros en es­pañol ocu­rrió en 2015. Si se con­firman al cien por cien los datos ade­lan­ta­dos, di­fí­cil­mente podrá ne­garse este he­cho: el ca­talán no corre ningún pe­ligro de des­apa­recer bajo la pre­sión del cas­te­llano, idea sub­ya­cente en la po­lí­tica edu­ca­tiva apli­cada por la Generalidad.

De esta última aseveración se deduce una consecuencia lógica: la desigualdad en el uso del castellano en el sistema educativo catalán no tiene razón de ser, y debería ser revisada urgentemente. Por lo menos en el sentido de las doctrinas sentadas por el Tribunal Constitucional.

Sin embargo, según sostiene una persona que tiene razones para conocer la situación (Dolores Agenjo, autora del libro “¡Sos! Secuestrados por el nacionalismo”. La Esfera de los Libros 2016), las sentencias del TC sobre la enseñanza del español en Cataluña no se cumplen cuando tratan de asegurar un mínimo de uso del español dentro del sistema educativo, que en este momento se reduce legalmente al 25% del horario lectivo de los alumnos en enseñanza primaria y secundaria.

Agenjo fue la única directora de colegio del sistema escolar catalán que se negó a entregar las llaves del centro para la celebración en sus locales de la llamada “consulta” del 9 de noviembre de 2014, en que se preguntaba al público si quería que Cataluña fuese un estado, y si deseaba que ese estado fuese independiente. A pesar de que el TC dio orden de suspender la consulta, ninguna autoridad española fue capaz de impedir que se llevase a cabo. Agenjo fue la excepción

Según ella misma relata, la sentencia del TC le dio la presencia de ánimo para resistir las presiones de la directora de Servicios Territoriales de la Enseñanza y de muchos otros profesores y padres. Sólo otros dos directores de centros se opusieron en un principio a la entrega de las llaves alegando ser custodios de un bien público y por lo tanto estar sometidos a la legalidad, aunque acabaron por claudicar y las entregaron.

El nacionalismo catalán ha hecho de la lengua catalana la punta de lanza para la creación de la “nación catalana”, la cual constituye el sustento material necesario para la creación de un estado independiente. Según esta visión, la lengua es algo consustancial al territorio. Es, por tanto, “la lengua de la tierra”,lo que hace que el español sea para el nacionalismo más extremo una lengua extraña, si no extranjera, y en todo caso impuesta por los gobiernos españoles, especialmente el del régimen de Franco.

Para una gran mayoría de castellano-parlantes y muchos catalano-parlantes la del idioma de enseñanza es una cuestión de libertad y de derechos constitucionales. Los padres deberían tener derecho a elegir la lengua vehicular de la educación de sus hijos, y la administración la obligación de impartirla en igualdad de condiciones con el catalán. Por otro lado, el uso del español no debe sufrir ni sanción ni discriminación, como de hecho ocurre en el uso público del idioma y en los tratos con la administración catalana.

Agenjo sostiene que el castellano es tan lengua de la tierra como el catalán, pues lo conoce más del 90 por ciento de la población. Datos del Instituto de Estadística de Cataluña lo confirman: la lengua de uso más habitual en Cataluña es el castellano (50,7%). El catalán es la lengua usual de sólo el 36,3%, mientras que un 6,6% usan ambas lenguas indistintamente. Esta es una situación amargamente resentida por los ultranacionalistas.

El castellano, lengua necesaria para la unión de los reinos de España

El bilingüismo actual de Cataluña es el resultado de su evolución histórica y social desde, por lo menos, el siglo XV, cuando se unieron las coronas de Aragón y Castilla, y el castellano se hizo segunda lengua de la corte en Cataluña. Desde entonces el uso del castellano se expandió de modo creciente, en base a razones políticas, culturales y comerciales, hasta adquirir carta de naturaleza como lengua de uso social habitual en los centros urbanos catalanes y en las relaciones con los otros reinos de España. En el siglo XVIII, en un movimiento correspondiente a la necesidad política de armonizar los usos administrativos, políticos, militares y económicos del Reino, se fue implantando el uso habitual del castellano en las administraciones civil y justicia, la defensa y el comercio, en todos los reinos de España con lengua distinta al castellano.

Las tensiones que esta cuestión crea actualmente en Cataluña se refleja en las recientes discusiones entre extremistas de la lengua y los pragmáticos que creen que no se puede, o no se debe, eliminar el castellano de la vida pública. A principios de abril de este año, la llamada plataforma Llengua y República, formada por lingüistas, intelectuales y políticos ultranacionalistas, lanzó el Manifiesto Koiné, que denuncia que el catalán está en vías de desaparecer, y aboga por “la restitución al catalán del estatus de lengua territorial de Catalunya” y por la “reversión de la práctica de la subordinación sistemática y generalizada del uso del catalán al uso del castellano”.

El manifiesto fue leído con alarma por las fuerzas políticas nacionalistas, temerosas de que la población castellano-parlante les pudiese retirar cualquier apoyo político, al interpretarlo como una propuesta de hegemonía social del catalán sobre el castellano, y como voluntad de hacer del catalán la única lengua oficial en Cataluña.

Olimpiadas de Barcelona, comienzo de la ofensiva de la lengua

La autora de “¡SOS!” describe la trayectoria del complejo lengua-nación en la Cataluña moderna. En 1980 se hizo obligatoria la enseñanza del catalán. En 1983 se promulgó la ley de Normalización Lingüística, aunque en ésta, dice la autora, “no se prescribía aún la exclusión del español, pues los consejos escolares tenían la potestad de decidir la lengua o lenguas de enseñanza”, y se aseguraba a los niños la primera enseñanza en su lengua materna.

En 1992, año de las Olimpiadas de Barcelona, tuvo lugar a ojos vista la primera ofensiva lingüística nacionalista: un decreto de la Generalidad (75/92) hizo obligatoria la llamada inmersión lingüística en catalán. Una ley de 1998 hizo del catalán la lengua vehicular de enseñanza, con lo que el castellano quedaba sólo como lengua curricular. La ley de Educación de Cataluña, de 2009 llega al extremo de expulsar el uso del castellano en las comunicaciones escritas y verbales internas del sistema escolar, y en el trato con los padres, según denuncia la autora.

También denuncia Agenjo que la sentencia del TC de 1994, que declara que el castellano y el catalán son lenguas vehiculares de la enseñanza (catalán 75%, castellano 25%), deja a éste último, de todas formas, en situación residual: dos horas de clase en primaria y tres en secundaria.

En opinión de la autora, “la Generalidad obvia estas sentencias y porcentajes, y continúa con su política lingüística a la par que clama contra el maltrato que España y sus tribunales infligen a Cataluña atacando y poniendo en peligro la supervivencia del catalán”.

Quién sabe si la voluntad de diálogo que el presidente Rajoy y el ‘presiden’ Puigdemont intentaron mostrar con su reciente encuentro podría llevarles a la conclusión de que, para pacificar la cuestión (una más entre las muchas que separan a las dos administraciones), sería útil la redacción de un Libro Blanco sobre esta controvertida materia, que la saquen del enfrentamiento ‘nacional’ y la lleven un paso adelante, más allá de donde la pueden llevar los valientes testimonios personales.

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