POLÍTICA NACIONAL

Una aspiración nacional frustrada por la historia europea

“Cataluña y el ab­so­lu­tismo bor­bó­nico” des­cribe el me­lan­có­lico es­fuerzo de los na­cio­na­listas ca­ta­lanes

Manifestaciones en  Cataluña
Manifestaciones en Cataluña

El libro del prof. Roberto Fernández, “Cataluña y el ab­so­lu­tismo bor­bó­ni­co”, Premio Nacional de Historia 2015, es una ex­ce­lente in­tro­duc­ción a la his­to­rio­grafía na­cio­na­lista ca­ta­lana. El de­creto de Nueva Planta (1716), dic­tado por el primer Borbón rey de España, al­teró la cons­ti­tu­ción po­lí­tica de Cataluña en un sen­tido cen­tra­lista, “redujo” lo prin­cipal del cuerpo de leyes pri­va­tivas de Cataluña a las leyes de Castilla, y ayudó, no sin con­tes­ta­ción, a in­te­grar más es­tre­cha­mente las élites y sec­tores po­pu­lares de Cataluña en las co­rrientes cul­tu­rales y eco­nó­micas del resto de España.

Al cabo de algo más de cien años, estos hechos empezaron a producir crítica o aversión en gran parte de la opinión culta y la popular catalana, en plena era del nacionalismo romántico que embargaba Europa, España y Cataluña.

El capítulo de las historias de España y de Cataluña bajo los Borbones tuvo como resultado el mantenimiento inalterado de la unión de las dos entidades durante más de dos siglos, hasta la II República, cuando se produjo una primera grieta en el edificio común. Pero para entonces, la historiografía catalana ya había hecho una labor de concienciación sobre las singularidades culturales e históricas de Cataluña, bajo el criterio de que eran expresivas del ‘ser’ catalán, y que por tanto justificaban el derecho de los catalanes a disponer de un lugar singular y propio en el ordenamiento constitucional español.

Esa historiografía no aparece inmediatamente después del decreto de 1716, sino un siglo después, y está estrechamente ligada a dos fenómenos: la irrupción del constitucionalismo de Cádiz, que trata de basar la convivencia política de todos los pueblos del Reino en unas mismas leyes y derechos, y la aparición del Romanticismo, en sus versiones historicista y literaria.

En la parte del libro del prof. Fernández que llevo leída (algo más de la mitad) no han aparecido todavía autores que propugnen la separación de Cataluña respecto de España. Al contrario, casi todos ellos tratan de examinar los factores y hechos históricos con la vista puesta en una integración más natural y libre de Cataluña en el destino común “con” España…, pero no “como” España como tal. Para estos historiadores, la España resultante del decreto de Nueva Planta es demasiado “castellana”.

Limitaciones geopolíticas de Cataluña

Con muy pocas excepciones, los autores tratados en el libro deploran que Cataluña viese interrumpido su rumbo histórico por la derrota de 1714, con la caída de Barcelona, y especulan con que la ruta ‘austracista’, encarnada en el pretendiente Habsburgo, archiduque Carlos, era la más acorde con el genio nacional catalán y con su ordenamiento jurídico, caracterizado por su mayor autonomía y ser más ‘democrático’ y más libre, según ellos, que los del resto de España.

Para estos historiadores la renuncia del archiduque al trono español, cuando fue elevado a la condición de emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, constituyó un giro nefasto de la historia de Cataluña, que puso a ésta en manos de un príncipe de Francia; es decir, en las del reino que más frustró el destino histórico de Cataluña, al hacer de las relaciones de sus reyes con los de Castilla (la parte más poderosa de España), durante la Edad Media, un referente geopolítico mayor.

No mucho más tarde (primera mitad del s. XVI), Francia se enfrentaba ya a un imperio mundial, contra el que París debía precaverse. A eso obedeció la ‘jugada’ de Luis XIV, de lograr que en el trono de España se sentase un nieto suyo en 1700.

La construcción historiográfica de los autores nacionalistas, por lo menos en el análisis que el autor del libro hace de ellos, pasa por alto este hecho geopolítico fundamental. La confrontación secular entre España y Francia (desde el final del Medievo hasta principios del s. XIX) fue uno de los factores determinantes de la configuración geopolítica de Europa. Otros factores ‘fundamentantes’ fueron, por ejemplo, las relaciones de Roma con el Imperio, entre el Imperio y Francia, entre Francia e Inglaterra; o entre ésta y España, etc.

