POLÍTICA NACIONAL

Puigdemont cree que Cataluña fue y sigue siendo soberana

Tiene una no­ción pre­cons­ti­tu­cional e idea­lista de la his­toria ca­ta­lana

Carles Puigdemont
Carles Puigdemont

El pre­si­dente de la Generalidad ca­ta­lana, Carles Puigdemont, tiene una no­ción del or­de­na­miento his­tó­rico, te­rri­to­rial y cons­ti­tu­cional de Cataluña que inevi­ta­ble­mente, si lo sos­tiene en su fu­tura ca­rrera po­lí­tica, le lle­vará a un en­fren­ta­miento di­recto con el or­de­na­miento del es­tado es­pañol.

Según su visión del contencioso, Cataluña ha sido, de siempre, una nación con derecho a disponer como quisiera de su soberanía. Una nación que hace cien años decidió ser regionalista; que con la recuperación de la democracia abrazó la opción autonomista, y que ahora está en condiciones de optar a la independencia. La soberanía de Cataluña recorre toda su historia, y es por tanto preconstitucional.

Cataluña, según esa visión, habría conservado, a lo largo de sus alternativas históricas, el derecho a fundir su soberanía inalienable, durante un tiempo más o menos largo, con la de otra entidad soberana, en este caso, España (mediante la adopción constitucional del regionalismo en el s. XIX y primer tercio del XX, y luego en el régimen autonómico), y ahora es igualmente libre para recuperarla. Para ello, le bastará seguir unos procedimientos previstos en la llamada “hoja de ruta” con que su formación, Junts pel Sí (JpS) se presentó a las elecciones autonómicas del pasado 27 de septiembre, que dieron la mayoría parlamentaria a los independentistas pero no la mayoría del voto popular. Ahora sólo falta, piensa Puigdemont, conducir el proceso independentista bajo el control de un número de formalidades democráticas. Nada más.

Puigdemont pide que el estado haga más fáciles esas formalidades, y para ello le bastaría reconocer el principio de que Cataluña es y ha sido siempre una nación soberana, y que por tanto tiene derecho a hacer explícita la soberanía mediante un referéndum sobre su independencia; referéndum que el gobierno central debe acordar al de Cataluña sin más dilaciones.

Madrid no nos hace falta

El recién estrenado ‘president’ está dispuesto a negociar las condiciones del referéndum, siguiendo el ejemplo de lo que hizo el gobierno del Reino Unido en el caso de Escocia. “Si hay voluntad de hacer un referéndum, nos podemos entender todos” declaró el pasado sábado al diario “El Periódico”, de Barcelona. Pero “si el estado español no quiere pactar y negociar, no tenemos por qué pagar el pato de esa opción intransigente”, advirtió.

En todo caso (viene a decirnos Puigdemont), el gobierno español sabrá lo que le conviene porque, como declaró este pasado fin de semana a cinco diarios internacionales, “Cataluña puede conseguir su independencia de España sin un acuerdo con Madrid”. Pero él no es intransigente. Según asegura en otras declaraciones - esta vez al diario de Barcelona El Periódico -, está dispuesto “a negociar las condiciones del referéndum que contenten a las dos partes”.

El ‘president’, en su entrevista en El Periódico, lanza un desafío a Pedro Sánchez, quien pocos días antes le había visitado en Barcelona en su ronda de consultas con vista a formar un posible gobierno de coalición. Al parecer, Sánchez le ofreció “un camino intermedio que permita hacer una consulta que no pueda ser tildada de autodeterminación”. Puigdemont declara que queda a la espera de que Sánchez pueda formar o no gobierno, y en caso de que sí, la consulta “le tocaría formularla al gobierno español”; para añadir a seguido: “Es un elemento de fortaleza democrática preguntar a los catalanes, lo llamemos como lo llamemos, qué tipo de relación creen que se puede establecer con el estado español”.

Las dos declaraciones de Puigdemont hay que verlas también en términos de política interna catalana, con especial referencia, por un lado, a Artur Mas, presidente de Convergencia Democrática de Cataluña (CDC) y líder indiscutible (hasta ahora) del proceso independentista, y por otro frente a la coalición de extrema izquierda CUP, que da apoyo al gobierno de Junts pel Sí (JpS) pero se mantiene en la oposición en materias sociales y económicas. Mas busca mantenerse en el centro de la atención política, mientras que la CUP quiere romper el paso cauteloso de JpS a la independencia, e ir de cabeza hacia ella.

Por eso Puigdemont se ve obligado a diseñar un proceso independentista que sea a la vez prudente, para no producir una ruptura fatal con el estado español (cautela de cara a CDC), y convincente en su argumento de que la independencia se producirá inexorablemente si así lo quiere el pueblo catalán (cautela frente a la CUP).

Un ser que trasciende la historia

Unas declaraciones de Mas del pasado día 9 habían producido cierta alarma en la opinión nacionalista. El ex-presidente dijo que su partido no debería presentarse “estrictamente como independentista sino soberanista”. También recomendó “repensarlo todo”, cosa que, en su opinión, no están haciendo los que, después de él, tomaron la causa en sus manos, lo que podría interpretarse como una muestra de disentimiento respecto de los que ahora dan la cara por el proceso. Mas no cree que Cataluña pueda llegar a la independencia en dieciséis meses, ni que el camino hacia ella quede expedito con “hacer un montón de leyes sabiendo que el Tribunal Constitucional las tumbará”, según la expresión del propio Mas. Es decir, no cree en la independencia “a pesar de Madrid”, como sí cree el ‘president’ Puigdemont.

La idea de Mas, ”repensarlo todo”, no gustó nada la CUP. El miércoles de la pasada semana esta formación presentó una moción para que, si los independentistas ganan las próximas elecciones catalanas, el ‘parlament’ se transforme en asamblea constituyente, por lo que es necesario que esas elecciones ‘se interpreten’ como una declaración unilateral de independencia.

Esta pretensión fue terminantemente rechazada por Puigdemont en sus declaraciones a El Periódico: “Este no es el propósito del ‘govern’ - dijo -, ni es la hoja de ruta. Lo que decimos es que para poder proclamar la independencia y ser un estado tenemos que empezar a aprobar un conjunto de leyes”.

El ‘president’ esbozó ese proceso, que en resumen comprende: 1) el actual parlamento convocará nuevas elecciones, que esta vez serán llamadas constituyentes; 2) el parlamento resultante, si los votos de los independentistas son mayoría, “impulsará las leyes que constan en la hoja de ruta”; (nota: tres de esas leyes están siendo redactadas ya por una comisión del parlamento actual, en contra de una sentencia del Tribunal Constitucional); 3) ese nuevo parlamento elaborará la constitución de la República Catalana, y 4) el pueblo catalán la votará en un referéndum. Para consumar ese proceso, asegura Puigdemont, “no habrá que saltarse la legalidad” (¡!).

Se cierra así el ciclo de un modo de representación del mundo típicamente idealista: el mundo es como lo diseña mi representación de él, no como la historia lo ha hecho. Cataluña es un ser trascendental, sobre el que la Historia no deja más que huellas intranscendentes.

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