G-7, la torre de babel  de todos los divorcios

La de Tokio iba a ser la cita de la pesca mi­la­grosa para Bush y para Sarkozy, un pa­seíllo en la plaza del Club de los países más ricos del mundo en el que, el uno iba a buscar la apro­ba­ción y la com­pli­cidad a sus me­didas de choque contra la crisis y la re­ce­sión es­ta­dou­ni­dense, el otro más aliados para su plan de con­trol fi­nan­ciero glo­bal, que ya pinchó en la cita eu­ropea de Londres. Pero el G7 se ha con­ver­tido en la caja de Pandora de los des­en­cuen­tros. La cer­ti­fi­ca­ción del ‘trivorcio’ ma­sivo entre las dos ori­llas del Atlántico, y entre ellas y Canadá y Japón.

Empeñados en salir en la foto para despejar las alarmas, han cerrado filas, cinco de sus siete economías le ven las orejas al lobo, pero la cita de Tokio poco más que declaraciones de calma y pañitos calientes, aliñados con alguna promesa de acción conjunta indefinida en la torre de babel de la economía mundial. Ni Francia e Italia han visto hechos realidad, ni Bush ha encontrado en el G-7 mucho más que solidaridad verbal. No habrá medidas fiscales globales como pretende Washington, menos aún restricciones y una intensificación global de los mecanismos de control bancario, como anhelaba Sarkozy, que no se cansa de empuñar la bandera intervencionista del mercado financiero en todos los foros.

Trichet sigue siendo un blanco móvil de las iras de Berlín, París, Roma y Londres. Y la herida trasatlántica es cada día más abrupta. Si Bernanke culpaba a Europa- con la vista puesta en Sarkozy y su protegida SG- de algunos de los temores que alimentan la volatilidad de Wall Street y que desencadenaron la semana del lunes negro, Japón, Canadá y las cuatro economías no dudan en apuntar a Washington como epicentro de los males financieros y bursátiles. Y el petróleo se ha convertido en un conflicto entre el G-7 y la OPEP antes que llegue el tema Dólar versus euro. Desencuentro a granel, tanto que a punto estuvo de convertirse Japón en el escenario del divorcio-dimisión definitivo con el Elíseo de Lagarde, brazo armado de los intereses económicos de Sarkozy.

El Gobierno de EE UU reclama un posicionamiento conjunto a favor de un recorte fiscal como el que ya ha adoptado en su país para reactivar la demanda mundial. Europa, con el Reino Unido y Alemania a la cabeza, exige una normativa global para intensificar los controles y la transparencia en el sistema financiero. Alemania es partidaria de poner en práctica las normas del acuerdo Basilea II, la evaluación, la medición y el control de los riesgos operativos. Incluso, de examinar si no debe regular la venta de los riesgos crediticios y reforzar el control bancario más allá de lo que ya recogen los principios de Basilea II. Este acuerdo, que define la cobertura que los bancos deberán dar a los riesgos de sus carteras de negociación, ha sido puesto en práctica en Europa mientras que Estados Unidos todavía no lo ha aplicado. Steinbrück considera que los bancos deben incluir en sus propios balances a las empresas a través de las cuales adelantan sus negocios de riesgo con deudores de dudoso cumplimiento. En EE UU los negocios bancarios de riesgo que condujeron a la actual crisis se realizaron precisamente a través de este tipo de entidades.

Ni Washington, ni Bruselas, ni los "Cuatro Mosqueteros" han encontrado en el G7 eco a sus urgencias. Entre los ministros de Finanzas y los presidentes de los bancos centrales de Estados Unidos, Alemania, Japón, Canadá, Reino Unido, Francia e Italia sólo hay una zona de acuerdo, la del reconocimiento de la crisis, la de la pancarta común de "todo está controlado" y los vaticinios sombríos para una economía global de la que se da por descontado una ralentización global y la persistencia de las tensiones bursátiles. El diagnóstico se entona al unísono, en solfa de la misma prudencia desde Washington, la Vieja Europa, o la anfitriona isla japonesa. Hay miedo, contenido. Pero ni tanto ni tan uniforme, ni tan directo como para tratamientos de choque a 14 manos. Ya había marcado el terreno el ministro japonés de Finanzas, Fukushiro Nukaga. Lo importante para las siete economías más importantes era lanzar un mensaje para estabilizar los mercados y mantener el crecimiento de la economía. Dicho y hecho. Terapia oral. Eso ha sido todo. EEUU, Japón, Reino Unido, Francia, Alemania, Canadá e Italia creen que la situación económica actual es "más incierta" que en octubre y que puede producirse aún un mayor deterioro del sector de la vivienda en Estados Unidos, lo que lleva meses arrastrando a la baja a las bolsas de todo el mundo.

