GEOPOLÍTICA

Dos experiencias separatistas de Cataluña terminaron en fracaso

Una en el siglo XVII, otra en el XVIII

Seguidores del Barça
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El Movimiento Europeo de la pre­gue­rra, el Mercado Común de la post­guerra y su he­re­dera la Comunidad Económica Europea es­ti­mu­laron en los eu­ro­peos los ideales de la uni­dad, que ha­bían sido so­ca­vados en el pre­ce­dente siglo y me­dio, vi­vidos bajo el signo de na­cio­na­lismos ri­va­les. Ahora que aquella an­tigua en­tidad se llama y se ha pro­puesto a sí misma como Unión Europea, los países que la com­ponen asisten a la de­bi­li­ta­ción de los lazos co­mu­ni­ta­rios y la apa­ri­ción de ten­siones na­cio­na­les.

El mismo fenómeno se observa al interior de las naciones que componen la UE: bajo la presión de la crisis económica y el agobio resultante de la reducción de los recursos económicos (los de los estados, los de sus regiones, los propios del fondo común de la UE)  surgen tensiones separatistas.

Algunos de los que se sienten injustamente tratados en el reparto de los recursos echan mano de un arma que creen decisiva y redentora: la separación respecto de la nación o estado original al que han pertenecido durante periodos más o menos largos de su historia, con el argumento de que yendo solos sus problemas serán menores o se resolverán más fácilmente.

Los que abrazan esa vía separada alegan que no les mueve un espíritu separatista sino la voluntad de adoptar una forma genuina y no mediada de estar en Europa, a título propio y con estado propio. No hay que lamentar, vienen a decir, el fraccionamiento de un estado europeo sino saludar la adhesión de un estado más al ideal europeo de unidad.

Es evidente que, bajo la presión de la crisis económica, la UE no goza de la adhesión emocional y racional de las mayorías nacionales. Tampoco hay líderes de los países grandes o pequeños en los que podamos identificar un verdadero liderazgo continental. Los vemos a todos luchando por los intereses nacionales y en el mejor de los casos gestionando del modo más competente de que son capaces la confusión en que se encuentra el conjunto de la Unión. Pero ocurre que lo mismo que la fase optimista y creativa de su construcción fue sólo un periodo histórico de Europa, y por lo tanto transitorio, no hay razón para pensar que la actual tendencia a la desunión tenga necesariamente que ser definitiva. Lo mismo se puede decir respecto de lo que acontece al interior de  las naciones que forman la Unión.

Cataluña, bajo el signo de España y Francia

Cataluña está en una etapa separatista más de su historia, lo que obliga a recordar otras por las que ya pasó. Las experiencias anteriores se prologaron algunos años, pero al cabo los ideales bajo los que se movilizó gran parte de su pueblo se agotaron, al confrontarse con los intereses contrapuestos de los diversos grupos humanos que se habían unido bajo esos designios soberanistas. Este fenómeno de unión inicial y enfrentamiento subsiguiente resulta del hecho de que los recursos geopolíticos de Cataluña no eran, y no son, suficientes para conciliar los intereses de los diversos grupos humanos que componen una sociedad compleja.

Un medievalista podría quizás identificar remotos movimientos y experiencias destinadas a intentar una vía singular de Cataluña respecto del resto de los reinos de España. Aquí me atengo a dos, los dos de la Edad Moderna.

El primero es la ocasión creada por la guerra constante entre España y Francia, bajo la conducción política del conde-duque de Olivares y de los cardenales Richelieu y Mazzarino, desde el comienzo del segundo tercio del siglo XVII. Entre las ambiciones de Luis XIII figuraba recuperar el Rosellón (lo que hoy los catalanes irredentistas llaman la Cataluña Norte), que le había sido arrancado al rey de Francia por Fernando el Católico  El conde-duque, uno de los pocos hombres de estado en la España de su época con una noción coherente de lo que suponía conservar y defender un gran estado y una gran potencia como era la Monarquía Hispánica, promovió la llamada Unión de Armas, que básicamente consistía en que la corona de Aragón, el condado de Barcelona, los nobles y las villas catalanes, debían contribuir a la defensa del reino, para aliviar a Castilla, que soportaba todo el peso.

