GEOPOLÍTICA

Elecciones en Libia, antesala posible de una alianza con Egipto

Los dos países lanzan am­bi­ciosos planes de desa­rrollo

Las primeras elecciones libres en Libia
Las primeras elecciones libres en Libia

La ma­yoría de li­bios ha­bían puesto sus es­pe­ranzas de paz y tran­qui­lidad en las elec­ciones del miér­coles 25 de junio para re­novar el Congreso General Nacional (CGN), el or­ga­nismo for­mado por 200 re­pre­sen­tantes que a falta de una cons­ti­tu­ción hace las veces de par­la­mento. Los pri­meros re­sul­tados se es­pe­raban a altas horas de la no­che.

La anomalía institucional libia se complica aún más por el hecho de que el gobierno libio, nombrado por el CGN, se forma con individuos que estatutariamente no pueden pertenecer a aquel órgano ‘legislativo’, por lo que carecen de legitimación y apoyo parlamentarios. Por ello los ‘ministros’, o se resignan a ser meras figuras de la administración o deben buscar una base extracongresual de apoyos en los grupos sectarios, en las tribus que dominan regiones enteras del país o determinadas ciudades, y en distintos grupos de intereses, todos ellos inmersos en luchas más o menos violentas por conservar sus esferas de poder. Libia estaba resultando ingobernable desde poco después de la caída de Gadafi.

Las elecciones del último miércoles han sido seguidas con enorme preocupación e interés por Egipto, por los estados del Golfo Pérsico, por los Estados Unidos y por la OTAN. Desde que esta organización ayudó a derribar el régimen del coronel Gadafi, Libia no ha conocido el orden y la paz públicos, que hasta entonces estuvieron asegurados por un régimen caprichoso y tiránico. En cuanto a la OTAN, existe un interés legítimo por Libia, resultante del mandato de la ONU que autorizó el uso de medios militares para restablecer la paz en el país, alterada por el movimiento popular que derribó aquella dictadura.

Desde hacía más de dos años, sin embargo, se venía registrando una carrera hacia la hegemonía por parte de la Hermandad Musulmana (HM), con su Partido de la Justicia y la Reconstrucción, como fuerza más organizada del fracturado espectro político libio, al igual que venía ocurriendo en Egipto. En las elecciones al CGN de julio del 2012, el PJR obtuvo resultados muy pobres: 10,2% de los votos y 17 de los escaños reservados a los partidos políticos (80 en total), quedando los otros 120 reservados para candidatos no afiliados. La HM tuvo la habilidad de ocultar la alineación de muchos de sus afiliados, y la de ganar para sus designios la complicidad de otros representantes ideológicamente indiferentes o venales.

En medio de una serie de sucesos violentos, la Hermandad secuestró al primer ministro Ali Zeidan y luego lo echó del país, para poner en su lugar un hombre de negocios y aliado suyo, Ahmed Maiteg. Antes de que expirase el mandato del CGN el 7 de febrero de 2014, la mayoría controlada por la Hermandad lo prolongó un año más. Esto suscitó una rebelión de grupos opuestos, que ocuparon los puertos de embarque del gas y petróleo, reduciendo en los últimos meses la exportación a un séptimo de la fase anterior.

Cerrar el paso al extremismo

El caos creado por las maniobras de los ‘hermanos’ y sus aliados sirvió de imán para las milicias yihadistas, que irrumpieron con fuerza en la escena libia, sembrando la alarma tanto en Occidente como en Egipto. Los Estados Unidos desplazaron recientemente una fuerza de 200 comandos a Sicilia, con el fin ‘oficial’ de proteger sus legaciones en Libia, para que no se repita un ataque como el del verano del 2012 contra la legación en Bengazi, que resultó en la muerte de cuatro funcionarios, entre ellos el embajador.

Con el doble propósito de luchar contra los yihadistas y contra el gobierno de los ‘hermanos’, Jalifa Hifter, un antiguo general del ejército de Gadafi convertido luego en enemigo del dictador, lanzó una ofensiva contra las milicias islamistas de Bengazi, aliadas del gobierno, y condujo ataques al CGN en Trípoli. Estos choques armados provocaron la muerte de unas 70 personas. Hifter también desencadenó una oleada de asesinatos de prominentes enemigos políticos, pero ahora se ha retirado a una zona rural de la parte oriental del país, posiblemente para esperar acontecimientos políticos y dar entrevistas a la prensa internacional.

Aunque era poco probable que las acciones de Hifter pudieran producir la derrota militar de los yihadistas o de las milicias gubernamentales, su acción sirvió de advertencia al gobierno y al CGN dominado por los ‘hermanos’, y de ahí la decisión de convocar elecciones, con la esperanza de superar la precariedad de su posición política en las instituciones. Además, desde el exterior llegaban señales de peligro inminente.

