POLÍTICA NACIONAL

Una reflexión ‘historizante’ sobre Podemos y los neonacionalistas

Los ‘Días de la Marmota’ vienen de lejos

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Pablo Iglesias, Podemos.

En los úl­timos meses hemos visto cómo, al na­cio­na­lismo vasco y ca­talán de toda la vida, se unen en afán de pro­ta­go­nismo e in­fluencia otros na­cio­na­lismos pe­ri­fé­ri­cos, de menor rai­gambre o ‘prosapia’. Esos na­cio­na­lismos de nuevo cuño se dan con cierta fuerza en Galicia, Comunidad Valenciana y Cataluña, o más par­ti­cu­lar­mente en Barcelona. Los hay tam­bién en Baleares y Canarias. En las re­cientes elec­ciones ge­ne­ra­les, al­gunos han al­can­zado en su nombre es­caños en el Congreso, y éstos tienen en común haber via­jado en el au­tobús elec­toral de Podemos.

Pero nada más llegar a la Carrera de San Jerónimo, se han apresurado a recuperar la identidad y el perfil de representantes de sólo su tierra de origen, no de Podemos. No les mueve un ‘animus’ autonomista, ni tampoco regionalista o provincialista. Aunque son de izquierdas, ante todo son nacionalistas.

Se unen a la larga cohorte de fuerzas nacionalistas más ‘tradicionales’; a ésas que son ‘establishment’ en sus propias tierras, como CDC, ERC, PNV, BNG, etc. Los nacionalistas de nuevo cuño se sirvieron del Podemos de Pablo Iglesias para ganar eficacia electoral, y una vez conseguido el objetivo de un número equis de escaños se apresuran a recuperar su independencia. En este sentido, pertenecen a una nueva especie de la biología política: son fisíparos, un modo de comportarse, inusual hasta hace pocos años.

Debido a esa volatilidad, Iglesias no puede prometer al candidato a la presidencia del gobierno Pedro Sánchez sino los 40 diputados afiliados a Podemos, muy por debajo de los sesenta y dos que se presentaron juntos en su lista electoral. Estos otros darán su apoyo o no a lo que Sánchez negocie con Iglesias, siempre que haya algo en ello para su ‘parroquia’. De ese modo, el costo de negociación se elevará apreciablemente para Sánchez e Iglesias.

Es algo parecido a lo que le sucedió a Junts pel Sí y a Artur Mas, en su negociación con la CUP para elegir nuevo presidente de la Generalidad. El costo de negociación ha sido elevadísimo para Mas y para CDC, pero buenísimo para la CUP, un partido que se había formado por agregación de células marginales del sistema político catalán, no por división. Este método organoléptico de analizar el cuerpo político español no es, sin embargo, lo más interesante del momento.

##¿Pluralismo o disgregación?

Lo más interesante es por qué, a estas alturas de la historia contemporánea de España y de Europa, aparecen estos fenómenos a los que en principio les cuadra una de estas dos interpretaciones: o son expresión de un nuevo pluralismo político o son un síntoma más de disgregación nacional. Lo más probable es que sean ambas cosas a la vez. Si lo fueran, esa sería la respuesta natural a la crisis europea, la cual relacionamos directamente con la crisis económica. En las penalidades y estrecheces, cada uno mira primero por ‘su casa’, y luego si acaso por la comunidad. Esto descoloca a las fuerzas que ocuparon el espacio político central, tanto en Europa como en España, durante los largos años de desarrollo e integración europeos. Esas fuerzas se ven perdidas cuando tienen que aplicar políticas que rectifican los desvíos y los errores cometidos en tiempos de abundancia y exceso de confianza.

