POLÍTICA NACIONAL

Toda la cuestión catalana está llena de preguntas sin responder

La UE está poco unida y la se­pa­ra­ción de Cataluña au­menta el riesgo de frag­men­ta­ción

Este pa­sado sá­bado el pre­si­dente del go­bierno, Mariano Rajoy, se ha puesto un poco más en lo que en esta co­lumna se ha ve­nido lla­mando "ponerse ‘on the re­cord'" sobre el tema de Cataluña. Rajoy lo hizo con én­fa­sis: "Mientras yo sea pre­si­dente no se ce­le­brará ningún re­fe­réndum ile­gal, ni se frag­men­tará España. Que quede cla­ro". Ahora falta dejar claro qué van a hacer las dos "partes" (el go­bierno de España y el de Cataluña) para evitar el riesgo de un "supuesto in­cons­ti­tu­cional má­xi­mo", como sería la ce­le­bra­ción de un re­fe­réndum con in­ten­ción se­pa­ra­tista o un acto uni­la­teral de in­de­pen­den­cia, y con res­pecto a la ne­ce­sidad de pro­poner "un pro­yecto su­ges­tivo de vida en co­mún", como se decía hasta no hace mu­cho, antes de rom­per. Todo eso ne­ce­sita otros ‘on de re­cord' de una parte y de otra.

Esta modesta columna se dedicará hoy a otear la cuestión desde un solo ángulo, el de la oportunidad y viabilidad de la reclamación soberanista de los independentistas catalanes y los pronunciamientos de sus instituciones, a la luz de las limitaciones y constricciones impuestas por el aquí y ahora europeos, en medio de una crisis fiscal y financiera monumental, que debilita la posición de Europa en el mundo, y dentro de lo que entendemos por mundo occidental. Las respuestas a estos interrogantes, o a otros del mismo cariz, deberían ser puestas "on the record" por quien ha promovido la causa de la independencia de Cataluña, antes de que haya de hacerlo la parte que ha sido llamada a responder al desafío independentista. Todo según el orden exigido por la buena dialéctica.

Una secesión efectiva y viable de Cataluña sin duda debilitaría las capacidades de España para influir en los otros estados de Europa y de Occidente, pero esto no quiere decir que la pérdida neta de España vaya a ser ganancia neta de Cataluña. Un país pequeño como Cataluña seguiría teniendo relativamente poco que ofrecer en términos de peso económico y estratégico en comparación con lo que quedase de España, que es la mayor parte. Empecemos por este último aspecto, el estratégico.

España aún tendría capacidad de actuar en la defensa de los intereses estratégicos que comparte con la OTAN, más particularmente con Estados Unidos y Francia, y más generalmente con la Unión Europea, después de la independencia de Cataluña y en los mismos términos con que lo hace ahora. España es un contribuyente neto a misiones de las Naciones Unidas (Afganistán, Líbano), a la política europea de seguridad y defensa (Somalia, misiones en África, control de migraciones, etc.), mientras que los recursos que Cataluña podría dedicar a esas políticas comunes serían muy reducidos y, con toda probabilidad, su posible oferta quedaría diferida hasta la construcción de un edificio diplomático y militar exclusivamente catalán desde prácticamente cero. El ingreso de España en la Alianza Atlántica y en la Unión Europea fueron largos procesos plurianuales. No se puede prever cosa distinta para una hipotética Cataluña independiente.

No es probable que Washington se dirija a Barcelona para negociar sobre algún interés propio, sin una estimación del efecto que causaría sobre las relaciones más completas y consolidadas que mantiene con Madrid. Sería ingenuo que alguien en Cataluña tratase de conseguir el apoyo de Washington con el señuelo de ofrecer a la Alianza un pequeño ejército, o una base naval, en unos momentos en que los Estados Unidos están orientando su política de alianzas hacia entendimiento particularizados, para unos fines estratégicos muy específicos, con los pocos países europeos "que cuentan". Cataluña, al separarse, habría mermado marginalmente el potencial estratégico de España pero sin ganar apenas nada para sí, en cuanto a influencia sobre áreas claves del sistema europeo y occidental de seguridad.

