GEOECONOMÍA

Los laberintos de Cataluña y Escocia

Los go­biernos de Londres y Madrid tienen otras prio­ri­dades

Laberinto
Laberinto

Las po­si­bles sa­lidas a las dos crisis de se­ce­sión más can­dentes dentro de la Unión Europea, la de Cataluña en España y la de Escocia en el Reino Unido, se ha­llan de mo­mento me­tidas en la­be­rintos de di­fícil sa­lida, de­bido a la con­fu­sión mental pro­du­cida por el choque de las res­pec­tivas opi­niones in­de­pen­den­tis­tas, ca­ta­lana o es­co­cesa, con la dura realidad de la crisis eco­nó­mica y el des­con­cierto eu­ro­peo. Mientras la unidad su­pra­es­tatal eu­ropea por ex­ce­len­cia, la UE, y su ins­ti­tu­ción po­lí­tica de ca­be­cera, el Consejo Europeo, no dan la sen­sa­ción de saber o querer ejercer el li­de­razgo ne­ce­sario para man­tener la fe en el pro­yecto co­mún, las uni­dades sub­es­ta­ta­les, esto es, los go­biernos au­to­nó­micos de Edimburgo y Barcelona, y las opi­niones pú­blicas con que éstos deben con­fron­tarse, se ha­llan ante la amarga realidad de que las pre­ten­siones se­ce­sio­nistas de aqué­llos no lo­gran im­po­nerse como agenda prio­ri­taria del Reino Unido o de España.

La agenda prioritaria a todos los niveles, en Europa, es la crisis, y para los gobiernos de Londres y Madrid  no hay en sus agendas cosa más importante que la misma crisis. Sus gobiernos tienen las competencias y recursos suficientes para aplacar las reivindicaciones nacionalistas con concesiones compatibles con el catálogo de soluciones a la crisis, pero esas concesiones sólo pueden ser, o no muy significativas, o incluso marginales, permaneciendo ambos gobiernos en condiciones de frustrar las reivindicaciones más extremas, como son sus respectivos proyectos independentistas. En este intento contarán con la ayuda activa o subconsciente del instinto de conservación de las opiniones y de los públicos respectivos.

De vuelta al pacto fiscal

Estas reflexiones vienen suscitadas, en cuanto a Cataluña, por la "hipótesis" que el Centre d'Estudis d'Opinió ha elaborado a partir de los resultados de las últimas elecciones autonómicas, cruzados con el último barómetro del propio CEO ("La Vanguardia", 7 de abril). Combinando ese doble juego de consultas, resulta que la opinión se inclina en un 49,7% por la independencia, pero un 71,8% se inclina por el pacto fiscal con el estado. Esto es, por la no independencia.

Cuestión aparte es si el pacto fiscal con Cataluña es viable o no, dado el peligro de que otras catorce comunidades autónomas se alcen en armas contra cualquier nuevo privilegio fiscal para una región de España, aparte de los ya logrados por el País Vasco y Navarra. No es probable que el gobierno de Mariano Rajoy pueda sacar adelante semejante supuesto sin una pérdida de muchos de sus apoyos regionales, a pesar de que el partido popular catalán estaría dispuesto a dar un trato fiscal diferenciado a Cataluña, con tal de conservar o mejorar sus señas de identidad catalanas.

Que la ofensiva nacionalista se halla actualmente sujeta a las limitaciones económicas y fiscales del momento se observa en el "impasse" en que parece hallarse el presidente de la Generalidad, Artur Mas, quien hace una semana decía que "la situación financiera es de emergencia y la del autogobierno de supervivencia". Lo que es más significativo, también declaró que el pacto fiscal sigue siendo una opción, cuando hace muy poco insistía en que éste ya no era una alternativa a la independencia.

Esperanzas y espejismos en Escocia

En Escocia las limitaciones tienen características propias. No en balde el soberanismo escocés está sobre la mesa por lo menos desde 2005. Y no es un caso de "soberanitis aguda" como la declarada en Cataluña el 11 de septiembre del pasado año. Los independentistas escoceses tienen sus tareas más adelantadas. Ya han hecho consultas con la Unión Europea, con la OTAN y con los Estados Unidos, por lo menos. Las opiniones recogidas hasta ahora no son favorables a la independencia.

