BANCA EUROPEA

Dexia y sus negros meses de octubre 

La en­tidad fran­co-­belga re­vive la pe­sa­dilla de Lehman Brothers

Dexia
Dexia

El nombre de oc­tubre se re­pite en la re­ciente his­toria del grupo fi­nan­ciero Dexia como en la larga no­vela del es­critor y eco­no­mista José Luis Sampedro, pero con un tono mucho más amargo que el que en­cie­rran al­gunos de los per­so­najes de esa fic­ción, in­cluido el propio Luis del primer ca­pí­tulo que al des­pertar vive una enorme zo­zobra por no saber que Simón era el nombre de un pe­rro. Un oc­tubre más, el grupo fran­co-­belga se asoma a unos graves pro­blemas de li­qui­dez, e in­cluso de ca­pi­tal, como con­se­cuencia de las ventas de al­gunas de sus fi­lia­les, como la que tenía en Luxemburgo.

Las luces de alerta se han encendido con las declaraciones de su actual consejero delegado, Karel de Boeck, en el que muchos habían visto la llegada de un técnico al frente de una entidad que ya en octubre de 2008 lanzó las primeras señales de alarma sobre las debilidades de la banca europea. La quiebra unos días antes de Lehman Brothers en Estados Unidos dejó en evidencia la delicada situación de un grupo financiero a caballo entre varios Estados europeos (Francia, Bélgica, Luxemburgo) y con un modelo de negocio con un claro desequilibrio estructural: captaba ahorros en Bélgica y Turquía, mientras que los invertía en Francia, donde carece de un modelo de negocio de banca comercial.

En aquel octubre de hace cuatro años, Dexia ya tuvo que recibir una inyección de capital público por más de 6.000 millones; unas garantías de 150.000 millones de euros y ayudas para sanear activos por 13.000 millones de euros. Eran otros tiempos, claro está, pero la suma de todas esas partidas superan en el actualidad las necesidades de capital que tiene la banca española según el informe Oliver Wyman impuesto para recibir ayudas públicas por parte de la Unión Europea.

Por aquel entonces, eran muy pocos los que se rasgaban las vestiduras. Cada uno de los Estados europeos, salvo España por tener "el sistema financiero europeo más sólido del mundo" como se decía por parte de muchos, se lanzó a inyectar capital a sus bancos con mayores necesidades. Nadie podía quebrar en el corazón del viejo continente como lo había hecho Lehman Brothers al otro lado del Atlántico.

Pese al apoyo recibido, el rumbo de Dexia ha sido errático, tal vez como consecuencia de esos préstamos a organismos locales a muy largo plazo y la compra, casi obligatoria, de deuda soberana de determinados países, cuando su principal fuente de financiación procedía del mercado interbancario a corto plazo. Pero los mercados se cerraron, incluso para los bancos "más aplicados".

¿Pruebas de resistencia?

Las dos pruebas de resistencia a las que se ha sometido la banca europea demostraron muy pronto su escasa fiabilidad, a pesar de que ahora también se han sometido unas 70 entidades consideradas sistémicas al cumplimiento del 9% de core tier I según criterio ABE (Autoridad Bancaria Europea).

Dexia no se ha sometido a estas pruebas recientes, pero sí a las realizadas en 2011 y con las que logró un sobresaliente al alcanzar un 10,4% de solvencia en el peor escenario, cuando el mínimo era del 5%. Eso sí, la autoridad bancaria con sede en Londres no tuvo en cuanta la posible quita o impago de deuda soberana, a pesar de los problemas más que acuciantes de Grecia.

En octubre de 2011, tan sólo unos meses después de esas buenas calificaciones, Dexia se volvió a ver al borde del abismo, con más de 20.000 millones invertidos en deuda soberana griega y de algunos otros países en dificultades, como Italia. Tan sólo unos días después de la alerta por su situación, el presidente del grupo, Jean Luc Dehaene, tenía que dejar su cargo. El que fuera primer ministro de Bélgica en la década de los noventa, había sido muy criticado, junto a su consejero delegado, Pierre Mariani, por haber recibido elevadas gratificaciones tras el primer rescate del grupo financiero franco-belga.

Las autoridades tuvieron que asumir un mecanismo de garantía por unos 90.000 millones de euros, en el que Bélgica asumía la mayor parte (60,5%), seguida de Francia (30,5%) y Luxemburgo (3%). Un año después, los problemas vuelven a surgir en un banco que representa en la Unión Europea el modelo de la crisis del sistema financiero durante el último lustro.

Algunos medios belgas, como el diario L' Echo, recuerdan que las autoridades belgas ya cifraban el pasado verano entre 5.000 y 10.000 millones las necesidades de Dexia. El problema estaría ahora en cómo afectarían esas cantidades a los presupuestos de un país con un panorama político muy poco estable, como es Bélgica.

Si la situación de Dexia es tan urgente, ¿por qué todos los focos se ponen sobre la banca española? También cabe preguntarse, sin ningún complejo patriotero o provinciano, cómo habrían quedado grupos como el franco-belga tras unas pruebas tan extremas como las realizadas sobre 14 grupos bancarios españoles. ¿Cuántas entidades europeas habrían superado los escenarios adversos, con sólo un 1% de probabilidad de cumplirse? Las diosas de octubre, tal vez, tengan la respuesta a estas cuestiones.

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