Los procesos de separación conocidos en Europa pertenecen a otra época.

Luego está la cuestión de cuánta fragmentación puede admitir el sistema europeo sin asegurarse el fracaso. Los independentistas se dan ánimos unos a otros sobre la viabilidad de una secesión en la actual Europa, haciendo referencia a unas independencias que ocurrieron en condiciones histórico-políticas radicalmente distintas de las que prevalecen hoy. Aquellas independencias fueron sólo el remate de un moribundo: el sistema construido por la "pax sovietica" en la mitad oriental de Europa.  Es cierto que tres países del Báltico oriental se separaron de la antigua URSS por procedimientos pacíficos (con cadena humana y todo), pero eso ocurrió en el proceso de superación de la estructura ilegal, caduca y disfuncional creada por el totalitarismo stalinista, y cuando Rusia estaba en momentos muy bajos.

Lo mismo puede decirse de la separación de Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Macedonia, Montenegro y Kosovo. Todas esas separaciones tuvieron lugar con la caída de la Federación Yugoslava (FY), dominada por Belgrado (Serbia), y duró un periodo históricamente efímero, que va desde la fragmentación típicamente balcánica de la primera mitad del siglo XX hasta la unidad autoritaria impuesta por Tito desde 1945 de modo efectivo pero extremadamente precario. Han pasado 24 años desde la muerte de Tito (1980), y la ruptura de la FY no ha aportado algún beneficio neto a la mayor parte de las repúblicas separadas. Sólo Eslovenia y Croacia han ingresado en la Unión Europea, mientras que las otras bracean aún en la maraña de dificultades generada por sus conflictos identitarios.

La única referencia a una separación pactada y pacífica es la de Eslovaquia y la República Checa, dos países mantenidos juntos por una unión imperial primero y un tratado de vencedores sobre vencidos después, impuesto por la Paz de Versalles. Cualquier sugerencia de que éste es un precedente válido para el caso de Cataluña y España es querer estirar el uso de la historia más allá de lo que un historiador solvente autorizaría.

El magnetismo de la Unión Europea

Como demuestran los casos de los Balcanes y Ucrania, la UE tiene una influencia magnética sobre un puñado de países desperdigados por la geografía de Europa, gracias al ideal de unidad política, su garantía de las libertades y su promesa de solidaridad económica. Si se debilitan estos ideales liberales, se debilitarán los apoyos internos a las libertades y a los fundamentos de la seguridad económica de un conjunto de países aún no integrados en la UE. Véase Ucrania. El ejemplo de una Cataluña separada unilateralmente de España va contra el ideal de unidad que está en la base del proyecto europeo. El argumento de que una Cataluña independiente querría reintegrarse inmediatamente a Europa, sin dañar el proyecto europeo (o mejor aún, que nunca "saldría" de Europa después de la secesión), desafía el sentido común, por decirlo de modo poco hiriente.

El Libro Blanco escocés que explica la mecánica de  la independencia tiene 670 páginas, y está lleno de cláusulas autorrestrictivas con las que se pretende demostrar que secesión no equivale a fragmentación. Y para ello ofrece renuncias a bastantes de los atributos típicos de la independencia (moneda, banca, jefatura del estado, seguridad, etc.), como prenda de que su independencia no supone realmente mucha independencia.

Pero ocurre que la Unión tiene abiertos varios flancos en los que lucha por seguir siendo la garante de un sistema europeo operativo, contra los intereses contrapuestos de varios subsistemas nacionales (países del centro, de la periferia, del norte, de la ultraperiferia, etc.). Piénsese en la credibilidad del sistema de pagos de la deuda de los países europeos, pendiente de un delgado hilo de confianza garantizado aún por Alemania y el BCE, y considérense los imponderables creados por una larga y reñida disputa sobre el reparto de activos y pasivos fiscales entre Cataluña y España.

