POLÍTICA NACIONAL

Se acerca una Diada triunfalista

Alarma por la au­sencia de de­bate sobre la se­pa­ra­ción de Catañuña

Leo aquí y allá re­pe­tida la misma idea: el Gobierno, las ins­ti­tu­ciones del Estado y los lí­deres de los par­tidos no están a la al­tura del desafío na­cio­na­lista ca­ta­lán. Si acaso, ca­bría señalar ex­cep­ciones a cuenta de los par­tidos de ám­bito na­cional en tanto que ac­túan como par­tidos ca­ta­la­nes, y que están re­sis­tiendo sin gran for­tuna la marea na­cio­na­lista porque les va en ello los votos y su in­fluencia en esa parte de España, así como su peso elec­toral en el es­pacio po­lí­tico na­cio­nal.

Pero en España, en conjunto, pocos son los que salen al paso de las ideas con las ideas, ni a las emociones con las emociones. Ideas y emociones que salen a torrentes de la maquinaria soberanista montada en tiempo récord (poco más de dos años) por la Generalidad y el parlamento de Cataluña, apoyándose en una multitud de organizaciones de la sociedad civil. Apenas podemos contar, entre las contrarréplicas al independentismo catalán, el ·no" de Mariano Rajoy al pacto fiscal propuesto por el presidente de la Generalidad, Artur Mas, así como la remisión de la declaración soberanista del parlamento catalán al Tribunal Constitucional y el envío del llamado derecho a decidir a los órganos jurisconsultos del estado. Y poco más.

Como prueba de lo dicho en el primer párrafo, se aportan aquí unos pocos testimonios, espigados en la prensa durante las últimas semanas. Doy las citas porque suscribo las ideas, pero no revelo la autoría pues no deseo usar los nombres de sus autores como peana de mis propias y personales reflexiones, que ellos no tienen por qué suscribir.

Testimonio uno. "Si el Gobierno del Estado no se hace cargo de la situación real en Cataluña puede estar favoreciendo la estrategia de los partidos nacionalistas catalanes... porque la bola de nieve se he hecho inmensa y nada, o casi nada, desde el Gobierno del Estado ha ayudado a reducirla".

Dos. "Por su parte, el gobierno de España y el Poder Judicial hacen sistemáticamente mutis por el foro y también dejación de funciones, para cumplir y hacer cumplir las leyes y las sentencias firmes...; más bien se deberían tender puentes con la sociedad civil...".

Tres. "... hay que apelar al Gobierno central. Su política catalana está errada. Tras la quietud de Rajoy y las frases elusivas de la vicepresidenta, no hay una estrategia seria sino otra escasamente perspicaz, combinación de frases rutinarias, remisiones legales y una paciente espera a que la situación se pudra".

Instituciones silentes

Pero no toda la responsabilidad de esta inacción recae sobre el gobierno o el estado. Las instituciones culturales españolas tienen, seguramente, una responsabilidad mayor, pues el desafío nacionalista es ante todo una batalla de ideas, y denuncia un intento de hegemonía cultural por un lado y de supremacía lingüística por otro. Las Reales Academias (la Española de la Lengua, la de Historia, la de Ciencias Morales y Políticas, la de Jurisprudencia y Legislación, etc., o siquiera algunos de sus vocales), ¿no tienen nada que debatir, que opinar, que aportar?  ¿Tampoco los colegios profesionales? Para alimentar el debate no se cuenta, en el día a día, más que con la prensa; mejor dicho, con las firmas de algunos de sus colaboradores y la competencia de algunos informadores. Aunque no han faltado en televisiones públicas o privadas debates en torno a esta espinosa materia, que entraña la posibilidad de que España se divida, su frecuencia e intensidad no sigue el ritmo exhaustivo de la estampida nacionalista.

En resumen, no prevalece en España un estado de opinión seguro de sí mismo y bien pertrechado para rechazar o replicar a la ofensiva nacionalista. Esto es tanto más de lamentar por cuanto las reflexiones sobre el nacionalismo catalán serían también ocasión para hacerlo sobre la insuficiencia de nuestro modelo de estado autonómico, que ya no  puede garantizar a las diversas partes de España, y a los españoles que las pueblan, que seguirán viviendo bajo patrones comunes de desarrollo económico, educativo y social.

