POLÍTICA NACIONAL

Mas se hace un lío con “legitimidad de la democracia” y “legitimidad de la ley”

En el na­cio­na­lismo ca­talán siempre hay una fuga hacia la me­ta­fí­sica

Artur Mas
Artur Mas

En esta co­lumna de ‘Política Nacional’ he sos­te­nido con fre­cuen­cia, desde hace por lo menos dos años, que uno de los rasgos del com­por­ta­miento de los lí­deres po­lí­ticos ca­ta­lanes es una fuga de la realidad que les lleva a una vi­sión me­ta­fí­sica de Cataluña, como si ésta fuera una sus­tancia in­mu­table desde hace cientos de años, y que por al­guna gracia de Dios tras­ciende el tipo de evo­lu­ción his­tó­rica a que se ven su­jetos los otros pue­blos y na­ciones de Europa, víc­timas in­fe­lices de los ava­tares de la his­to­ria, de la geo­po­lí­tica, de la trans­for­ma­ción del de­re­cho, de los avances de la edu­ca­ción, de los cam­bios tec­no­ló­gi­cos, de las re­vo­lu­ciones so­cia­les, de las gue­rras, etc.

Para los nacionalistas de hoy día, Cataluña es una sustancia perenne, mientras que las otras naciones, por ejemplo España, son accidentales, de geometría variable y perecederas.

No es que los otros pueblos no tengan también sus fugas metafísicas, no. Como ésa de que España es la nación más vieja de Europa, puesto que su unidad política se produjo hace algo más de 500 años, cuando la realidad es que la intuición de España, confusamente sentida en el Medievo, se fue desarrollando desde el siglo XVI como patrimonio ideológico de las clases cultas al servicio de la realeza, para tomar forma como entidad político-constitucional a principios del XVIII, y alcanzar arraigo popular y reconocimiento internacional a lo largo del XIX.

Pues bien, hace poco un prestigioso historiador catalán, Josep Fontana, nos ha querido enseñar que Cataluña existe desde la primera parte del siglo XIII, como algo distinto de una confederación de estados anteriormente enfeudados en redes multilaterales con los señoríos y reinos de Francia y España, diciéndonos implícitamente que su tierra fue el alma y cerebro de la Casa de Aragón, cuya unión accidental de coronas con el reino de Castilla, bajo una sola dinastía, dio lugar a ese ente que acabó siendo conocido “por ahí” como España, sin que por ello tales cambios seculares alterasen lo más mínimo la sustancia imperecedera de Cataluña.

La ultimísima fuga metafísica nos la ha ofrecido el presidente de la Generalidad, Artur Mas, cuando nos aseguró este 1 de diciembre, Día de la Justicia, que hay que distinguir entre la legitimidad de la democracia y la legitimidad de la ley. Después de leerlo uno se queda en suspenso y se pregunta: ¿cómo se manifiesta la legitimidad, si no es mediante las leyes?

Porque si la legitimidad no se manifiesta en leyes, nos puede pasar lo que, según Descartes le ocurre a aquel que asegura tener una intuición pura de la extensión: que no puede dejar de representársela sino como un objeto de determinado tamaño o como una superficie material, es decir, como un producto de la imaginación derivado de una experiencia sensible de la que él está seguro. Pero por ese camino, dice Descartes, nunca obtendrá la idea clara y distinta de extensión, que recibe su luz sólo del entendimiento.

De igual modo, Mas está tan poseído por su intuición de la legitimidad democrática, tan convencido de que ésta tiene suficiente capacidad probatoria, es tan evidente para él, que cree que la legitimidad con ese origen puede confrontarse con la legitimidad iluminada por la ley, o incluso ocupar su lugar. Es decir, la legitimidad por la ley ya está implícita en la legitimidad por la democracia. Ergo, dada la legitimidad democrática, sobra la pretensión de que, además, quede iluminada por la ley.

Pero no sobra. Sin leyes cualquier declaración de legitimidad no es más que una hipótesis que se verá infaliblemente neutralizada por una declaración de legitimidad opuesta. Sin ley, deja de ser una noción clara y distinta. Es sólo una pretensión de legitimación, confusa y controvertida, dado que en España y en Cataluña ya existe un régimen democrático cuya existencia puede ser reconocida en sus leyes.

La idea de legitimidad ¿se puede estirar como un chicle?

Por ejemplo, a finales de marzo de este año, el Tribunal Constitucional declaró haber “reconocido que tienen cabida en nuestro ordenamiento constitucional cuantas ideas quieran defenderse”, y que “no existe un núcleo normativo inaccesible a los procedimientos de reforma constitucional”, estableciendo entonces el camino para alcanzar el derecho a decidir: “primero, propuesta de reforma de la constitución por el parlamento catalán, y segundo su discusión y eventual aprobación o rechazo por el parlamento español”.

Al plantear los nacionalistas catalanes la vía para ejercer ese ‘derecho a decidir’ exclusivamente en el ámbito del ‘parlament’ (declaración de soberanía, del 23 de enero del 2013), las Cortes rechazaron en abril del 2014 tal pretensión, ya que se trataba de una vía no legal, contraria a un bien legítimo: la unidad de España, firmemente anclada en la legislación positiva y en la jurisprudencia del TC.

Una muestra de fuga hacia la metafísica del gobierno de Mas y otros nacionalistas, de la que di cuenta en abril pasado en estas páginas, es la repetida afirmación de que “no existe posición legal expresa de la Unión Europea sobre que una Cataluña independiente saldría de la Unión”. Según aseguró el autor de esas palabras, el consejero de la Presidencia, Francesc Homs, el pasado abril, “de momento, no hay un dictamen jurídico” sobre esa cuestión, como queriendo decir que, ya que la extensión territorial de Cataluña está integrada en la del territorio de la Unión, el territorio de una Cataluña independiente no se habría separado nunca del de la Unión, y por lo tanto de sus leyes. Como si la extensión fuera algo inherente a la ley, y la ley a la extensión.

Homs quería ignorar la realidad, ya que Cataluña no podría firmar el tratado de la Unión hasta que, una vez fuera de la Unión, negociase las condiciones de su ingreso. Es lo que dicen los tratados, es decir, las leyes. Las cuales no pueden plegarse incondicionalmente al deseo que una Cataluña independiente abrigaría, aún con toda legitimidad, de volver sin más al redil de la Unión.

Esa actitud negativista me suscita el recuerdo de una cita del catedrático Francesc de Carreras, por mí aducida en uno de mis artículos, como ejemplo de una “mentalidad de que el derecho es como un chicle que puede estirarse hasta donde convenga”.

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