POLÍTICA NACIONAL

La historiografía del XIX y la primera parte del XX desconocía el separatismo

Sólo en nues­tros días, y con Pujol y Mas al frente, han irrum­pido los his­to­ria­dores in­de­pen­den­tistas

Europa: Regiones separatistas que podrían ser foco de conflictos ...
Europa: Regiones separatistas.

La pri­mera his­toria in­te­gral de Cataluña que leí en mi vida es “Historia de Cataluña”, de Ferrán Soldevila. Me la re­co­mendó hacia 2000 o 2001 mi amigo Juan Balansó, his­to­riador de las realezas eu­ro­peas, y ca­talán de pro. En esa oca­sión me pro­nos­ticó cosas sor­pren­dentes por ve­nir. En con­creto, que el na­cio­na­lismo ca­talán iba a con­ver­tirse en el prin­cipal dolor de ca­beza para la de­mo­cracia es­pañola, y que una nueva ge­ne­ra­ción de ca­cho­rros de Jordi Pujol es­taba de­ci­dida a la se­ce­sión de Cataluña.

Eran relativamente jóvenes y estaban resueltos a rebasar los límites del autonomismo, y por lo tanto llegar adonde Jordi Pujol no se había atrevido. Entre ese grupo de aguerridos nacionalistas resaltó de modo particular el papel que iba a jugar un joven político llamado Artur Mas.

Desde entonces no sé cuántas veces he escuchado a tertulianos, y leído a columnistas, que el nacionalismo de Mas es sobrevenido, que es relativamente reciente, que sólo obedece a su ambición política, ya que la mejor forma de afianzarse, como heredero preconizado de Pujol, es llevando las cosas hasta los extremos, etc. En fin, ¡que antes de llamarse Artur, se llamaba Arturo!, como recuerdan algunos, y por lo tanto es poco más que un oportunista.

La historiografía de Soldevila es como un rio que se alimenta de dos vertientes. Una recoge los caudales que el ‘ser de los catalanes’ ha aportado a su propia historia. La otra aporta recursos y soluciones al ‘modo de estar de los catalanes en la historia de España’. Las dos corrientes suelen correr paralelas dentro del mismo lecho; a veces se entremezclan en un recodo del cauce, pero sólo durante periodos. Más abajo, los dos caudales recuperan su propia dinámica y tratan a veces de fluir separados, pero nunca lo logran del todo porque están uncidos al mismo cauce.

Soldevila aparece en el libro del profesor Roberto Fernández, “Cataluña y el absolutismo borbónico”, Premio Nacional de Historia 2015, que he venido comentando en artículos anteriores, como una divisoria de la historiografía catalana. Profesional de la historia, los escritos de Soldevila tienen autoridad, según Fernández, sobre otros autores anteriores por el hecho de que sus métodos de investigación son rigurosos y no están dominados por visiones idealistas y románticas de la historia.

Al tiempo que deplora la introducción en Cataluña de las leyes y los modos de gobernar propios de Castilla, impuestos por el primer rey Borbón, Felipe V, Soldevila no tiene reparos en reconocer cuanto de bueno acabaron produciendo esas medidas en los ámbitos del comercio, la economía y la cultura, a todo lo largo del XVIII. De filiación republicana, Soldevila desarrolló gran parte de su bibliografía bajo el franquismo, por lo que debemos entender que su profesionalidad constituyó alguna forma de garantía contra cualquier extralimitación de la censura, tanto o más que su prudencia.

##Nación catalana en la nación española

Hasta Soldevila, Fernández nos ha invitado a recorrer un largo nomenclátor de historiadores, en que reconocemos los dos caudales, y que escriben con mayor o menor reserva sobre las ventajas y conquistas de la historia común entre Cataluña y el resto de España, pero siempre con una exaltación de las virtudes del modo de ser catalán, de sus conquistas culturales y económicas, etc. En fin, de su singularidad dentro de España.