Además, los independentistas han hecho sus cálculos económicos basados en unas expectativas que hoy serían consideradas un peligroso espejismo: la explotación de los hidrocarburos de los mares que rodean Escocia en provecho casi exclusivo.

Veamos algunos de los obstáculos que se alzan frente a la independencia de Escocia.

La posición de la UE frente a este problema es conocida. Tanto el presidente de la Comisión, Durao Barroso, como el del Consejo, van Rompuy, han dejado claro que si Escocia se saliese del Reino Unido debería solicitar su reingreso como estado independiente. En noviembre del pasado año dos altos cargos del partido nacionalista escocés, Jim Sillars y Gordon Wilson, acusaron al "first minister" Alex Salmond de dañar las posibilidades del sí en el referéndum de independencia, previsto para el próximo año, al minusvalorar ante el público los obstáculos previsibles en Europa.

Un consejero jurídico de Salmond, Tom Mullins, profesor de la universidad de Glasgow, sostiene la siguiente teoría: no existe una disposición legal de los tratados que se oponga a que dos partes de un estado miembro que deciden separarse puedan permanecer en la Unión. Esta pretensión, como se habrá notado, es como pretender personarse ante las entidades soberanas del mundo sacándose un duplicado de los instrumentos de legitimidad internacional pertenecientes a otro estado.

Luego están consideraciones más profanas. Las estadísticas del servicio de Gastos e Ingresos del gobierno británico (2011-2012) afirman que la población escocesa goza del 9,3% del gasto público británico, cuando su población representa sólo el 8,3%. También calcula en cinco veces más la contribución que una Escocia independiente debería hacer al presupuesto de la Unión, elevándolo a 550 millones de libras. Salmond tendría difícil excusarse de esta mayor contribución al tesoro de la Unión, pues siempre ha sostenido que una Escocia independiente sería uno de los países más ricos de la Unión, como queriendo dar a entender que no sería una carga como los pobres del Sur.

Una muestra de las limitaciones con que se encontraría Escocia al momento de ejercer su soberanía queda de manifiesto en la voluntad del futuro gobierno de negociar su unión monetaria con el Banco de Inglaterra. Preguntado por qué el Banco de Inglaterra debería garantizar la política monetaria de Escocia, el ministro de Hacienda escocés, John Swinney, adoptó el mismo punto de vista de Salmond con respecto a la UE: el Banco de Inglaterra ya es el banco central de Escocia. Extraña independencia. ¡Quieren seguir compartiendo con otro soberano una institución que es epítome de soberanía!

Dejemos de lado las advertencias de portavoces de grandes empresas instaladas en Escocia contra la independencia (predicciones de Martin Beck, de Capital Economics), y vayamos al punto fuerte (por lo menos hasta hace bien poco) de la racionalidad económica de la separación: el disfrute de las rentas del petróleo y del gas del mar del Norte.

Los hidrocarburos propios reportaron al Reino Unido 10.600 millones de libras en el año fiscal 2011-12. Si esos recursos fueran exclusivos de Escocia, sostiene Salmond, en los cinco primeros años habría un ingreso de 50.000 millones de libras, un bonito fondo de independencia. Ocurre, sin embargo, que su producción ha empezado a declinar y es improbable que se localicen nuevas áreas en aguas escocesas. También está el problema del reparto de las aguas territoriales, precisamente en una zona de gran importancia geopolítica para una potencia naval y militar como el Reino Unido.

Como muestra de que el gobierno independentista escocés está dispuesto a allanarse lo que sea necesario para lograr la independencia está su cambio de posición sobre la OTAN. Hasta hace poco Salmond rechazaba la continuidad de Escocia en la Alianza. En una reciente visita a Nueva York, en la que se encontró, al parecer confidencialmente, con funcionarios del gobierno norteamericano, el "first minister" anunció que había cambiado de política y que Escocia podría continuar en la OTAN con tal de que en su territorio no se almacenase armamento nuclear. Clara alusión a la base de submarinos estratégicos que el Reino Unido tiene en las costas escocesas.

Como se ve, la situación de los independentismos de Europa occidental no sólo es laberíntica, también es todo lo flexible que sea necesario.

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