GEOPOLÍTICA

Nueva fase para el nacionalismo catalán

El lunes pró­ximo se em­pieza formar un mo­vi­miento po­pular por la in­de­pen­dencia

Durante esta se­mana el go­bierno de la Generalidad de Cataluña se ha pre­pa­rado para subir otro pel­daño de su es­ca­lada so­be­ra­nista. Espera poner el pie en ese pel­daño el pró­ximo lu­nes, cuando el go­vern y todas las fuerzas po­lí­ticas ca­ta­la­nas, ex­cepto el par­tido po­pular y Ciutadans , se reúnan con las ins­ti­tu­ciones de base (diputaciones, ayun­ta­mien­tos) para abrir el pro­ceso so­be­ra­nista a la so­ciedad ci­vil. Se pre­tende que sean las aso­cia­ciones de orien­ta­ción na­cio­na­lista (culturales, cí­vi­cas, eco­nó­mi­cas, de­por­tivas y pro­ba­ble­mente tam­bién re­li­gio­sas) las que asuman a partir de ahora el pro­ta­go­nismo y di­na­micen el pro­ceso. Se es­pera sus­citar de ese modo la apa­ri­ción de un irre­sis­tible frente de fuerzas po­pu­la­res, que venza la re­sis­tencia del go­bierno es­pañol a que se con­voque un re­fe­réndum so­be­ra­nista.

La entrada de esas fuerzas probablemente trasladará el discurso nacionalista, de su actual dialéctica en pro del derecho a decidir, a otra por el derecho a la (y la exigencia de) independencia. Se formulará así un desafío total al estado español, ya que una consecuencia de la independencia sería privar a ese estado de una parte sustancial de los atributos materiales y jurídicos de que está dotado hoy día: territorio, población, economía, posición geopolítica respecto de Europa, soberanía, etc.

Como todo conflicto capaz de traer consecuencias de gran alcance, en éste hay que examinar dos factores capaces de determinar su desarrollo y resolución. Primero está la geografía física y humana del escenario del conflicto. La segunda cuestión se plantea en estos términos: con qué estrategia se propone el liderazgo nacionalista alcanzar el objetivo marcado. Este  último aspecto quedará para otro día.

Geopolítica y desarrollo histórico

Las geografías física y humana son los dos ingredientes con los que se elaboran las especulaciones geopolíticas. Éstas ponen a prueba su validez recurriendo a métodos propios de las ciencias históricas. Podremos hablar de una geopolítica catalana en tanto que se dé una historia catalana. La clave siempre estará en cómo comprendamos y expliquemos (o nos expliquen) la historia de Cataluña.

Ningún grupo humano logra el ideal de su plenitud geopolítica. Las geopolíticas particulares de los grupos nacionales o regionales de Europa no pueden concebirse separadas de las geopolíticas de los pueblos contiguos, o incluso de la de los lejanos. No puede hablarse de historia catalana sin contemplar la historia de España, o la historia de España sin contemplar la historia de la Península Ibérica. O la de la Península Ibérica sin contemplar la geopolítica europea.

La Península constituye uno de los marcos geopolíticos más definidos de Europa, gracias a la fuerte impronta de su geografía: se trata de un territorio entre mares, separado del continente situado al norte por una muralla natural, y del continente situado al sur por un foso no menos natural.

Jaume Vicens Vives, el autor por excelencia de la escuela geopolítica de la historiografía española, nunca intentó explicar una geopolítica de Cataluña diferenciada de la española, aunque siempre insistió en los rasgos culturales con proyección eficaz sobre las condiciones geopolíticas en que se formaron y desarrollaron el pueblo y la sociedad catalanas, dentro de la Península y de España.

La suma de los intercambios y roces entre las agrupaciones humanas de menor complejidad geopolítica determina la aparición de formaciones geopolíticas superiores. Por ejemplo, los estados señoriales y sus micro-geopolíticas, dan paso al estado propiedad de un rey, que es defendido en sus fronteras por fortalezas reales. Esta configuración, a su vez, cede el paso a una estructura geopolítica integrada por agrupaciones dinásticas, cuya formulación diplomática es la búsqueda del equilibrio de poderes. La Ilustración y el Romanticismo abren paso al sistema de estados nacionales, cuya expresión diplomática es la formación de alianzas con vistas a resolver por medio de la guerra la cuestión de la supremacía continental.