¿Estamos seguros de que la eurozona va a resistir otro shock de incertidumbres, en nuestro caso en una de las mayores economías del euro, un shock posiblemente superior a los creados por las deudas de Grecia y Chipre, si Cataluña llegara a separarse de España? Dado el estado de hiperestesia de los mercados sobre las debilidades fiscales y financieras de la eurozona, y en particular las de su banca, la aparición de dudas sobre la viabilidad de la parte catalana de deuda española, o sobre el resultado de las negociaciones entre Madrid y Barcelona para repartírsela, crearía dudas sobre la viabilidad del euro, ya que los volúmenes implicados en nuestro caso multiplican por equis los riesgos, en comparación con la crisis creada por cualquier hipotético ‘default' de un estado pequeño como los que han amenazado hasta ahora al euro,  o la bancarrota de una entidad financiera mayor, de ámbito  español o europeo.

Las autoridades independentistas catalanas aseguran que el euro seguiría siendo la moneda de una Cataluña independiente. Pero ¿lo consentirá el Banco Central Europeo? ¿Seguiría queriéndolo Cataluña después de un tiempo de someterse a las restricciones de una moneda "adoptada" sobre cuya gestión no tendría influencia alguna? ¿Puede Cataluña, como alternativa a la moneda común, adoptar una distinta sin sufrir de inmediato una drástica devaluación de sus más optimistas previsiones sobre su valor y cotización, ya que sus deudas seguirían denominadas en euros? Una devaluación equivale a la elección deliberada de un modelo de desarrollo basado en los estadios menos evolucionados de las economías industrialmente avanzadas. Es una forma de poner en riesgo los avances industriales y tecnológicos de que Cataluña tan justamente se precia.

Y en este mismo orden económico-industrial, pero volviendo a los Estados Unidos, ¿es prudente que Cataluña se embarque en un nuevo curso de su economía "nacional", estando ausente de las negociaciones UE-EE.UU para una zona de libre comercio?

El calendario, tal como está planteado, es inasumible y conduce al choque

De lo que dijo este sábado el presidente del gobierno en Barcelona se deduce la existencia de flancos débiles de la economía de Cataluña: la seguridad social catalana es deficitaria y las pensiones se cubren gracias a la caja común de la seguridad social.

Lo mismo se puede decir de los efectos de la separación sobre los delicados instrumentos creados en Europa para contener la crisis bancaria. Los créditos extendidos desde Cataluña superan los depósitos bancarios allí radicados, apuntó Rajoy. ¿Podrá resistir el sistema bancario español (y el catalán, por supuesto, en la medida en que pueda distinguirse del español) el ejercicio de cuadrar los ajustes, sin perder en el camino la confianza de los mercados? ¿Necesita Europa más fragmentación de sus sistemas bancarios nacionales, o más bien éstos necesitan más integración, más corresponsabilidad, "más Europa"?

El tono imperioso e impaciente que impregna la reclamación de Artur Mas, de fijar el calendario para un referéndum de autodeterminación de Cataluña, es inasimilable no sólo en términos constitucionales, como quiso dejar en claro el presidente del gobierno Mariano Rajoy en su discurso de Barcelona este 25 de enero, sino también prácticos.

Esa exigencia equivale a una presión injustificada y en "vía de apremio" sobre el gobierno, que lleva implícita la amenaza de "la vamos a armar" en España, y en consecuencia en Europa, si no nos dais lo que reclamamos en el plazo que os hemos puesto. No hacen cosa diferente los partidos populistas que en varios países de la Unión exigen concesiones unilaterales, en base a su capacidad de romper los límites institucionales y los equilibrios parlamentarios internos, mediante prácticas políticas rayanas, o incursas, en pura demagogia.

 

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