Precursor es Joan Cortada, primera parte del XIX, quien escribía sus relatos para que los castellanos disipasen sus prejuicios sobre los catalanes. Cortada deplora la pérdida de las libertades catalanas pero ensalza a Carlos III como “un padre que se desvela por la ventura de los hijos”. Tomás Bertrán Soler, en su ‘Itinerario descriptivo de Cataluña”, presenta su tierra como la provincia “más rica e industriosa de España”, pero quiere explicarla para que los españoles la amen. Ambos creen en un alma especial de Cataluña, un ‘volkgeist’, ambos deploran la pérdida de sus libertades.

Una serie de historiadores menores (Gebhardt, Patxot, etc.) abren camino a los grandes historiadores catalanes del XIX: Víctor Balaguer y Bofarull. Balaguer fue ministro de Ultramar, y es autor de una ‘Historia de Cataluña y de la Corona de Aragón”, la primera gran historia de esa nacionalidad. Con intención parcialmente ‘propagandística’ (según Fernández), con ella pretende Balaguer contar la historia de Cataluña “con sensibilidad por la plurinacionalidad”, ya que la historia de España “debía contemplar la historia de todas sus naciones, y no sólo la de las Castillas”.

Por tanto, Cataluña merecía también tener su historia “nacional”. Como todos los historiadores posteriores, Balaguer también lanza su juicio sobre el reinado de los primeros Borbones, la dinastía causante, según se alega, de la alienación de muchos catalanes respecto de España. Balaguer cree que fue un periodo de ‘desnacionalización’, aunque otros autores le atribuirán el paliativo del gran desarrollo alcanzado por Cataluña en el XVIII.

En una estela más ‘templada’ que la de Balaguer se mantiene Antoni de Bofarull, poeta, periodista e historiador. Su “Historia Crítica” hace de Cataluña una parte de ‘nostra Espanya’, pero desde luego una de sus mejores provincias. Bofarull, por otro lado supone un avance historiográfico respecto del romántico Balaguer, puesto que acude a los archivos a tratar de documentar lo que dice. Bofarull deplora que la lucha sucesoria a comienzos del XVIII fuese utilizada para fomentar la idea de que españoles y castellanos son términos sinónimos. Bofarull reconoce la gran obra de reconstrucción y desarrollo de Cataluña bajo los Borbones, aunque lamente la pérdida de las antiguas ‘libertades’.

Fernández personaliza en Bofarull una etapa de la historiografía catalana, la que más positivamente contempla las relaciones entre Cataluña y España. Tanto él como los anteriores historiadores “pueden compaginar la positiva valoración de las antiguas Constituciones catalanas, así como el lamento irritado, sincero y sentido por su pérdida… con la afirmación de que Cataluña, sin duda para ellos una patria subyugada por el sistema absolutista, había ido aceptando a la nueva dinastía borbónica en la medida en que fue atendiendo sus necesidades económicas, el tiempo restañando las viejas heridas y las generaciones posteriores siendo educadas en nuevos valores políticos desde el absolutismo”. Alberto Fernández estima que Bofarull proyecta “una influencia en las posteriores visiones historiográficas que durante el siglo XX se escribirán en Cataluña”.

Yo le pondría un límite a esa influencia sobre la historiografía catalana posterior. Me refiero a la aparición de una historiografía comprometida con el nacionalismo contemporáneo, el de Mas, Junqueras, Baños, etc., dirigida intelectualmente por una pléyade de historiadores combativos, como el Josep fontana que organiza el seminario “España contra Cataluña” en 2014, y Borja de Riquer, quien aparte de sus contribuciones a la historia catalana realiza otra desacreditadora de la de la España moderna.

La divisoria entre los primeros y estos últimos historiadores está formada por Soldevila y Jaume Vicens Vives. Cada uno aporta criterios distintos sobre la comprensión de la historia catalana y la de España, sin incompatibilidades insuperables. Después de ellos irrumpió una historiografía que poco menos viene a decir que el ‘ser’, la entidad catalana como tal, excluye el modo ‘de estar’ de los catalanes en España. Quede esto para otro día.

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