UN BANCO EN EL RETIRO

Brexit: los políticos proponen, los mercados disponen

El Gobierno bri­tá­nico trata de apa­ci­guar, en ronda di­plo­má­tica, los efectos del aban­dono de la UE

Theresa May
Theresa May

“El Reino Unido está de­ter­mi­nado a re­cu­perar el con­trol”. Palabras de Theresa May, que, Martin Wolf, en el Financial Times, pun­tua­liza “Formal so­ve­reignty is not po­wer… los po­lí­ticos pro­ponen pero los mer­cados dis­po­nen; el go­bierno del RU ha anun­ciado sus in­ten­ciones pero las reac­ciones de los demás de­ter­mi­narán los re­sul­ta­dos”.

Los dos discursos pronunciados por la señora May en el congreso de su partido apuntan a un Hard Brexit. En efecto, la desconexión con la UE, artículo 50 de Tratado, comenzará como más tarde antes del próximo mayo. El Reino Unido será un país independiente y soberano, liberado de instituciones supranacionales pero el Reino Unido tampoco será una Noruega o Suiza en sus relaciones con Bruselas.

La desconexión significa también excluirse de todos los acuerdos comerciales preferenciales firmados por la UE con países terceros. Retejer esa red será laborioso. Los inversores ya han reaccionado devaluando el valor de los activos británicos, empezando por vender libras. Los títulos cotizados en la Bolsa de Londres, evaluados en dólares, han caído hasta los niveles de 2008. Las perspectivas de la economía británica se han ensombrecido.

El Reino Unido como cualquier país en vías de desarrollos confía en que la devaluación de la libra le permita recuperar competitividad y rehacer su frágil contabilidad con el exterior. Ahora bien, el déficit de exterior es de tal magnitud que, como ocurre en los países en vías de desarrollo, obligue a un ajuste de la demanda interna: menos consumo e inversión con relación a su nivel de renta; más austeridad menos crecimiento. Precisamente lo contrario de lo que pretende la política monetaria expansiva del Banco de Inglaterra.

Si las entradas de capital necesarias para financiar el déficit se hiciesen más exigentes, el Reino Unido como cualquier país deudor aislado tendrá que ofrecer condiciones más ventajosas a los inversores es decir una mayor remuneración para colocar deuda pública; la prima de riesgo se dispararía hacia arriba.

Con este mar de fondo la Comisión de Bruselas acaba de filtrar las cifras que reflejan los compromisos contraídos por el Reino unido con UE. Una deuda pendiente de 20.000 millones de euros. Los defensores del Brexit tendrán que revisar sus afirmaciones por esta carga de 350 millones de libras a la semana que habrá que saldar en los próximos dos años. La fiscalidad no se aligera si no que acrece a consecuencia de la desconexión.

Además de estos contenciosos puntuales habrá que cifrar las consecuencias de esa imprudente afirmación de la señora May: “Si usted se cree un ciudadano del mundo, usted es un ciudadano de ninguna parte”. Un rechazo a los expertos de la City, profesionales de las grandes corporaciones (el gobernador del Bank of England es un canadiense) médicos, enfermeras, fontaneros…. ¿Cuánto tardarán los británicos en entender que el 23 de junio votaron para ser más pobres o sentirse más inseguros?.

El Brexit también significa que países como Alemania, Holanda, Francia e Italia, que son contribuyentes netos al presupuesto comunitario, se verán obligados a rellenar el vacío de la contribución británica. Además, y si como propone el primer ministro francés Manuel Valls, la UE debe concentrarse en temas tan primordiales como la defensa y la seguridad, el gasto público aumentará y la fiscalidad tendrá que ser más exigente.

Naturalmente la Comisión y los Estados Miembros, representados en el Consejo de la UE, tienen ya que empezar a hacer economías y revisar cualquier programa financiado con fondos comunitarios ya sea en Bulgaria, Grecia o España. Revisar los despilfarros, pero también revisar la fiscalidad corrigiendo los excesos de las multinacionales que evitan pagar impuesto allí donde se generan sus beneficios. El asunto Appel-Irlanda, es toda una señal.

Una Europa unida con una moneda común es la mejor garantía de que los Estados Miembros, manteniendo su cultura y sus particularidades, continúen intercambiándose mercancías, trabajadores y capital de una manera libre y respetuosa con la más leal competencia. La diáspora es el camino de la servidumbre.

Artículos relacionados