Pues bien, cuando tropas castellanas acudían a reforzar el Rosellón hubieron de pasar por territorio catalán, y por lo tanto, como era costumbre y necesidad de la guerra en aquellos años, debían ser alojados por los pueblos y ciudades de su trayecto. Para desconcierto de la corte, las fuerzas castellanas fueron atacadas por el pueblo catalán bajo la excusa de que sus fueros no les obligaban a dar posada a los soldados en tránsito. Resultado: la gran fortaleza de Salses, llave del Rosellón, que había sido construida a finales del XV por Ramírez de Madrid, cayó, privada de auxilios, en manos francesas, y aunque luego fue recuperada (y hasta fue defendida por contingentes catalanes, ahora sí leales a la Corona), el agotado ejército castellano ya había llegado a un punto crítico, y el frente contra Francia se derrumbó, y el Rosellón lo perdieron los catalanes y los españoles para siempre.

No tardaron determinadas fuerzas populares catalanas en unirse a los primates del principado para jurar a Luis XIV como su rey, y Cataluña pasó a ser parte del reino de Francia. Después de gemir unos años bajo el absolutismo del Rey Sol, se acordaron del suave yugo español, así que se rebelaron contra Luis y llamaron en su auxilio a los castellanos, que los liberaron. El respiro que se dieron los catalanes duró, sin embargo, poco más de cincuenta años.

El siguiente episodio de separatismo se dio con motivo de la guerra de Sucesión Española. Los diversos estamentos del General de Cataluña juraron en 1701 a Felipe V como su rey, pero en 1704 se pasaron con armas y bagajes al pretendiente austriaco, bajo la incitación de ingleses y holandeses. Su aventura austracista duró más o menos lo que la francesa en el s. XVII. El 11 de septiembre de 1714 Barcelona capituló ante las fuerzas borbónicas. Los catalanes volvieron a jurar fidelidad a Felipe V y Cataluña entró en la esfera de relativa modernidad encarnada en la dinastía de origen francés.

Este episodio de la capitulación de Barcelona se convirtió en el tótem, el mito lastimero del nacionalismo catalán, forjado en la onda romántica y nacionalista que convirtió los reinos territoriales europeos del XVIII en los estados-nación del XIX, bajo la guía de una burguesía capitalista, que arraigó con fuerza en Cataluña por una serie de factores: la laboriosidad y espíritu de ahorro de sus gentes, el pacto proteccionista que hacía del  resto de España un mercado acotado en beneficio de sus industrias, y una posición geopolítica privilegiada que hacía del territorio de Cataluña la insoslayable vía de encuentro entre los territorios del interior peninsular y de su costa con el ecúmene europeo.

Ventajas de situación y emociones compartidas

Cataluña era la vía de acceso de toda España a los tráficos comerciales, financieros y tecnológicos de las potencias industriales europeas. Esta condición, y su repetición en el País Vasco, explican en gran parte la pujanza de sus economías y su desarrollo industrial, pero al mismo tiempo pone de manifiesto el grado de "oportunismo de situación" que informan los movimientos nacionalistas que dominan las vidas políticas de las dos comunidades.

El separatismo y su versión verbalmente benigna de soberanismo son, por razones puramente geopolíticas, contrarios a los intereses del resto de España, e incluso del conjunto peninsular. Son intentos de condicionar el acceso directo de la Península a lo mayor y más desarrollado del continente europeo. Crean una impresión psicológica de lejanía y mediatizan la comunicación humana entre españoles y europeos.

También suponen una lesión emocional para la inmensa mayoría, por cuanto niegan la noción de que los españoles de toda condición nos hemos venido identificando a través de los siglos gracias a experiencias comunes y a concordias más o menos sólidas, pero en todo caso duraderas, y sabedores de que los desencuentros acaban por caducar, por lo que son inútiles.

Por lo demás, son un intento que se quiere llevar a cabo en nombre del pueblo de Cataluña. El grupo humano que alegando derechos como pueblo habla a los otros en demanda de cualquier cosa, lo más probable es que se encuentre de frente con otro pueblo. La Europa y la España contemporáneas se venían predicando hasta ahora sobre el supuesto de que ambas se basan y explican, a la altura histórica de los siglos XX y XXI (y no como en los siglos XVII y XVIII), en  tanto que sociedades libres y democráticas, no en tanto que pueblos que vienen de sus discutibles y discutidas historias.
 

 

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