Es impensable que el nuevo presidente de Egipto, general al-Sisi, su ejército y gobierno hubieran asistido impasibles mucho más tiempo al desbordamiento islamista del país vecino.

El Daily News Egypt del 23 de junio publicó una entrevista con el embajador libio en El Cairo. El periodista Abdel Razak Al Shuweiki le pregunta al diplomático qué hay de cierto en el hecho de que “algunas fuerzas en Libia aseguran que en Egipto se da apoyo al general Hifter”, a lo que responde el embajador Mohamed Fayez Jibril: “Egipto no interfiere en los asuntos internos de Libia, pero está naturalmente interesado como nación vecina”.

Esa discreta referencia a Egipto contrasta con la alusión que el embajador hace a la implicación de Qatar en el apoyo a los islamistas: “Qatar sigue siendo una presencia ominosa en mi país”. En efecto, el opulento emirato patrocinador de eventos futbolísticos y culturales está acusado por muchos medios y analistas de ser una de las fuentes de financiación principales de los grupos yihadistas, operativos en una multitud de países.

Algunos países del Golfo, con Egipto. Qatar no

Un análisis geopolítico del nuevo intento libio de normalización a través de elecciones obliga a poner los ojos en Egipto, donde hace unos meses fue derribado por lo militares un gobierno de los hermanos musulmanes, y donde acaba de inaugurarse un gobierno presidido por el general-presidente al-Sisi.

Egipto, que aparte de perseguir a los ‘hermanos’ ha aplastado a los yihadistas del Sinaí, no puede ser complaciente con un gobierno libio dominado por devotos islamistas con la complicidad de yihadistas.

A este problema egipcio de seguridad político-militar se unen los de tipo económico que atenazan al país del Nilo. Primero el nacionalismo xenófobo de Gadafi, luego la guerra civil y por último el caos político, han impedido que una Libia rica y un Egipto pobre aprovecharan todas las complementariedades de sus economías. Desde algunos puntos de vista, los dos países comparten una cierta valencia geopolítica.

Un millón ochocientos mil trabajadores egipcios se ganan la vida en Libia. Las inversiones libias en Egipto ascienden a $12.000 millones. El Tesoro libio aún conserva algo más de $100.000 millones de reservas, y Egipto está sediento de divisas.

El embajador Jibril señala en su entrevista que las condiciones políticas en los dos países “han retrasado el foro económico que queremos lanzar, pero tras la elección presidencial egipcia y las elecciones parlamentarias libias se va a producir un incremento de la cooperación… para proyectos concretos”. Específicamente, se trata de la formación del eje de 650 km. Tobruk-el Alamein, a lo largo de la costa sur del Mediterráneo, proyectándose hacia el interior desértico, creando explotaciones agrícolas, ciudades turísticas y fuentes de energía.

Las expectativas libias casan perfectamente con la parte económica del programa de campaña de al-Sisi para la presidencia. Cumplido su primer objetivo, que era “liquidar” la Hermandad (sus palabras), queda ahora un vasto programa para sacar a la población egipcia, de 80 millones, del estrecho espacio nilótico en que está hacinada (el 6% del territorio), y llevarla al resto de su extensa geografía mediante la construcción de 48 nuevas ciudades, ocho aeropuertos, una autopista paralela a la ribera occidental del Nilo desde el Mediterráneo hasta el lago Nasser, en Assuán, así como pesquerías y granjas de energía que harán posible la agricultura del interior.

Así pues, los acontecimientos de Libia deben verse desde julio del 2013, cuando al-Sisi tomó el poder, en paralelo con los de Egipto. A este proyecto geopolítico no le faltan padrinos. Aunque los Estados Unidos están lejos de haberle dado un apoyo explícito, no se puede ignorar que a Washington le interesa la estabilidad que una alianza entre la rica Libia y el populoso Egipto podría garantizar.

Pero hay algo más explícito aún: Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos y Kuwait han facilitado a Egipto ayudas financieras por $20.000 millones desde la toma del poder por al-Sisi. El rey Abdulá se ha volcado en su favor: a primeros de junio hizo un llamamiento a la ayuda internacional a Egipto. Los países del Golfo , dijo, tienen como uno de sus objetivos prioritarios la estabilidad económica de Egipto, así como su desarrollo social.

Es evidente que uno de los grandes beneficiarios de la estabilidad en esa parte del Norte de África sería Europa, que desde las revolución es árabes ha carecido de socios comerciales confiables y solventes en la ribera sur del Mediterráneo, desde Túnez a Suez.

Artículos relacionados