POLÍTICA NACIONAL

CATALUÑA

La Guerra de Sucesión Española no acaba nunca

La his­to­rio­grafía ca­ta­lana adoptó su curso so­be­ra­nista con la Transición

La Guerra Civil en Cataluña.
La Guerra Civil en Cataluña.

La cam­paña para ex­pulsar del no­men­clátor ur­bano, cul­tural y edi­licio de Cataluña a los reyes de España y a otros miem­bros de la fa­milia real se com­pone de ac­ciones “soberanas” de al­gunas ins­ti­tu­cio­nes, por ejemplo el ayun­ta­miento de Barcelona que de­cide re­tirar el busto de don Juan Carlos I del salón de ple­nos, y de ac­ciones in­ti­mi­da­to­rias sobre otras ins­ti­tu­ciones sobre las que no tienen ju­ris­dic­ción ni au­to­ri­dad.

De este último tipo es la moción aprobada el lunes pasado por el ayuntamiento de Gerona, con la que se ha estrenado su nuevo alcalde, Albert Ballesta, quien sucede en el cargo al recién elegido presidente de la Generalidad, Carles Puigdemont.

El ayuntamiento pide a la Fundación Princesa de Gerona que cambie su nombre. ¿Por qué? Porque “no me gusta que la Fundación lleve el nombre de una persona que no tiene ningún vínculo con la ciudad de Gerona”. Pasó por alto el hecho de que la Princesa de Gerona es una niña, y que por lo tanto poco puede hacer por ‘vivir’ la ciudad de su título, y a la que el anterior Príncipe, don Felipe VI, manifestó siempre su apego, como indica el título de su principado, otorgado por su padre.

No obstante, Ballesta, en un esfuerzo de imparcialidad, reconoció al diario La Vanguardia que la Fundación “hace una tarea encomiable” y que él seguirá participando en los actos que organice. La Fundación no depende del ayuntamiento, y se halla bajo el patrocinio de la Cámara de Comercio de Gerona, la Caixa y otras fundaciones, que de momento aseguran su independencia.

Que la Cámara de Comercio de Gerona patrocinase la Fundación es una forma de reconocimiento a una tradición reformista que la mayoría de los historiadores catalanes, nacionalistas o no, atribuyen a la voluntad e influencia de los primeros Borbones, en su intento de modernizar las estructuras económicas de España, creando con ello el marco político para la reconstrucción económica de Cataluña, en la que tuvieron papel protagonista los llamados Tres Cuerpos de Comercio, institución que logró la expansión de las producciones catalanas por el mercado español y el americano, y reforzó industrialmente a Cataluña mediante la reconstrucción de la armada real y la relación con la Italia borbónica.

Así lo reconocen muchos historiadores cuya obra ha sido recensada por el catedrático de la universidad de Lérida Roberto Fernández, autor del libro “Cataluña y el absolutismo borbónico”, del que me he ocupado varias veces en esta columna tratando de indagar en las raíces de la alienación entre los nacionalistas catalanes y gran parte de la opinión española, por un lado, y entre los propios historiadores catalanes, divididos en esta materia entre los que culpan a los Borbones de la pérdida de las “libertades”, y los que atribuyen a esos mismos Borbones haber creado condiciones políticas y económicas favorables al desarrollo económico y social de Cataluña.

##Todavía borbónicos y austracistas

En mi anterior artículo (“Sigue viva la tensión entre Borbones y nacionalistas catalanes”, 14 de enero 2016) seguí a Fernández hasta la época contemporánea, a su examen de dos historiadores que no siguen la pauta nacionalista, caracterizada por su impronta unas veces romántica, y otras antihistóricamente reivindicativa de los reyes de la Casa de Austria, sino otra corriente más profesional, que adopta las técnicas de investigación más actualizadas: Jaume Vicens Vives y Pierre Vilar. Como señalé, ninguno de estos dos autores hace reivindicación de las supuestas libertades perdidas, ni acuden a la identidad catalana como explicación de la evolución histórica de Cataluña, sino que hacen hincapié en los fenómenos sociales, el juego diplomático de potencias, la evolución de las tecnologías y los intercambios de comercio, etc. En fin, un modo de escribir historia que evita las distorsiones propias de algo tan subjetivo como el irredentismo territorial y cultural. Para Fernández, este último modo de escribir historia es “el lamento por la ‘desnacionalización’ del país catalán”. Y sobre la obra de Vilar, Fernández precisa: en él “no hay cabida para el discurso de los agravios, para el victimismo histórico… Ni tampoco para el concepto ideológico de ‘desnacionalización’”.

