Monitor de Coyuntura

Costes y beneficios de organizar unos Juegos Olímpicos

En menos de un mes, nuestro te­le­visor nos traerá desde Beijing las pri­meras imá­genes de la ce­re­monia de aper­tura de los XXIX Juegos Olímpicos (JJOO) y, con ello, el re­cuerdo de ese sinfín de emo­ciones que vi­vimos en Barcelona die­ci­séis años atrás y que es­pe­ramos volver a re­vivir pronto en Madrid. Dieciséis serán tam­bién los días que la llama olím­pica ilu­mi­nará la ciudad afor­tu­nada y a los más de 10.000 de­por­tistas que allí se darán cita. ¿Qué tiene de es­pe­cial ese an­he­lado fuego olím­pico por el que tantas ciu­dades sus­pi­ra­n?Los que más lo co­di­cian no dudan en ase­verar sus mu­chas vir­tudes eco­nó­mi­cas, entre las cuales des­taca su po­ten­cial por im­pulsar la eco­nomía de la ciudad y del país or­ga­ni­za­dor, en parte me­diante la in­ver­sión pú­blica. Barcelona 92 es un claro ejemplo de la fuerza di­na­mi­za­dora de los JJOO.

 Entre 1986 y 1992 el impacto económico directo de los juegos superó los 7.000 millones de euros (a precios corrientes de esos años), lo que representó un promedio de aproximadamente el 0,3% del PIB español anual durante este periodo (véase tabla siguiente). Si a ello añadimos el efecto multiplicador de estas inversiones, también conocido como impacto inducido, el impacto económico de Barcelona 92 fue de 18.000 millones de euros, o el 0,75% del PIB anual durante siete años. Esto se añade a la ilusión social que genera organizar un evento de tal magnitud, un aspecto, sin duda importantísimo, que va más allá de lo económico. No obstante, también existen voces que ponen énfasis en el elevado déficit que ese fuego deja tras de sí en algunas ciudades, como Montreal, que arrastró una fuerte carga financiera tras los juegos de 1976. Así pues, si bien sus beneficios son importantes y de variada índole, no podemos obviar que la organización de unos JJOO también acarrea costes.

Empecemos por lo más obvio. La ciudad que alberga unos JJOO debe disponer de las instalaciones necesarias para que se disputen 28 competiciones distintas y pueda alojarse el abultado grupo de participantes, personal de apoyo, periodistas y turistas. Además, es importante que la circulación por la ciudad sea rápida y eficiente. Todo ello exige inversión en pabellones, espacios de competición, viviendas, mejoras en las carreteras y en el transporte, entre otros muchos esfuerzos. Muchos consideran esas inversiones de manera muy positiva, pues generan nuevos puestos de trabajo y activan con ello la economía del país -aunque sea a base de aumentar la deuda pública-. Sin embargo, tarde o temprano se deberá afrontar ese mayor endeudamiento y, por lo tanto, es fundamental que dichas inversiones no sólo aporten beneficios durante los juegos, por ejemplo, mediante la venta de entradas, derechos de televisión, y turismo, sino también el día de mañana.

Atenas, por ejemplo, construyó 22 pabellones deportivos, y hoy, apenas transcurridos cuatro años, 21 de ellos están abandonados y con necesidad de serias reparaciones. Londres parece haber tomado nota de la experiencia griega y pretende combinar la construcción de nuevas instalaciones -algunas de carácter permanente, otras temporales y mucho más económicas- con el uso de sus instalaciones deportivas ya existentes. Esa mezcla de instalaciones temporales -que serán derruidas al finalizar los juegos- y permanentes puede ser ideal si tenemos en cuenta que deportes como el béisbol o el balonmano no gozarán nunca del éxito del fútbol o del rugby en un país como Reino Unido, por lo que sería muy difícil rentabilizar sus instalaciones después de los JJOO. Por su parte, las infraestructuras permanentes pueden aprovecharse para otros eventos internacionales que se puedan celebrar en el futuro, además de estar disponibles para los deportistas locales o para los ciudadanos, fomentando así un estilo de vida saludable.

