GEOPOLÍTICA

Trump deberá desprenderse pronto de su populismo

Su poder pre­si­den­cial está con­di­cio­nado por otro ins­ti­tu­cional que le pre­cede

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Trump, vencedor, en el NYP

Los mer­cados re­ci­bieron de uñas la no­ticia de que Donald Trump había ga­nado la ca­rrera a la Casa Blanca. Pocas horas des­pués se re­co­braron par­cial­mente, sobre todo tras su dis­curso con­vo­cando a de­mó­cratas y re­pu­bli­canos a se­guir tra­ba­jando unidos por el país. A mu­chos les sonó bien, quizás porque no lo es­pe­raban del abrupto per­so­naje. Pero en el fondo, ¿cómo podía com­por­tarse de otra ma­nera? Pronto tendrá los re­sortes del poder en sus ma­nos. Pero los dedos del poder le tienen a él. En cierta forma él es un huésped del po­der.

El Poder con mayúscula, para que se entienda. Y ese poder tiene una agenda de trabajo tan voluminosa que cuando Trump se vaya familiarizando con ella, le irá convirtiendo en otra persona. Esta persona estará más informada (los dossieres son infinitos y complejos), más realista (muchos de esos expedientes contienen las claves que pueden desenlazar la destrucción o la salvación de pueblos y naciones, entre ellos los suyos); y más prudente (el sistema democrático tiene ‘checks and balances’ pero también aristas, afiladas y ocultas). El poder, además, obliga a refinar las formas.

Toda esa introducción es para decir que la presidencia de Trump estará más restringida por las realidades del poder detentado por los Estados Unidos, que por muchos de los increíbles compromisos que ha contraído, y que le han ganado el marbete de populista entre las opiniones de muchas otras naciones..

Empecemos por la prioridad que, dentro de su programa, aparentemente ha sido el factor decisivo de su victoria: devolver a su país los puestos de trabajo que fueron exportados a terceros países por la globalización, y cuyos productos compiten con el ‘made in USA’. ¿Está Trump en condiciones de desviar unas corrientes de negocios que obedecen a la racionalidad del capitalismo, favorecidas además por los poderosos sectores financiero e industrial de la economía norteamericana? El coche acabado en una maquiladora mexicana, ¿no recibe gran parte de sus piezas de un fabricante de los Estados Unidos? Ese coche, ¿no le sale más barato al comprador norteamericano que el fabricado en los propios Estados Unidos?

Esta cuestión se halla estrechamente vinculada con la de la emigración. La presión demográfica y laboral de México sobre Estados Unidos es resultado de su nivel inferior de desarrollo. Ya es sabido: a más desarrollo, más retención nacional de la mano de obra, y en consecuencia menos presión migratoria hacia el norte. Es más, el mercado mexicano ofrece una oportunidad de ampliar, de forma realista, el alcance de la globalización, pero limitándolo dentro de un espacio determinado por sus propios e invariables imperativos geopolíticos. No es lo mismo ‘globalizarse’ de cara a remotos países bañados por el Pacífico o ante una nación continente como China, que abrirse hacia un país de mediano tamaño con el que se comparten ríos, sierras y vastas configuraciones marítimas, aparte de muchos rasgos culturales.

Pero incluso abandonar el impulso hacia la Asociación Transpacífica (TPP) obliga a revisar uno de los pilares de la seguridad de los Estados Unidos en el Pacífico occidental. Japón y Corea del Sur consideran ese tratado como esencial para asegurar el futuro de sus economías y fortalecerse ante China. Este tratado no se llevará al senado hasta que el nuevo presidente asuma el poder, y lo que quiere Trump a lo mejor no cuadra con lo que desean muchos senadores, que representan intereses económicos muy fuertes de sus estados, y compromisos firmes con los que se han jugado su carrera política.

Unas propuestas de seguridad lanzadas a la ligera

Está también el impacto internacional de cancelar el TTP. Ésa sería una mala noticia para Shinzo Abe, el primer ministro japonés. En su caso, y en el de Corea del Sur, la economía se cruza inseparablemente con la seguridad. Frustrar a los amigos y aliados en lo comercial, y animarles a continuación a hacerse con el arma atómica, como ha propuesto Trump a Tokio y Seúl, no parece muy practicable, siquiera sea por la dificultad de disponer de ella en el relativamente corto plazo de una presidencia de cuatro años, ya que requiere una reestructuración geopolítica fenomenal, que consumiría recursos intelectuales y políticos, aparte de financieros y militares, de los que ni Japón ni Corea del Sur disponen de momento porque hasta ahora no lo habían necesitado.

A la misma clase de expedientes imposibles pertenece el supuesto acercamiento entre Trump y Putin. En este caso la alarma ha sonado en Europa. Y sólo por una cosa tan superficial como que ambos hayan insinuado que pueden entenderse. Trump tendría que ignorar la indignación y preocupación que han causado al público y a las élites políticas norteamericanas el desprecio mostrado hacia el proceso electoral en órganos de propaganda oficiales rusos, o el espionaje de Moscú sobre las redes informáticas de los Estados Unidos. Trump sólo ha prometido reparar las relaciones con Rusia, lo que ha sido saludado por Putin como una victoria personal, debida a su firmeza y a su rectilínea trayectoria nacionalista, pero sus estrechos límites son perfectamente legibles por las cabezas frías que sin duda seguirá habiendo en la administración norteamericana.

Putin quiere ser un interlocutor fiable de Washington, al que quiere ver más despegado de esos quejumbrosos europeos que piden a Washington desplazar fuerzas militares a las fronteras con Rusia. Moscú está urgido por dos imperativos circunstanciales: que Occidente levante las sanciones económicas y las personales contra algunos de sus líderes, y retrasar o parar la preparación militar de la OTAN, que se lleva a cabo demandada por los países bálticos, Bulgaria, etc. Moscú, sin embargo, tiene poco que ofrecer a cambio, en términos de disposición a la colaboración en la seguridad común.

Trump ha demandado a los aliados europeos un incremento de su esfuerzo militar. Hace bien. Este es un expediente en que el presidente Obama ha sido benigno, si no negligente. Los cambios habidos durante sus mandatos en el espacio geopolítico de Europa no han recibido respuesta, ni convincente ni suficiente por parte de los aliados, especialmente en casos como los de Alemania y España. Las defensas de los países europeos no se mueven si no es de la mano de los Estados Unidos, en un tiempo en que se ha producido la anexión de Crimea por Rusia, la guerra clandestina contra Ucrania, el abandono por Moscú de las negociaciones sobre armamento nuclear, su despliegue militar en Siria y un largo etc., en un esfuerzo político de Putin que, en opinión del presidente búlgaro, Rosen Plevneliev, tiene por fin “hacer que Europa dependa de Rusia”.

El examen de lo que significará la presidencia de Trump pide muchos capítulos: queda por analizar la posición que tomará Washington sobre las guerras civiles de Oriente Medio, o el tratado de desnuclearización con Irán, o la política expansionista de China en mares que comparte con aliados de los Estados Unidos; o la carrera espacial de ambas potencias; o su ciberseguridad, etc.

Los pronunciamientos de Trump, durante su carrera presidencial, unos impertinentes, otros meramente provocativos, en torno a los problemas geopolíticos más cruciales de nuestro tiempo, no tienen mucho significado ni sentido en un mundo tan complejo, cuyos resortes y secretos han ido engrosándose a lo largo de sesenta años o más. Esos son los dossieres del poder con los que Trump debe familiarizarse y dominar. Y se dará cuenta de que el populismo con que ha querido muchas veces caracterizarse tiene poca cabida en ese aprendizaje.

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