El estímulo fiscal de la Administración Bush, de 151.000 millones de dólares, verá la luz esta semana, pero lo hará sólo bajo bandera estadounidense. Sólo Reino Unido ha manifestado su intención de seguir el rebufo estadounidense. Una fórmula que recibió, en Davos el beneplácito de la nueva dirección del FMI,  si tienen "carácter transitorio". Pero que no parece del agrado de las autoridades alemanas, japonesas y canadienses. Berlín incide en que la pelota está en el tejado americano y Tokio en que las rebajas impositivas se deben manejar con suma prudencia. Canadá da por cumplida su tarea con el  recorte tributario de 59.000 millones de dólares del pasado octubre. Y Peer Steinbrueck, ministro de Hacienda alemán, apuesta por el estímulo monetario, en vez del fiscal. Más inyecciones de liquidez para dar respiro al sector bancario, con reformas de mejora de la transparencia regulatoria y de información como aportación europea. Ni siquiera el G7 ha parido un plan para estimular el consumo a nivel global, con ingredientes fiscales o monetarios. Ni todos para uno, ni ninguno para todos. Las condiciones económicas son muy distintas en cada uno de los miembros, que sólo comparten la premisa de que cada país debe compartir la responsabilidad y poner en práctica políticas individuales para mejorar la situación económica global.

Ni Japón ni Canadá han podido, ni a lo peor querido disimular la fractura entre ambos lados del Atlántico, cada vez más evidente. Paulson y Ben Bernanke no pueden ocultar su irritación por el escándalo de Societé Générale y, aferrada a su receta -un binomio de bajada de tipos e inyecciones de liquidez- la Fed se aleja cada vez más de la ortodoxia trichetista y de la doctrina oficial de Bruselas, obsesionada por  evitar toda suerte de estimulación artificial de la actividad económica y de los mercados. Ha quedado muy cuestionada la teóricamente fluida relación entre los bancos centrales que se estableció en diciembre con la histórica alianza de los cinco mayores bancos centrales del mundo para asegurar la liquidez en los mercados interbancarios y respaldar al dólar. La sintonía está rota, no más medidas al unísono, no más recetas para tratar de salvar los efectos de las crisis de los vecinos Bernanke cree haberle pagado a Trichet y Barroso las facturas de ‘Shock Gen' y los daños ocasionados a los mercados, con Wall Street al frente. Y no estará dispuesto a hacerlo de nuevo.

Las cuatro europeas del G7, Japón y Canadá sacan pecho y se desmarcan del contagio de los males estadounidenses. Al fin y al cabo, la economía europea evoluciona con crecimiento lento, pero con mecanismos de resistencia suficientes, mientras que en EE UU las fracturas no son sólo financieras, han calado en la economía real y en la confianza de consumidores y empresas. La fiebre bursátil, la caída en el consumo, la restricción del crédito y la crisis inmobiliaria ya están ahí. Las ventas minoristas han caído por primera vez en seis meses y el índice de precios al productor subió un 6,3% durante 2007, el mayor incremento en 26 años. El PIB americano al borde de la recesión, con secuelas sobre el empleo -el consenso del mercado augura 17.000 desempleados en enero, el primer descenso en cuatro años, que dejaría la tasa de paro en el 5,2% a finales de año-, y un aterrizaje brusco del sector inmobiliario, la espiral de contracción del crédito, con deterioro del consumo. Y, por si fuera poco, tensión bursátil y riesgo de estanflación.

