Interminable hora y media de pre­pa­ra­ción del examen para dis­tintos puestos en Enaire

Opositora impenitente: 20.000 candidatos para 70 auxiliares administrativos

Jóvenes se vuelcan en masa hacia el em­pleo pú­blico tras cinco años de ca­rrera

desempleo
Desempleo juvenil.

Hace tiempo que quería co­nocer en mi propia piel el au­tén­tico sig­ni­fi­cado de la pa­labra opo­si­tor. El es­fuerzo que re­pre­senta el es­tu­dio, el gasto que su­pone pre­pa­rarse para una prueba de tal en­ver­ga­dura, a qué se debe el mal­humor tra­di­cional del opo­si­tor... Decidí apun­tarme a dos que pa­re­cían fa­ci­litas y, ca­sua­li­dades de la vida, me he exa­mi­nado de ambas en seis días. Los dos test se han lle­vado a cabo en la Universidad Complutense. Un ho­rror.

El domingo 21 de febrero tuvo lugar el de auxiliares administrativos del Estado, en la Facultad de Derecho. El segundo, el sábado 27, para Administrativos de Enaire (la empresa desgajada de Aena) en la Facultad de Farmacia.

Después de siete años sin apenas oposiciones, la gente ha acudido en masa. Unas 20.000 personas para 70 plazas de auxiliares. Era como si volviera a la universidad. Dos de cada tres opositores eran chavales de menos de 25 años. Era como en mi época. Las mismas caras, la misma progresía, las mismas patillas, los mismos pañuelos al cuello. Las chicas han cambiado algo, se las ve un poco más modernitas. En mi época llevábamos pantalones todas.

Mi entrada en la Facultad de Derecho me impactó. Es un hall grande con dos escaleras a izquierda y derecha que dan a una barandilla. Me impresionó una pancarta bastante proletaria, hecha con papel de embalar y que se refería a la República en el sentido de que ahora vivimos una situación similar. La Facultad de Derecho siempre ha sido un 99,9% de derechas: encontrar un cartel que me hablara de la República me dejó helada.

El examen fue en la segunda planta. La gente arracimada en los pasillos. Tenían que leer los nombres de todos y comprobar el DNI. Qué mal deben estar las cosas. 20.000 que se presentaron después de haber estudiado cuatro o cinco años.

El examen duraba 70 minutos. Había dos fases independientes, aunque se podía administrar el tiempo como se quisiera, porque te daban las dos pruebas juntas. Sesenta preguntas el primer test y 30 el segundo. Los fallos penalizaban.

El primer ejercicio, 30 temas de Constitución y leyes y 30 de habilidad mental en mates y lengua. A la segunda parte le tenía mucho miedo, porque era ofimática y estaba muy pez. Bajé el rendimiento. Mucha pregunta estúpida de atajos de teclado para distintas funciones.

Un examen complicado, a pesar de la ausencia de nervios, porque no es lo mismo tener que aprobar un examen para ponerte a trabajar que para cambiar de empleo.

LADILLO/ Segundo test La siguiente semana fue mucho más relajada. Me presentaba el sábado al examen de técnico administrativo de Enaire, a priori más sencilla. La empresa había hecho que nunca había visto, tenía colgados en su web todos el temario. Un detalle inestimable.

Eran contenidos sobre comunicación, trabajo en equipo, las clásicas leyes de violencia de género o protección a la mujer y temas como dos capítulos del Estatuto de los Trabajadores o el convenio colectivo de Enaire. Tener el temario evita lo que hizo la mayoría de la gente con la de auxiliares del Estado, apuntarse a una academia que cobraba 150 euros al mes, donde han estado pagano durante nada menos que ocho meses. Menudo chollo que tienen algunas academias. Y encima vendieron unos libros que estaban mal y luego enviaban fe de errores interminables por internet. Un auténtico atropello.

Hasta ahí, todo iba perfecto en esta oposición. Los problemas llegaron el día del examen. Nos habían convocado en la Facultad de Farmacia a las ocho y media de la mañana (otros fueron a la de Periodismo, que está enfrente). La gente arracimada en la escalera de entrada del edificio esperando entrar, pero allí no abría nadie la puerta. Tampoco eramos muchos, debíamos ser unos 5.000 repartidos en en las dos facultades en 16 oposiciones a puestos distintos.

Me colé no sin un gran esfuerzo por mi parte por mi empecinamiento en transgredir la ley de la impenetrabilidad de los cuerpos, hasta que llegué a unas listas muy parecidas a las que cuelgan en las elecciones generales. "No mires tanto, que te van a entrar más dudas", me dice a izquierdas un fornido joven con barba de dos días. "No, si es que me han dicho que es aquí en Farmacia y estoy segura que algo falla", le respondo. "Yo cada vez que las miro me entran más dudas". En efecto, no era en la entrada principal sino en el Aulario. Me dicen dónde está el aulario, una especie de loft muy alargado lleno de aulas.

Abren la puerta a las nueve menos diez. No somos muchos, pero los suficientes para armar jaleo. "Quien quiera, que vaya al servicio". Los chicos no sé cómo lo hacen pero entran y salen, mientras nosotras estamos en una cola bestial de unos 30 metros.

Ya estamos en el aula y aquí viene lo mejor. Esperar, esperar y esperar. "Los que quieran que vayan al servicio" dicen. ¡Dos veces en media hora! Al final, a las diez de la mañana empieza el examen. Nadie entiende por qué hemos estado esperando una hora y media, pero nadie se atreve a decir nada.

La espera compensa. El examen en principio era muy asequible. La parte de comunicación ocupaba un buen espacio. No había nada de matemáticas ni sicotécnicos. Me daba miedo la segunda parte de ofimática, pero las preguntas de word eran facilísimas. Y luego había muchas con foto, de las que se deducían las respuestas.

Al final, buen sabor de boca. Creo que aprobaré la segunda oposición. No me va a dar trabajo, pero que me va a permitir figurar en una bolsa de empleo de la que tirará esta empresa durante años en sus contrataciones.

Ah, por cierto, yo paso de los cincuenta. De mi quinta había uno de cada diez opositores. El 60% eran jóvenes y el resto entre 25 y 50 años.

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