Se trata de patrones que, sin deber ser necesariamente homogéneos, deberían ser razonablemente compatibles con la idea de que todos vivimos en una misma sociedad y una única nación. El vertiginoso aumento del desafío nacionalista refleja en parte una heterogeneidad económico-social de España que pone en evidencia un notable atraso de amplias regiones en cuanto a su incorporación a la modernidad y al desarrollo, apareciendo así como un lastre indeseable para los que se consideran capaces de marchar en la vanguardia del desarrollo y del bienestar.

Es ésta última una ambición legítima de los catalanes, puesto que viene avalada por aptitudes sociales e individuales que les estimulan a proponerse metas para las que otras partes de España no están actualmente capacitadas o predispuestas. Véase por ejemplo la contumaz reafirmación de los vicios políticos con que se ha venido gobernando Andalucía durante los últimos treinta años, entrañada en la reciente sucesión, perpetrada "á huis clos", del presidente de la junta andaluza, José Antonio Griñán, por una burócrata del sistema.

Cultura y lengua, herramientas de un combate ideológico

Modernos tratadistas del nacionalismo (Gellner, Anderson) señalan la cultura como el principal catalizador de un proyecto nacional. Aparte de la cultura pueden darse muchos otros elementos peculiares y propios, como el territorio, una población más o menos homogénea, una economía más o menos integrada, pero nada de esto tiene el potencial diferenciador y movilizador de la cultura.

Cataluña, difícilmente puede construir la identidad nacional por razones de geografía, o de historia, dimensiones ambas apenas diferenciables de las del conjunto de España. La principal herramienta que el nacionalismo actual catalán cree tener a su disposición es la cultura, pero como esta cultura puede ser interpretada legítimamente como una variedad singular de la más amplia cultura hispánica que empezó a enraizar en la Península hace dos mil años, es preciso acentuar el factor diferenciador. Eso es lo que los nacionalistas le están pidiendo al catalán, que sea el emblema del nacionalismo. Aunque el castellano es lengua propia de amplias capas de catalanes (¿el 50% por lo menos?), y se habla en Cataluña desde hace siglos, y hoy lo habla casi toda la población, el catalán es el dato irreductible con el que se quiere probar que Cataluña posee una cultura diferente. Es ahí, en ese complejo lengua-cultura, donde debe descansar el proyecto nacionalista, y del que se espera que sea el elemento unificador de la diversidad social, cultural y geográfica de la población catalana.

Pero la diferenciación cultural no produce el impacto separador más que en determinadas condiciones socio-políticas. En Cataluña se pueden identificar las siguientes: el ascenso de la pequeña burguesía al primer plano político mediante el aumento del bienestar económico en los años precedentes a la crisis y la adquisición de habilidades políticas y administrativas durante el gobierno tripartito; una imposibilidad de satisfacer muchas demandas y necesidades populares debido a la crisis económica, y una sensibilización de la tradicional clase gobernante nacionalista ante la perspectiva de la pérdida de su hegemonía político-social.

La tensión social subyacente a la coalición gobernante en Cataluña (incluida la Esquerra Republicana, que gobierna desde fuera del gobierno) se manifiesta en el declive en la intención de voto a favor de Convergencia y Unión, en ventaja de ERC. Esa tensión explica la aceleración de CiU hacia derroteros separatistas. Lejos de solventar la cuestión de la hegemonía política, que probablemente CiU perdería, ambas fuerzas de la coalición superan de momento (y difieren en el tiempo) su tensión latente con intensas apelaciones emocionales al pueblo, que pretenden llevar el proyecto nacional a la calle, externalizándolo contra el estado español.

Para ello bastan expedientes muy sencillos y de fuerte impacto emocional: la cadena humana más larga de la historia, el "casteller" más alto de todos los tiempos, las manifestaciones más nutridas de la historia de España y un gesto (sin parangón en su sentimentalismo ‘kitsch') como unir las manos todos a las 17.14 de la tarde de la Diada, en conmemoración de 1714, el fatídico año en que al parecer Cataluña dejó de ser Cataluña.

Como se ve, el independentismo catalán necesita ser tratado a múltiples niveles: ideológicos, culturales, sentimentales, históricos y, claro está, económicos. Pero no vemos que la batalla por el corazón y la razón de los catalanes esté siendo entablada por las fuerzas que deberían y podrían hacerlo. Ya se darán cuenta. O como diría Rajoy: o no.

 

 

 

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