Es decir, todo agente internacional vive bajo una tensión geopolítica que cambia muchos de los presupuestos de su misma existencia como entidad viable y soberana. La idea de que la Europa de hoy, unida casi en su totalidad dentro de la Unión Europea, ha superado sus históricas tensiones geopolíticas va en contra de la experiencia de la historia. Las tensiones de antaño se han atiplado hoy día bajo una pila de consensos y tratados, pero siguen latentes bajo la especie de intereses económicos contrapuestos o contarios. No estamos aún seguros de si el proyecto europeo de unidad saldrá indemne, o no, de la actual crisis.

Rasgos geopolíticos de España

Volvamos a los fundamentos históricos. La destrucción del estado visigótico por la invasión árabe pulverizó la unidad geopolítica heredada del imperio romano. Esa unidad sólo pudo restaurarse después de un largo proceso, casi milenario, que culminó en la unión de reinos bajo una misma dinastía, con dos fases: la unión entre las coronas de Castilla y Aragón primero, y entre las de España y Portugal después. La primera de esas  configuraciones de España contó con el apoyo firme de la Cristiandad, es decir, de Europa.

Corroborando la tesis de que no hay geopolíticas aisladas y permanentes, ni siquiera para un gran reino asentado en un espacio geográficamente muy distintivo y bien demarcado, la ruptura de la geopolítica ibérica (tras la unión de las coronas de España y Portugal) se debió a las presiones y constricciones de la emergente geopolítica continental, cuya directriz principal era la de evitar la emergencia de un poder hegemónico asentado sobre cualquier porción significativa de la geografía europea. Es en este contexto donde Cataluña se vio arrastrada a la competición geopolítica entre grandes reino. Los dos intentos de encontrar un destino geopolítico distinto del del resto de España acabaron en fracaso, primero al entregarse al joven Luis XIV (mediados del XVII) y después al oponerse a los designios de ese mismo Luis XIV sobre el sistema de estados europeos (guerra de Sucesión Española, a comienzos del XVIII).

España sufrió, desde esta última época, sucesivas mermas geopolíticas, que no hace falta siquiera mencionar a los españoles con título de bachiller para que las tengan presentes. Pero aún no es una entidad geopolítica inerte, insensible a pérdidas adicionales de sus capacidades operativas como estado con una implantación multisecular en el sistema europeo. Esto se comprende analizando la estructura geopolítica interna a España y a la propia Península.

España se comunica por tierra con Europa (también lo hace Portugal mediando el territorio español) a través de dos accesos relativamente estrechos, que actúan como embudos de todo tipo de actividades: el País Vasco y la parte nororiental de Cataluña, si descontamos algunos precarios y accidentados pasos que cruzan los Pirineos.

Es decir, los tráficos de todo tipo con Europa que interesan a casi cuarenta millones de españoles no vascos ni catalanes, así como a todos los portugueses, tiene una dependencia (no absoluta, por supuesto, pero muy significativa), respecto de unos territorios donde se asientan poblaciones entre las que viven extensos grupos humanos que quieren separarse de España, es decir, que en términos geopolíticos y jurídicos quieren tener derecho a condicionar el acceso del resto de los españoles al continente europeo (¿qué es un estado sino eso, conceder o negar el acceso a su territorio?), por unas vías que han sido las tradicionales de la llegada a España de los inputs europeos, y de la salida de sus mercancías y gentes al ecúmene continental. Basta la simple mención de las calzadas romanas al este y del Camino de Santiago al oeste, para ilustrar lo que se quiere decir. Por esas franjas de comunicación llegó gran parte de lo que las sociedades peninsulares necesitaron para formarse y para prosperar: lenguas, derecho, fe, técnicas, comercio, ideas, guerra, paces, etc. Todo, absolutamente todo, transitando por esas dos franjas de contacto físico entre España y el territorio de lo que hoy es Francia.

