El almario de Conde

Poco hu­biese con­se­guido el ex ban­quero a sus 38 años sin apoyos co­no­cidos

Mario Conde
Mario Conde

Si de una cosa po­demos estar se­guros -a estas al­tu­ras- sobre Mario Conde es que in­tentó por casi todos los me­dios ha­cerse con el poder eco­nó­mico y po­lí­tico de España, ma­niobra que no pudo llevar a tér­mino, por mucho que él lo nie­gue. Y no lo puede negar como puede verse en la dra­ma­ti­za­ción te­le­vi­siva de su úl­timo li­bro, Los días de gloria , que ha pro­du­cido Telecinco en una mi­ni­serie de dos ca­pí­tu­los.

Ya no viene a cuento sacar papelitos y documentos que prueban de forma irrefutable cómo quebrantó la ley y se aprovechó de los fondos de Banesto. Esa etapa ya ha pasado. Ahora conviene tener un retrato claro del personaje y de lo que es capaz de hacer en el futuro, porque cualidades para llegar lejos siempre las ha tenido. En sus últimas apariciones, Conde saca de su almario el alma herida por la persecución a la que, según él, le ha sometido el sistema.

A Conde le brota una imperiosa necesidad de lo más profundo de su ser para ser el número uno en todo. Por eso, tras aspirar a conseguir todo el poder con operaciones como la de Antibióticos y Banesto y fracasar en el empeño, ahora se conforma con estar en el candelero que le aporta sus prédicas en televisión o en los libros que ha publicado para defender sus actuaciones.

¿Se conformará el ex banquero con estas constantes, pero modestas apariciones? No lo creo. Otra cosa es que para los maniobreros ahora ya no existan tantas posibilidades de medrar por cualquier medio como a finales de los ochenta. Pero ocasiones a lo peor no van a faltar si somos conscientes de la gravísima crisis financiera y económica, del perseverante y compacto desafío anticonstitucional en toda la regla a la integridad del Estado por parte de los actuales responsables  de la Comunidad Autónoma de Cataluña y la situación de debilidad por la que atraviesa la monarquía.

**Republicano y amigo real **

De momento, Conde ya se ha declarado republicano ante lo que pueda pescar en las agitadas aguas que puedan encresparse por la citada situación. Domina la oratoria y se pone a la altura de su rival dialéctico para enredarle en sus propios términos. Admite toda clase de preguntas por embarazosas que sean para él; luego las contesta o se va por las ramas y al oyente poco avezado en estas lides le confunde o... le convence.

Al principio de su carrera provocó la admiración más grande entre los que le auparon y fue jaleado por un sector de periodistas y medios, hasta el punto de que le creían capaz de conseguir cualquier cosa. Fue el modelo de un sector de la juventud de los ochenta, que gritaba aquello de "quiero ser Mario Conde", obnubilados por los aparentes éxitos que iba alcanzando.

Pero creerse a pie juntillas, como se refleja en el biopic, de que había conseguido en 1987 la venta de Antibióticos a la multinacional Montedison por sus habilidades y conocimientos sólo pueden incurrir en ello sus socios que estaban deseando ver los billetes de la venta.

¿Acaso un abogado de 38 años, completamente desconocido, es capaz de vender la firma española a una gran empresa italiana a un precio altísimo por sus dotes de embaucador y conocimientos jurídicos? Algo así sólo se podía conseguir si, efectivamente, el joven jurista aparecía como una promesa a ojos de los compradores trasalpinos y que iba a ser capaz, no de llegar lejos en el mundo económico, sino que tenía ante sí un futuro político inmenso.

Grandes apoyos conocidos

Aquél éxito comercial sólo se justifica con grandes apoyos no conocidos. Conde, como él mismo ha confesado, pertenecía a la logia masónica Concordia de Madrid. En las vitrinas de la orden tuve la oportunidad de ver una placa conmemorativa en honor de tan distinguido miembro, con ocasión de escribir un reportaje para el diario El País sobre el, por entonces, misterioso funcionamiento de la masonería en España.

No es demasiado arriesgado el pensar que la orden jugó un papel especial en el encumbramiento del abogado de Tuy, aunque hubiera que anticipar unos cuantos miles de millones de pesetas. Una inversión de futuro. En el telefilme, Mario Conde visita en la sede italiana de Montedison a un altísimo representante de ésta, sentado en una mesa elegante situada en una sala muy amplia. Previamente, la persona que le introduce le ha advertido que la cantidad que pida por la venta al venerable anciano, se la va a conceder sin el más mínimo regateo.

Dueño ya de una considerable fortuna, Conde desafió a los banqueros tradicionales, se hizo con el control de Banesto y consiguió llegar, con la ayuda de conseguidores profesionales, a todos los medios políticos utilizando hábilmente los recursos de la entidad financiera.

Conde conectó también con Zarzuela y se dejó querer por otros líderes y personalidades. Es enternecedor contemplar en el biopic como el padre del Rey le recrimina con la mayor de las bondades  por una declaración periodística sobre su identificación con el centro derecha. Suponiendo que sea verdad, no está mal recordar que por entonces el liderazgo de espacio político, encarnado en Alianza Popular y su sucesor el Partido Popular, estaba vacante. Pero era demasiado pronto.

**Poder político y poder financiero **

Luego sucedió lo que todo el mundo sabe. Conseguir el poder financiero y después pretender el político es algo que nunca puede acabar bien. Conde lo presenta como una faena que le hizo el establishment. Pero lo que, en realidad, emerge de su almario es un alma en pos del poder (político, naturalmente)

¿Qué hubiera ocurrido si hubiera utilizado sus indudables buenas dotes, conocimientos y capacidad de maniobra por el camino ordinario de hacer carrera política a través de un partido político, el PP con toda seguridad? Un hombre como él habría tenido que hacer carrera y llegar más allá de desempeñar un simple ministerio. Si lo comparamos con el actual presidente del Gobierno, Conde tiene más conocimientos jurídicos y más capacidad de embaucar a la gente, pero aun siendo los dos de la provincia de Pontevedra, quizá Rajoy sea un gallego más fino, esto es, más prudente.

A Conde le ha perdido la ambición desmesurada y la soberbia de creerse, sin la menor duda o autocrítica, superior en inteligencia y capacidad de acción a los demás mortales.

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