Los beneficios que los JJOO pueden aportar al fomento del deporte como un hábito esencial en la vida moderna no es algo que debamos tomar a la ligera. Ello es especialmente cierto en España, donde la tasa de obesidad infantil es de las más altas del mundo: cerca de un 14% de los jóvenes españoles sufren problemas de obesidad, no muy lejos del Reino Unido, con un 17%, ni de EEUU que, con un 22%, encabeza la lista. Los gastos de sanidad derivados de este problema podrían llegar a ser considerables en un futuro no muy lejano, por lo que tal vez una pizca de espíritu olímpico no nos vendría nada mal.

Además de la construcción de estadios y pabellones, la inversión en otras infraestructuras -como el transporte público, las comunicaciones por carretera o la rehabilitación de zonas deprimidas de la ciudad- mejora sin duda la calidad de vida de los ciudadanos, y contribuye al atractivo turístico de la metrópoli. No obstante, los detractores de estos grandes eventos argumentan -a menudo con razón- que, si tan beneficiosas son dichas mejoras para la ciudadanía, ¿por qué no se han realizado ya? Pues bien, aunque es lógico suponer que el proyecto más rentable será el primero en llevarse a cabo, también es cierto que el dinero del que dispone una ciudad es bastante limitado, al igual que su capacidad de endeudamiento. Por ello, algunos proyectos no se efectúan por falta de liquidez o deben posponerse hasta que la ciudad haya ahorrado lo suficiente. La selección de una localidad como sede olímpica aumenta, sin embargo, su acceso a financiación para llevar a cabo muchos de estos proyectos.

Otro de los beneficios de organizar unas olimpiadas son las ganancias procedentes del turismo. La celebración de unos juegos sirve en bandeja de plata la oportunidad de promocionar la belleza, el legado cultural y el entorno de la ciudad a nuevos turistas. El objetivo más inmediato es el turista olímpico, que disfruta del deporte a la vez que aprovecha los juegos para ver mundo. Pero, sobre todo, el objetivo se centra en el turista que puede animarse a visitar la ciudad en el futuro, después de que los juegos despierten en él la curiosidad de conocerla. En el caso de Sydney, por ejemplo, el turismo ha crecido de manera considerable desde 2000, mucho más rápidamente que durante los años anteriores a los juegos. No obstante, al hablar de turismo no se debe olvidar que, aunque el turista olímpico existe, también existe otro tipo de turismo que habría visitado el lugar o sus alrededores, pero que acaba optando por otro destino desalentado por los altos precios y las aglomeraciones típicas de una sede olímpica, creando lo que se conoce como efecto 'crowding out'. Este efecto podría explicar el porqué de la disminución de turismo en la Costa Brava durante el verano de 1992.

En el caso de Beijing, muchos opinan que los beneficios que pueden cosecharse de la promoción de la ciudad, y del país en general, pueden ser considerables, aunque no tanto desde el punto de vista turístico sino desde el campo empresarial. Incontables multinacionales de todo el mundo se darán cita en la urbe para actuar como patrocinadores, brindando, con ello, una oportunidad inigualable al gigante asiático para demostrarles su capacidad de trabajo y organización. Por ello, albergar los JJOO puede ser una ocasión de oro para atraer nueva inversión extranjera directa, muy beneficiosa para la economía del país de destino.

Otro de los beneficios que los JJOO pueden aportar a Beijing, en este caso de forma quizás más específica, es el impulso a nuevas medidas para contener su preocupante nivel de contaminación. Los juegos han fomentado la colaboración entre el gobierno chino y distintas agencias internacionales, adelantando con ello la búsqueda de soluciones para frenar el fuerte deterioro medioambiental.

En definitiva, organizar unos JJOO es todo un reto, pero también lo es planificar para el día después de su finalización. La organización debe seleccionar con buen criterio aquellas inversiones que resulten más adecuadas al potencial de la ciudad y a las necesidades de sus habitantes. Ello contribuirá a que la llama olímpica tenga un efecto beneficioso sobre la economía tanto a corto como a largo plazo.

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