DESDE BANKIA

'Espe' Aguirre, Martín Villa, Terceiro y tropecientos más en la lista de CajaMadrid

Tarjetas 'black': un CD cuyo des­glose de gastos es­can­da­li­zará al mundo

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CD o DVD

Al menos que al­guien lo pare a tiempo -lo que no pa­rece po­si­ble-, el es­cán­dalo de las "tarjetas black" (el nombre se lo puso el ín­clito Miguel Blesa) pro­mete ser la ser­piente po­lí­tico- pe­rio­dís­tica de lo que queda de año. La exis­tencia de un CD, en poder sólo del juez Andreu, la fis­calía del Estado, la alta di­rec­ción de Bankia (off course, el Frob), el Banco de España y vete tú a saber quién en el Ministerio de Hacienda, puede poner este país patas arriba. Todavía más.

Contiene, según aseguran, no sólo los nombres de los que, desde 1986, tuvieron tarjeta sin control en Caja Madrid, sino la lista de gastos incurridos. No faltará nada, hasta incluso clubs de alterne, no seguro pero probablemente. Y sobre todo, nombres, muchos nombres. Más de los que hasta ahora han aparecido en los medios.

Nombres como el de Esperanza Aguirre, cuando fuera consejera de Caja Madrid, o el de Rodolfo Martín Villa, bajo cuyo amparo se aprobó la costumbre de instaurar este tipo de tarjetas en 1986, cuando ocupaba la jefatura de la Comisión de Control, en tiempos de Jaime Terceiro en la presidencia. Ellos son algunos de los que engrosan la lista opaca de los usuarios de la "tarjeta black". Hay también socialistas de pro, como Virgilio Zapatero, ex ministro con Felipe González.

Pero que nadie se llame a engaño. Aquí no parece que haya delito de ninguna clase, ni siquiera fiscal debido a las limitadas cantidades gastadas, salvo en algunos casos. Al menos, con una interpretación estricta del Código Penal. Pero si hay mucha vergüenza ajena y mucha, mucha prepotencia. Como, por citar el ejemplo más próximo, la que ha tenido a bien recordar este lunes Juan Astorqui, jefe de prensa de Miguel Blesa, al que se le ha dimitido de su cargo actual forzado por la vía expeditiva desde las oficinas de Burson Marsteller en Holanda. Ya se sabe, la mujer de César....

Astorqui, dicho sea de paso y sin acritud, fue durante 13 años el ejecutor de todas las animaladas y paranoias de Miguel Blesa que, en lugar de resolver problemas a su jefe y a Caja Madrid, a efectos de limitar daños colaterales e innecesarios dadas las excentridades de su mentor, se los creó con voluptuosa generosidad, aunque las consecuencias resultaran a largo plazo. En colaboración muy estrecha, además, con la que fuera jefa de publicidad durante siglos en la entidad madrileña. Ojo, aquí habrá mucho que rasacar, según cuentan.

Por qué

Pero vayamos por partes. ¿Por qué viene todo este lío ahora de las tarjetas black cuando casi todo el mundo en Madrid, en los mentideros políticos y periodísticos, sabía de su existencia? Podría parecer, a simple vista, que el objetivo fuera político, como es el de enterrar definitivamente la carrera política de Esperanza Aguirre y sus irrisorias posibilidades de encabezar la lista del PP a la alcaldía de Madrid. Pues no. La "Espe" apenas dispuso de la tarjeta durante un corto espacio de tiempo cuando ocupaba cargos en Caja Madrid derivados de su función pública. Además, no está claro que hiciera uso indebido de ella pero lo que sí es cierto que su gasto mensual estaba limitado a 600 euros. Otra cosa puede ser, pero de momento no consta, lo que ocurriera con su sucesor.

Si la "Espe" no parece ser el objetivo inmediato, el resto de beneficiarios carece de interés político o, al menos, de consecuencias políticas claras. Otra cosa son las implicaciones sociales y los efectos sicológicos que el escándalo puede producir sobre una población castigada por la crisis y que, en el caso de Bankia, ha sufrido además en sus piernas, carnes y bolsillos las consecuencias de las denominadas emisiones preferentes en tiempos de Blesa y la fallida salida a Bolsa en la época de Rodrigo Rato. La alarma social está servida.

Pero no parece que éste sea el motivo principal. Las tarjetas black no eran ni son ilegales en ningún caso. Ni siquiera, en su origen, tampoco fueron irregulares al fisco. Se pasaban y fueron consideradas po rlos auditores como gastos de representación y su cuantía, hasta la llegada de Blesa, fueron razonables. El problema vino después, mucho después, cuando un despendolado e Iluminado Blesa, multiplicó su límite hasta el punto de convertirse en objeto de deseo de todos los empleados de Bankia y parte del resto del planeta. Hasta los secretarios generales de partidos políticos y sindicatos aspiraban a su cargo, entre otras cosas, por la dichosa tarjeta de Caja Madrid.

De ser algo, eran en todo caso un desafío al sentido común y a la solidaridad ciudadana, y más después del aumento de la lista beneficiarios y de la subida estrastósferica de límite de gasto. También porque, al margen de que la entidad emisora y pagadora llevaba en su nombre un añadido a su razón social muy condescendiente ("Monte de Piedad..."), fue utilizado por Blesa y su alguno de sus antecesores como un mecanismo inapropiado para domar voluntades, sobre todo la de algunos responsables de partidos de izquierda y sindicatos aliados. Precisamente, los que le llevaron al poder mediante la famosa pinza PP-IU-CCOO frente al PSOE/UGT y Jaime Terceiro, amigo inseparable por aquellas fechas de Gallardón.

Curioso: cuando llegó Rodrigo Rato a Caja Madrid lo primero que hizo fue acabar con la práctica de las tarjetas black, pero no lo hizo de golpe, típico de los que quieren hacer las cosas bien pero que finalmente no lo hacen. Cometió el error de dejar cuatro beneficiarios, uno de ellos el mismo. Y eso que ya Blesa se asustó (existe constancia en un mail que dejó escrito) cuando ocurrió algo que nadie esperaba: el fallecimiento del Inspector de Hacienda que durante años no vió ninguna práctica irregular en la existencia de la tarjeta ni en su uso, habida cuenta que era, teóricamente, una tarjeta de "gastos de representación". Y se pagaban impuestos por ella.

Todo esto nos lleva al interrogante del principio. ¿Por qué ha salido todo esto a relucir? Pues un poco por casualidad y mucho más por coherencia empresarial. Comenzado por lo segundo, porque el señor de Plentzia se encontró con la patata caliente durante su gestión al frente de Bankia. Y no quiso casarse con nadie. Venían otros tiempos de una enorme puridad ética y, por lo tanto, si no lo denunciaba lo que hacía era taparlo, con el grado de complicidad correspondiente. Pero sobre todo porque los auditores externos y los peritos comienzan a expresar sus dudas. Tantas que el nuevo inspector fiscal que sucede al fallecido cambia de tercio y dice digo donde su predecesor dijo diego.

Pero no se asusten. Todo tiene solución. Con una declaración paralela y un buen abogado fiscalista, los 86 (¿o varios cientos?) implicados habrán resuelto su problema. Ni siquiera tendrán que devolver el dinero. Pero nadie les librará de los impuestos debidos y de las multas correspondientes. Por eso, los que han devuelto lo gastado es que tienen otros motivos más perentorios para hacerlo, al ocupar cargos públicos o de elevada exposición social.

A menos que los datos que contiene el CD sean realmente preocupantes. Y lo son.

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