EL MONITOR DEL DÍA

Construcción: el futuro de las asociaciones empresariales 

Cada vez se hace más ne­ce­sario una re­no­va­ción ge­ne­ra­cional que aliente aire fresco a los pro­blemas sec­to­riales

Formación rehabilitación de viviendas
Formación rehabilitación de viviendas

El nu­me­roso en­tra­mado de aso­cia­ciones em­pre­sa­riales de este sector ha asis­tido -asiste aún- entre ató­nito y en gran parte pa­ra­li­zado, a la de­bacle de la ac­ti­vidad en estos años de hie­rro, que pa­rece se van a pro­longar aún mucho más allá de la in­ci­piente re­cu­pe­ra­ción de la eco­nomía ge­ne­ral. Visto ahora con la pers­pec­tiva de siete años ya de pro­funda cri­sis, se echa de menos algún mo­vi­miento cor­po­ra­tivo que, am­pa­rado en la una­ni­mi­dad, hu­biera sur­gido desde esos ám­bitos an­taño tan po­seídos de su propia im­por­tan­cia, en de­fensa de esta ac­ti­vidad cuya im­por­tancia para la so­ciedad se han ve­nido har­tando de pro­clamar du­rante el úl­timo pe­ríodo de ex­pan­sión, ahora ya tan le­jano.

Los pocos y desganados intentos en esa dirección se han visto arrollados y lapidados por su falta de contenido efectivo, de propuestas viables, de capacidad de negociación con los poderes públicos, de argumentos creíbles a favor de la trascendencia social y económica de la construcción en un país moderno, desarrollado e imbricado entre los países de mayor importancia en el seno de la UE. Pareciera que la crisis no solo los pilló desprevenidos, sino que fiaron su solución al tiempo, que ha demostrado ser mucho más dilatado de lo que imaginaban a primeros de 2008. 

En primer lugar y ante esta inacción flagrante, puede deducirse que, además de los conocidos movimientos defensivos de muchas ellas en el sentido de reducir sus costes de estructura (y, en general, no tocar sus cúpulas), habría sido necesario un relevo generacional en la dirección de muchas de ellas. Lo que valía hasta hace siete años no solo ya no vale ahora sino que ha permitido que sea posible desmontar radicalmente una actividad productiva hasta llevarla casi al cero absoluto y que no pase nada ni se cambie nada; todos empeñados en seguir firmemente hacia la nada.

 

Se ha demostrado que dinamitar la actividad constructiva no es importante ni mediática, ni social, ni políticamente. Y para el próximo futuro, ésta es una percepción que hay que intentar corregir inmediatamente si se quiere que en los dos próximos decenios vuelva a ser una de las columnas vertebrales del país en empleo y en aportación al crecimiento y sostenimiento de los niveles de bienestar, y no un nido permanente de sospechas de corrupción y connivencia con chorizos de toda laya porque no lo es, al menos en su inmensa mayoría. Hacen falta nuevos puntos de vista, mayor capacidad de generar adhesiones dentro del entrado empresarial sectorial, un nuevo empuje para -olvidando al menos de momento las rencillas internas, feudos de poder, enfrentamientos larvados o enrrocamientos que se han demostrado sobradamente ineficaces- olvidar la improductiva "cultura de la queja" que asola estas asociaciones empresariales e iniciar una nueva etapa en la que se haga patente la potencia de este sector ante los poderes públicos, la sociedad y la opinión pública.

 

Hacen falta nuevos líderes en el asociacionismo empresarial de la construcción más jóvenes, más decididos, más entusiastas, más preparados y elegidos por sus capacidades probadas. No necesita ya el sector prohombres cansados, que mantengan sus posiciones como la antesala de un retiro dorado y como pago de antiguos servicios prestados. Hace falta un nuevo enfoque más unitario, más argumentado, capaz de concitar la unidad de acción incluso con el resto de agentes sociales más allá de componendas internas que han demostrado no servir para una época de crisis. En tiempos de desolación, ahora sí, es necesario cambiar para ganar o, al menos, para no seguir perdiendo por goleada.

 

En segundo lugar, hace falta un compromiso de acción unitaria a tiempo concertado, más allá de los propios intereses de cada grupo de empresas, de su carácter de contratistas, subcontratistas, de servicios o auxiliares. De todas. Para organizar una presión conjunta y coordinada que permita llevar al conocimiento del poder político y a la sociedad que esta actividad productiva es esencial para el país, soporte ineludible de su progreso y crecimiento, e insustituible para reducir a niveles decentes el obsceno paro que corroe nuestra economía. Hay que recuperar la credibilidad, hay que dejar en la nevera los enfrentamientos y, sobre todo, los inmensos egos que campean por las cúpulas de muchas asociaciones sectoriales y de quienes se aferran a puestos aún bien remunerados pero sin la mínima capacidad de adaptarse a los tiempos que corren. Hay que ganar la batalla de la credibilidad social en todos los campos, de manera permanente. Hay que refundar el movimiento empresarial de la construcción.

En tercer lugar hay que encarar los problemas más acuciantes de sector con actuaciones creíbles, sólidas, sin complejos. Después, cuando la recuperación comience a andar de manera más viable, ya podrán volver -si es eso es lo que les gusta, que ya son ganas- a los enfrentamientos, rencillas, zancadillas o repartos de poder otoñal. Pero ahora se hace tarde para intentar salir del hoyo. Alguien debe decir: manos a la obra. Y liderar este movimiento de salvación de la actividad constructora nacional. Porque este sector no volverá ser el que era durante mucho, mucho tiempo. Hay que acortar al máximo la travesía del desierto.

No será fácil, incluso soy personalmente bastante escéptico de que sea posible esta refundación del asociacionismo empresarial entre tanto interés creado, tal falta de iniciativa, tanto secretismo, tan gran abatimiento e impotencia en suma. Pero si el sector no es capaz de hacer valer los argumentos de creación y aportación al empleo nacional y del enorme valor social asociado a esta actividad, solo quedaremos los abuelitos que, los lunes al sol, impotentes y entre historias del pleistoceno, recordaremos -para nada, para nadie- lo de "aquellos sí que fueron buenos tiempos, patatín, patatán". Lo cual, dicho sea de paso, debería preocupar a las empresas asociadas a tas instituciones, que cada vez son menos y que, al fin y al cabo, son las que, en gran medida, pagan lo que cuestan y además, se juegan su propia supervivencia.

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