Es, por ejemplo, el caso de España. Después de los alegres seis primeros años de Zapatero, llegó el parón, el déficit, la explosión de la deuda, la crisis bancaria y el paro. Por eso el partido socialista obtuvo en 2011 el peor resultado electoral de su historia. Todo el hueco dejado por el PSOE fue ocupado tres años después por Podemos. Esta formación se quedó el 20-D a 1.300.000 votos respecto del PSOE, el cual obtuvo un resultado aún peor que el de 2011. Iglesias ha venido tratando burlonamente a Pedro Sánchez porque sabe que su partido se ha ganado un buen castigo, tanto por la herencia de Zapatero como porque el líder actual no supo capitalizar el descontento popular, a pesar de su agresiva oposición a Mariano Rajoy.

Lo mismo que la crisis produce en ciertos sectores de la población un reflejo identitario, autoprotector y excluyente, en otros produce, en términos sociales, un efecto de radicalización ideológica. Es el caso de Podemos y todas sus filiales. Esta radicalización empieza a ejercerse en el ámbito en que han alcanzado más poder: el municipal. Ejemplo señero es el ayuntamiento de Madrid, como también lo han sido o son los de Barcelona, Valencia, Cádiz, etc. Dado que su voluntad de alterar radicalmente el status quo social y económico se ve limitado por la legislación, sus pronunciamientos radicales adquieren un valor meramente simbólico, casi gestual.

##A vueltas con la historia y con la Memoria Histórica

Cójase por ejemplo la reciente purga del nomenclátor de calles madrileño, para erradicar todo recuerdo de la ‘época franquista’. Es un gesto tan inopinado e inconsiderado que se han eliminado modestos homenajes como el dedicado a ocho frailes ejecutados por su fe, por fuerzas al servicio de la II República, o el caso de José Calvo Sotelo, asesinado por fuerzas de asalto de esa misma República, días antes de que se pudiese hablar de sublevación militar y estallase la guerra civil.

Este caso, junto con otros similares, muestra que la historia puede ser, y es, utilizada como arma de combate. Con frecuencia la ley de Memoria Histórica es usada con esa intención, como en este caso concreto de Madrid, cuyo ayuntamiento busca en ella justificación y apoyatura legal, para llegar hasta donde probablemente el legislador no pretendía, por el peligro de despertar pasiones adormecidas, u olvidadas el día del perdón, ya otorgado por unos y por otros, pero aún no por unos pocos.

En esta columna me he ocupado repetidamente del servicio que una cierta historiografía catalana presta al nacionalismo. Es fácil concluir que la eclosión actual de nuevas formas de nacionalismo reivindicativo en otras regiones de España encuentra inspiración y argumentos en los antecedentes que les proporciona la historia, con raíces propias o como injertos en nueva planta.

Nuestra guerra civil y el exilio de las fuerzas republicanas que le siguió dejaron la caudalosa memoria histórica de una “España peregrina”. En esa España cupieron, con mayor o menor recorrido, la idea de una España que reconociera “la soberanía de cada nación” (Castelao), o la Comunidad de Naciones Ibéricas (Araquistain), o incluso la Federación de los Pueblos Ibéricos. Estas exaltadas nociones cristalizaron en un ideal con nombre propio: Galeuzca (Galicia, Euzkadi, Cataluña, Andalucía), pero se marchitó con las duras realidades geopolíticas de la posguerra mundial y la Guerra Fría.

A partir de ahí, el nacionalismo refugiado en el exilio se purgó de comunismo, dio por enterrada la República (revista ‘Las Españas’), y empezó a pensar en la España democrática y post-franquista. Y de ahí, con el transcurso de los años, se llegó a un exilio volcado en el Movimiento Europeo, en el federalismo frente a la autodeterminación, pero sin olvidar el nacionalismo lingüístico; así como a la efímera proclamación del derecho de autodeterminación de las ‘naciones de España’ por el partido comunista y el PSOE, justo hasta el momento de su anhelada incorporación al proceso incluyente de la Transición Española.

Como se ve, hay más de un “Día de la Marmota”, aparte del que ya hemos vivido durante el largo proceso de formación del nuevo gobierno. Los españoles aman tanto su historia que de cuando en cuando quiere revivirla en escena.

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