Los dos autores, Vicens y Vilar, dejaron escuela. Sus discípulos y lectores, como Pedro Voltes Bou, Joan Mercader Riba y Joan Reglá, enmarcarán sus interpretaciones de Cataluña a raíz de la guerra de Sucesión lejos del lamento por las libertades, y la explicarán como resultado de la lucha entre grandes potencias, como oportunidad para rectificar un institucionalismo catalán desfasado, y origen tanto de una lucha social intestina (borbónicos frente a austracistas), como también motor de un notorio despegue económico.

##La historiografía se politiza

J. A. González Casanova cree que con la llegada de los Borbones lo que Cataluña perdió fue una autonomía “feudal inserta en una monarquía”, y “no un estado catalán”. Bajo la nueva dinastía, Cataluña vivió un periodo “claramente positivo para los intereses de unas clases dominantes que decidieron no utilizar los sentimientos populares de identidad”, y participaron “en la creación de un nuevo Estado borbónico más moderno y más español”, aunque a la postre el resultado fue “un mosaico de diferentes territorios con una fuerte atracción por la unidad”.

González Casanova simboliza la inmersión de los estudios históricos sobre Cataluña en las corrientes políticas del momento. De la Transición, concretamente, cuando el nacionalismo, como reivindicación, hace fuerte eclosión en la historiografía catalana. Roberto Fernández caracteriza ese periodo como la reinterpretación de “el paradigma filoaustracista desde posiciones progresistas”. En el caso de Casanova, desde el marxismo.

Fernández no lo dice, pero éste es el momento para la eclosión de los “políticos historiadores”. El primero que cita es Joaquín Nadal (partido socialista de Cataluña, PSC). Según Nadal, con los Borbones Cataluña perdió su sistema propio de gobierno, es decir, una parte de su identidad, aunque admita que el sistema servía para que determinadas clases sociales “se reservaran una serie de beneficios propios de su status estamental y privilegiado”.

Otro político, Ernest Lluch, sostiene que el s. XVIII fue menos desnacionalizador de lo que Soldevila había tratado de probar. Se recordará que su corriente política (PSC), fue uno de los motores del estado de las autonomías, inscrito en la Constitución Española. La ‘Renaixença” de Cataluña, según Lluch, no se debió tanto a las reivindicaciones románticas del pasado sino al Siglo de las Luces, o Ilustrado (coincidiendo con los primeros Borbones). Según esta corriente, las reivindicaciones ‘provincialistas’ del XVIII se convierten en federalistas en el XIX, y culminan en el XX con la restauración de la Generalidad y la autonomía de Cataluña.

Frente a esta corriente se eleva otra, que profundiza en el hipotético alcance que hubiera tenido el desarrollo político de Cataluña bajo los Austrias, y que hubiese dado lugar a un país soberano, y adelantado de las democracias capitalistas europeas. Aparece, pues, la denuncia de los gobiernos borbónicos como un intento de castellanización de Cataluña, con un programa de erradicación del catalán. Así, Joaquim Albareda, quien pensaba que el modelo político austracista no fracasó por incapacidad sino por la fuerza de las armas, aunque atribuye en gran parte su derrota a las manipulaciones diplomáticas de Inglaterra, que primero alentó al archiduque Carlos y la rebelión catalana, y luego abandonó su causa.

Como habrá observado el lector, con estos últimos párrafos nos hemos introducido en la época contemporánea, la del nacionalismo militante y su conversión al independentismo. Se trata de los años del pujolismo político, altamente equívoco al tiempo que cuidadosamente diseñado como plan estratégico orientado hacia lograr la independencia. Quede para otro día.

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