Distintos, pero no ajenos. El ‘decouplig' comienza a hacer aguas. La fuerte relación comercial entre la UE y EEUU, o el impacto de la crisis ‘subprime' en los bancos europeos (como demuestran los recientes casos de Société Générale o WestLB) son innegables. Pero sobre todo, el miedo salta los mares, el euro y el petróleo. La presión sobre el BCE no llega de tierras americanas sólo por identidad, sino por efecto: a pesar de la tendencia de esta semana (el euro corrige frente al dólar y el billete verde se anima hasta situarse en los 1,4577 dólares por euro), las decisiones de la Fed han provocado la depreciación del dólar, lo que favorece las exportaciones de las empresas estadounidenses, pero encarece el petróleo y hace menos competitivas a las exportaciones europeas.Ni siquiera el ala europea del G7 entona sus estribillos al unísono. Los clamores de unidad de acción de Barroso no germinan entre los socios.

La minicumbre de Londres fue la puesta de largo de las pretensiones de Alemania, Italia, Francia y Gran Bretaña, que se han autoinvestido como Los "Cuatro Mosqueteros" de la economía europea, los superrescatadores de una situación que se niegan a diagnosticar como grave ni como otra cosa que crisis financiera por el contagio de la estadounidense. Davos fue la confirmación  y la reunión del G8 en Tokio, la reválida. Buscan sin éxito un plan para evitar futuras crisis ‘subprime' y frenar los efectos de la ya desatada, a ser posible sin pasar por Bruselas y mucho menos por Trichet. Desde luego, en su bitácora no está EE UU, nada de ayudar al plan de salvamento de la casa Blanca, aunque a Bernanke ya lo querrían Sarko y Merkel para sí. Falta les hace.

Sí hay acuerdo entre los cuatro europeos del G7 en el mantra comunitario, el mismo que Juncker y Barroso entonan cada semana para tranquilizar a los mercados: no hay nada parecido a una recesión, la crisis financiera estadounidense no penetra en la UE; si hay afectación no va con la Vieja Europa y si llega hay cómo salvarla. Los ministros de Finanzas del Eurogrupo y la CE insisten en el mensaje de que Europa está a salvo del riesgo de recesión que se cierne sobre EE UU. Los ministros de Finanzas del Eurogrupo y la CE insisten en el mensaje de que Europa está a salvo del riesgo de recesión que se cierne sobre EE UU. Su papel obliga a repetir su abanico de certezas: que no hay que caer en un pesimismo excesivo y que la UE cuenta con un arsenal de herramientas, principalmente el Pacto de Estabilidad. Y, para reafirmarse en sus convicciones, han descartado medidas extraordinarias.

Bruselas revisará a la baja su estimación de crecimiento para la Eurozona en 2008, pero niega la recesión y, si Juncker y Barroso no van a deslizarse hacia nada parecido al plan de relanzamiento de George W. Bush, con unos 140.000 millones de dólares de rebajas en los impuestos, la mayoría de bancos centrales -con la excepción del BCE- apuestan por el abaratamiento del precio del dinero para reanimar el dinamismo. Y aunque Alemania, Francia, Italia y Gran Bretaña creen que se precisan arreglos institucionales para combatir los peligros planteados por las tempestades internacionales, aunque están de acuerdo en que los "fundamentales" de la economía europea "son sólidos", con la menor tasa de desempleo en 25 años y un balance de cuenta corriente positivo, así como la fortaleza del euro. Pero las cuatro economías europeas del G8- no comparten ni las certezas de Bruselas, ni la trinchera de Jean-Claude Trichet. A Trichet se lo han puesto difícil, pero no lo suficiente para sacarlo de la trinchera antiinflacionista. Quienes creían que cedería y se dejaría deslizar por la senda de Bernanke, quienes esperaban que las presiones de las presiones del mercado, las zozobras de las Bolsas europeas y las rebajas de tipos récord de Bernanke, e incluso ante los anuncios de bajadas de tipos del Banco de Inglaterra lo harían salir de su rol han topado de nuevo con el muro impenetrable de Trichet. Se aferra a su papel, pero inamovible, el Señor de la trinchera anti-inflacionaria es también el rey del miedo.

Pavor con el que los mercados reciben cada una de sus charlas. Y, por primera vez, temor el que da, a los ojos de Trichet, la evolución de las economías de la zona euro.Purista de su estatuto, pero no ciego, por primera vez, enarbola en una mano el riesgo inflacionario y en la otra la amenaza, cada vez más carnal, de la ralentización del crecimiento en la Eurozona. Trichet no puede cerrar los ojos. Pero no es su papel, ni comulga con las recetas estadounidenses. Se enroca en su rol de guardián de los precios de la eurozona. Para los más optimistas, si Trichet aguanta es que tan mal no debe estar el patio.