Y, en la modernidad, entre Francia y Alemania, entre las potencias marítimas, y entre éstas y las continentales, entre Rusia y las potencias que ocupan la gran llanura del norte de Europa etc. Se trata de estados extensos, o que llegarán a serlo, y además populosos. Hay alguna excepción, tal que Holanda como gran potencia naval, o Piamonte y Saboya, como pivote entre Francia e Italia, pero esas condiciones fueron transitorias, lo mismo que lo fue la hegemonía noreuropea de Suecia.

Ésos son los actores principales, y lo son porque se otorgan unos a otros el reconocimiento de tales, y porque tienen los recursos para mantenerse, siempre activos, dentro del sistema. Por no reunir esas condiciones, los intentos de Cataluña de entrar de forma independiente en el sistema europeo resultaron en fracaso. Dos veces en el siglo XVII, Cataluña ‘huye’ de España para jurar lealtad a dos reyes de Francia, dos Borbones, y dos veces vuelve al redil escarmentada.

Esta experiencia internacional de una Cataluña rebelde es fuente de inspiración para la historiografía nacionalista, que ve en ella la prueba del genio indomable del pueblo catalán y del amor a sus libertades, al tiempo que le aporta héroes nacionales para relatos y novelas. Y esta experiencia moverá a los austracistas catalanes a resistir desde 1705 a otro Borbón, nieto y bisnieto de los anteriores: Felipe V, al que por cierto sus autoridades habían jurado fidelidad cuando visitó Barcelona en 1701.

Antonio de Capmany, historiador que no deja escuela

Volveré al libro del profesor Fernández con un próximo artículo, pero agotaré con éste mi argumentación en torno a la temática ‘europea’ de Cataluña. Hagamos un recorrido muy sintético. La deslumbrante empresa catalano-aragonesa de Atenas y Neopatria es efímera; el reino no la puede sostener, y queda confinada a las leyendas populares. Algo de mayor significado pasa con el reino de Nápoles: Alfonso el Magnánimo lo conquista y retiene, pero lo gobierna sin apenas concurso de Cataluña. Lo hace además como parte integrante del sistema europeo, luchando por su independencia entre Papa y Casa de Francia.

En última instancia, Nápoles será salvada para España Gonzalo Fernández de Córdoba, a principios del XVI. Algo parecido ocurre con el Rosellón, empeñado por Juan II de Aragón al rey francés por un préstamo, y recuperado con la ayuda del ejército y el dinero de Castilla, aportado gracias a la alianza matrimonial lograda por Fernando II el Católico con la castellana Isabel. Podríamos seguir y lo haré cuando sea oportuno.

Hay constantes geopolíticas que operan contra la idea y la ambición de una Cataluña independiente. El arriesgado ‘procés’ puesto en marcha actualmente, para la independencia de Cataluña, es probablemente igual de irrealizable que Cataluña como agente independiente del sistema europeo. Cada ingreso de un pequeño estado en el sistema de la Unión Europea añade dificultad a su gobernabilidad.

La Unión tiene en suspenso sus ambiciosos planes de integrar todos y cada uno de los estados europeos. Las crisis financiera y de los refugiados frenan la eficacia del sistema, y la salida de Gran Bretaña lo debilitará. No es buen momento para otra ‘aventura’ europea de Cataluña, ni por la misma regla de tres para Macedonia, Moldavia, Ucrania, etc.

En otra línea argumental, es muy aventurado intentar una independencia de Cataluña respecto de España sin el consentimiento de ésta. Este permiso es casi impensable, pues supone ceder las claves de una geopolítica que ha condicionado la formación de España a una potencia tercera. Piénsese, por ejemplo, lo que significaría entregar el control sobre uno de los accesos terrestres al continente europeo a ese tercero. Lo mismo se aplica a unos de los puertos y aeropuertos mayores de la Península. Por no hablar del impacto sobre la interactividad entre la economía catalana y la del conjunto de España. Una interactividad, un mercado común, que por cierto fue una de las principales conquistas de Cataluña bajo los Borbones, como los mismos historiadores nacionalistas reconocerán casi unánimemente.

Dejaré en este último párrafo un testimonio como enlace con el próximo artículo, el cual intentará presentar la historiografía catalana investigada por el prof. Fernández, desde mi punto de vista geopolítico. El enlace consiste simplemente en la extensa referencia que el profesor hace a la figura de Antonio de Capmany, con la que abre la historiografía catalana sobre el absolutismo borbónico.

Representante en las Cortes de Cádiz, Capmany sostiene que Cataluña aprovechó mejor que Castilla el reinado de la nueva dinastía, y alaba “el reinado de Felipe V, feliz época de la resurrección de la prosperidad nacional de estos Reynos”. Capmany, como veremos, apenas hizo escuela entre los historiadores nacionalistas de Cataluña. Quede eso para otro día.

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