No es una casualidad de la historia que los dos movimientos nacionalistas (o separatistas) de España se hayan asentado a caballo de esas precarias vías de acceso. Sus estrategias tienen raíces históricas, y encuentran modelos e inspiración en el pasado. Tanto los señores vascos como los condes de Barcelona labraron gran parte de sus bases de poder en la España medieval sobre la función de gozne o puerta entre el resto de la Península y la Europa al norte.

Esto se observa más nítidamente en el País Vasco que en Cataluña, porque aquél se integró en el reino de Castilla desde comienzos del siglo XIII. Los fueros son esencialmente el resultado de acuerdos entre los reyes castellanos y el señor de Vizcaya para asegurar el tránsito de mercancías y personas entre la meseta y el valle del Guadalquivir, por un lado, y el sur de Francia, por otro, a cambio de exacciones fiscales sobre los tráficos. Sin esos tráficos el interior de España no se hubiera desarrollado lo suficiente para terminar la Reconquista y realizar sus grandes aventuras ultramarinas.

El estado borbónico redujo en gran medida la función separadora/unidora que por derecho habían tenido durante siglos las dos formaciones autóctonas a un extremo y otro de los Pirineos. Las guerras carlistas reavivaron la nostalgia por las ventajas derivadas de la vieja función separadora/unidora. En el caso del País Vasco, el final de los sucesivos conflictos armados tuvo como precio la entronización constitucional de su privilegio fiscal, es decir, un a modo de peaje para que las Vascongadas mantuvieran abiertas y en paz los puntos de acceso fronterizo entre la masa del territorio español y los centros de desarrollo técnico, mercantil y educativo europeos, indispensables para el desarrollo económico de España.

En Cataluña, el régimen liberal favoreció su desarrollo industrial y su rápida expansión en el resto del mercado español, y no mucho más tarde produjo un florecimiento cultural, la Renaixença, fuertemente teñido de una impronta modernizadora y españolista, que adquirió enorme prestigio en el resto de España.

Lo que pasó después es cosa que no necesita mucho recordatorio. Cada uno tendrá su opinión sobre por qué apareció en el País Vasco un nacionalismo violento y en Cataluña un nacionalismo basado en la hegemonía cultural y lingüística.

Separatismo de rico, separatismo de pobre

El problema de la España actual se puede describir acudiendo a relatos muy diferentes, pero uno imprescindible es el de la sostenibilidad de los rasgos geopolíticos que le son necesarios para su continuidad histórica como sociedad y como estado.

Hay, sin embargo, una forma de separatismo que no es esencialmente nacionalista. Se caracteriza por reivindicar usos y derechos políticos, sociales y económicos distintivos respecto de los del resto de la sociedad. Por ejemplo, la Liga Norte, de Italia, es un movimiento separatista no nacionalista, propio de región rica.

Andalucía está gobernada desde la reinstauración de la democracia por fuerzas partidistas que, como consecuencia de sus políticas, han dado lugar a que se produzca una brecha de desarrollo social y económico con relación a la mayor parte del resto de España. La superación de la crisis económica está lastrada por el deficiente impulso reformador de esta región, que es la más populosa de España y también, potencialmente, una de las más ricas.

Andalucía se caracteriza por un separatismo de región pobre, debido a la empeñosa entrega y fidelidad de la mayoría de su población a políticas que han demostrado ineficacia y nulo efecto redentor de su histórico retraso económico y educativo, con relación al progreso registrado en la mayoría de las regiones españolas.

La resistencia al cambio de la mayor parte de la población andaluza, bajo el estupefaciente patronazgo de un gobierno y una forma de gobernar invariables durante más de treinta años, denotan un alto grado de inadecuación para responder a los desafíos que llueven sobre España, bajo la presión del entorno geoeconómico europeo.

Así que entre los separatismos del norte y la peculiar forma de separatismo socio-económico del sur, mantener España unida es una tarea tan azarosa que no es extraño que sea ahora cuando uno de los separatismos del norte, el catalán, se apresure a plantear desafíos que considera que no podrán ser neutralizados o combatidos por una sociedad y un gobierno españoles sumidos en una profunda crisis, que se manifiesta en la superficie como crisis económica, pero que de forma subyacente es de naturaleza político-social. Esto es, a la vez histórica y geopolítica.

 

Artículos relacionados