Quienes esperan ver al presidente del BCE ponerse el sombrero de Bernanke tendrán que esperar, al menos, hasta la reunión del BCE de marzo. Trichet, al menos, se esfuerza en hacer ver que esta vez en casa no hay fisuras y que todo el BCE está con él. El voto ha sido unánime. Otra cosa serán los comentarios. Trichet, además, no puede olvidar que el corazón de la economía real Europea comienza a presentar síntomas de debilidad. Las amenazas al crecimiento de la economía han aumentado desde la última estimación del Banco Central Europeo. De hecho, es la propia autoridad monetaria la que pliega las velas del optimismo. El 6 de diciembre el BCE bajó la previsión de crecimiento del PIB para 2008 del 2,3 al 2%, pero subió la de inflación del 2 al 2,5%, aunque dejó la estimación de subida de precios para 2009 en el 1,8%. El crecimiento de la Eurozona en el cuarto trimestre se ralentizó respecto al tercero. Es el mismísimo Durao Barroso el que ha admitido que las proyecciones de crecimiento de cara al 2008 y 2009 son poco optimistas y existe malestar por la tasa de inflación. Francia y Alemania, el principal exportador comunitario, lo han sentido como pocos en sus propias carnes, acorraladas por la crisis financiera y por la apreciación del euro. Berlín espera un crecimiento de la economía para este año ligeramente por debajo del 2%, frente al 2,4% que recogían las últimas previsiones del Ejecutivo federal el pasado otoño. El PIB del Reino Unido avanzó sólo un 0,6% entre octubre y diciembre del año pasado, el menor crecimiento desde el tercer trimestre del 2006, por el retroceso del sector comercial, que constituye las tres cuartas partes de la economía.

A los "Cuatro Mosqueteros" les sabe a poco la "hoja de ruta" aprobada en noviembre por los ministros de Economía de la UE cuyos objetivos son hacer más fácil ver donde están enterradas las deudas, poner el precio adecuado a los productos financieros complejos, reforzar la supervisión sin penalizar la legítima toma de riesgos financieros y garantizar la transparencia. Los cuatro jefes de Estado y de gobierno europeos miembros del G-7 acudían a Tokio con un espíritu que es hijo del oportunismo, de las disensiones intraeuropeas y de la necesidad de demostrar a sus ciudadanos que hacen algo ante la crisis de las ‘subprime' y el miedo de los mercados. Grandes palabras para arropar el papel del FMI como previsor de este tipo de crisis, exigir de los bancos más claridad y redefinir las obligaciones de las agencias de rating. Palabras, palabras, por ahora sólo palabras, que no hacen suyas el resto de las grandes economías del mundo. Sarko no consigue pescar por muy revueltas que estén las aguas, no lo pudo hacer e Londres con sus compañeros y tampoco en el seno de las ocho grandes.

El desencuentro está servido: tanto la fortaleza del euro como la crisis financiera sugieren soluciones diferentes para cada uno de los miembros del ‘Club de los Cuatro' El ministro italiano reclamaba reglas únicas para las instituciones financieras en los países de la UE, y una vigilancia más integrada, sobre todo a través del reforzamiento de los poderes de los comités que reúnen a los reguladores nacionales. Estas propuestas son apoyadas por Francia, España y Holanda, pero consideradas excesivas por Alemania y sobre todo por Gran Bretaña. Berlín defiende que una cooperación más estrecha entre las autoridades de vigilancia" era suficiente. Gran Bretaña considera que los problemas en los mercados este verano no se debieron a una falta de información entre reguladores y rechaza todo lo que le huela a exceso de regulación. Londres tiene, además, serios problemas para salvar la brecha entre París y Berlín, que la crisis financiera global no ha hecho más que ahondar entre dos economías unidas, sin embargo, por la inflación, la ralentización económica y las heridas que un euro sin techo ha hecho en su balanza exterior. Merkel rechaza tajantemente la idea francesa de convocar cumbres al más alto nivel en la zona euro. Y recuerda a París que la existencia del euro está supeditada a la independencia del BCE, pero no comulga con las recetas de Trichet. La necesidad de una cuadratura del círculo a la europea, o a la norteamericana, está servida. Y Tokio ha demostrado no tener la llave para despejarla.

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