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Publicado el lunes 5 de septiembre de 2011

EL MONITOR

Es difícil imaginarse que aumente el paro sectorial cuando ni siquiera hay empleo

Construcción: ¿algo va mal?

El sector ha desaparecido este verano, incluso del sumario de malas noticias

Para en construcciónIgnacio Mulas.– Mientras la desastrosa evolución de la bolsa justificaba en agosto el aserto de Tony Judt -"algo va mal"- despeñándose junto a las falsas expectativas de recuperación de la economía española a corto plazo, la actividad de la construcción ha desaparecido, aún más, del imaginario nacional. Ni siquiera ha protagonizado estas vacaciones malas noticias. Solo el desesperado intento de este gobierno terminal de bajar el IVA a la vivienda nueva para transacciones entre particulares, que es difícil que sirva para activar algo la construcción, mientras el crédito siga siendo inalcanzable para la inmensa mayoría de posibles compradores, que cada vez son menos. Si la medida -que puede verse anulada antes de entrar en acción por una nueva subida general del IVA- puede beneficiar a algunos ciudadanos que tienen capacidad de pagar al contado una vivienda, no lo hará en cantidad suficiente para animar la construcción de nuevas promociones.

¿Cómo competir con la miríada de casas que bancos y cajas ofrece a precio de saldo para quitarse encima su peso asfixiante en los balances? ¿Qué razón hay, con la que está cayendo, para que familias o particulares se metan en berenjenales de créditos costosos si pueden alquilar pisos potables a 300 euros al mes ofrecidos a lo largo de toda la geografía nacional? Así pues, la edificación residencial sigue en la UVI camino del cementerio y así va a ser, desgraciadamente, hasta 2015 por lo menos.

Decía Lawrence Durrell que en el Mediterráneo la mayoría de la gente, como nunca lee y raja mucho, se dedica incansable y apaciblemente a despellejar al conocido, al vecino o al que pasa simplemente por delante. En esas estábamos en las playas a la vera del Cabo de Gata cuando recorre al aire un momento de silencio y expectación. A lo lejos, entre un mar en tierra de esqueletos de edificios sin terminar, chalets a medio construir y zanjas abandonadas donde debería haber calles y parques, hay una grúa que se empieza a mover.

El personal reacciona y empieza a oírse a las matronas -que son las que mandan en general- decir a sus vástagos talluditos y a sus maridos o compañeros de jaima playera: "Pepe, ve a ver si hay curro, que allí están trabajando". Y una procesión de parados en bañador y camiseta sin mangas se encamina hacia la grúa que, en lontananza, empieza de nuevo a pararse hasta que se inmoviliza definitivamente. Falsa alarma, solo estaban colocando el artefacto en vista al probable arreón de vientos de levante. Esta escena puede representar, más o menos, la situación del sector de la construcción residencial. Y no digamos, respecto a las infraestructuras, la insufrible cadena de kilómetros y kilómetros de retenciones por obras en las autovías de primera generación, obras paradas en su noventa por ciento a la espera de no se sabe bien qué arreglos, acuerdos o tiempos mejores.

El verano no ha dado ni para mencionar la construcción, hasta que a su final, sabemos ya que ha vuelto a crecer el paro registrado en el sector. Lo que uno piensa a veces es que cómo puede aumentar el paro si ya no hay prácticamente empleo sectorial, más que el estrictamente necesario para mantenimiento o porque tuvieron la suerte de tener contratos fijos y cuesta más despedirlos que mantenerlos. Y mientras nuestro gobierno y demás se esfuerzan denodadamente por boquear junto a la superficie para salvar su propio culo de lo que se avecina. Algunos políticos en activo se manifiestan como si fuera extraterrestres.

Como uno algo lee, no he podido menos de apartar algunas historias que inevitablemente me recuerdan a nuestra clase política. Por ejemplo, el gran Claudio Magrís: "me recuerda a la madre de un amigo mío, orgullosísima porque el panteón de su familia era más alto que el de sus conocidos, pero que estaba un poco triste y decía, imagínese un panteón tan hermoso y completamente vacío". O "se cuenta que en Baranya, cuando la comisión examinadora preguntó a un candidato aspirante a un puesto de juez si sabía leer y escribir éste contestó: no, pero sé cantar". O "el médico decía tranquilizadoramente a un tío de Gigi que su mal no era exactamente sordera sino solo hipoacusia. A lo que el tío contestó: pero yo mientras tanto, no oigo nada". Y ya para los voceros de diversas autonomías y demás territorios a caballo entre el interés y la enfermiza afirmación de su propia identidad: "Para castigar al arrogante barón cuya propiedad se extiende a ambos lados de los dos territorios -ya que la pelea se desarrolla justamente en la línea fronteriza-, colocan al barón en un banco situado a caballo de la frontera, pagándole el tributo en su manos que se encuentran en su propiedad, y azotándole el trasero, que se encuentra al otro lado".

Final de legislatura

En estos tiempos terminales de una legislatura desastrosa, nuestros políticos continúan dando la sensación de no entender a los ciudadanos, quizás porque "es difícil que un hombre entienda algo cuando su sueldo depende de que no lo entienda" (Upton Sinclair). Y unido a todo eso, nos inunda cada vez más una miríada de pretendidos expertos de la cosa que en crípticos lenguajes nos explican cada día lo que ha pasado y ofrecen soluciones milagrosas desde púlpitos mediáticos, tribunas periodísticas y sesudos powers point llenos de gráficos cuya escala está ladinamente trucada según lo que se quiera demostrar. Economistas, se dicen. Para Tony Judd se trata más bien de las sandeces de una "nueva generación de económetras, una subdisciplina sobre cuyo pretendido cientifismo tanto Hayek como Keynes habrían tenido mucho que decir".

Antes de volver a lo que queda de la construcción la próxima semana, ante un horizonte electoral ya cercano y que sin embargo en la actual situación se nos va a hacer larguísimo, hemos de tener al menos la esperanza de que este año esté siendo la cúspide de la montaña, el peor año de la crisis. Y que aunque duros, se deben hacer cambios sustantivos para poder vislumbrar lo que Tolkien llamó una nueva esperanza en el mundo de los hombres. El malogrado Tony Judt, de cuyo verdadero socialismo caben pocas dudas, lo sentenció: "Los cambios han estado en el aire durante décadas, pero ya debería estar claro que la razón por la que no se han producido, o no funcionan, es porque los conciben, diseñan y ponen en práctica las mismas personas responsables del dilema".