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Publicado el domingo 18 de septiembre de 2011

UN BANCO EN EL RETIRO

Zapatero desafía la 'temporalidad encadenada'

En estos momentos parece la única opción viable

ZapateroPor Luis Alcaide.– La reactualización del impuesto sobre los patrimonios de individuos y familias, las mayores exigencias reclamadas al profesorado, con el despido de los interinos como secuela y, finalmente, el encadenamiento de los contratos temporales, son respuestas más o menos afortunadas ante la crisis. Sobre la temporalidad encadenada solo diré que me parece acertada y realista, promociona el empleo y estimula la contratación indefinida de los buenos trabajadores. No es fácil desprenderse de un colaborador eficaz en la marcha de cualquier actividad empresarial. Además, hoy por hoy, el trabajo temporal es la única puerta abierta para la contratación.

La Comunidad de Madrid por boca de su vicepresidente (Telemadrid, "debates grotescos") justifica la extensión de las horas de docencia y la supresión de interinos como un ejercicio responsable de la utilización de los recursos. Un menor número de profesores impartirá el mismo número de horas de clase. Ahorro en personal sin afectar a la cantidad de producto que sale al mercado. Se incrementa la productividad. Como además el número de alumnos ha aumentado, este curso académico es todo un récord, se incrementa todavía más la productividad.

Hay un problema, sin embargo, silenciado por el señor vicepresidente. Más chicos y chicas pero también un mayor número con dificultades para el aprendizaje o incluso para la movilidad. Más casos especiales que exigen atención individualizada. Al mismo tiempo menos tutores y auxiliares. Una combinación que no es precisamente óptima para atacar los altos niveles de fracaso escolar.

El argumento economicista de más horas lectivas y el despido de personal docente no es compatible con el propósito de una educación para todos de acuerdo a las necesidades individuales. Una sociedad que desatiende a los menos favorecidos no debe enorgullecerse. En la educación como en la sanidad, juegan las reglas  de la economía: el ajuste de los medios a los objetivos. Es bien lícito economizar siempre que sea posible. La abundancia de los años pasados se ha traducido en edificios e instalaciones hospitalarias y académicas más llamativas que razonables. Sin embargo economizar en las prestaciones sociales para los menos favorecidos ensancha la brecha de la atención que merecen estos colectivos de niños en otros países de Europa Occidental.

Este es un terreno mal explorado, sólo conocido por aquellos padres con hijos discapacitados que han tenido la fortuna de comprobar la atención que se les dedica en el Reino Unido o Bélgica, por ejemplo, y el desamparo con que tropiezan cuando regresan a España.

El impuesto sobre la riqueza viene de muy lejos. Según Seligman, " Essays in Taxation" la Polis de Atenas aplicaba un impuesto a las propiedades de tierras y casas así como al número de esclavos, ganado, mobiliario y dinero. Signos todos ellos de riqueza y al mismo tiempo generadores de rentas periódicas. En los siglos posteriores se ha mantenido esta imposición sobre las tierras y edificios hasta que la extensión de los impuestos sobre las rentas de capital planteó el cómo evitar la discriminación en el tratamiento fiscal de bienes cuyo rendimiento debía hacerse explícito. La percepción de que el impuesto sobre el patrimonio amenazaba los derechos individuales explica el porqué de la decadencia de esta figura impositiva.

La brecha creciente entre ricos y pobres, el paro masivo y la austeridad impuesta a los colectivos menos favorecidos está recibiendo una respuesta demasiado tímida a la hora de restablecer la equidad en las obligaciones tributarias de los ciudadanos. El Sr. Buffet ha sido categórico. Los megaricos soportan un tipo impositivo más bajo que el común de los contribuyentes. "Hacer dinero con el dinero" recibe, dice Buffet, un trato fiscal más ventajoso que "Hacer dinero trabajando".

Megaricos norteamericanos y franceses, poquísimos pero responsables, reclaman a sus colegas plutócratas que se unan a sus gestos de solidaridad. Una revisión valiente, como ha recordado John Plender, del famoso dictum de Edmond Burke: "el pago de impuestos y la caridad como el amor y la prudencia no son precisamente virtudes de los hombres".

De las revueltas campesinas y las reclamaciones burguesas se ha pasado a un apacible estado de indiferente tranquilidad por parte de las grandes masas de contribuyentes. Entre tanto quienes disponían de grandes riquezas u obtenían rentas elevadas movían sus domicilios de un lugar a otro para eludir sus responsabilidades ante sus conciudadanos. Incluso amenazaban y además practicaban la deslocalización de sus instalaciones productivas. Un recorte formidable de las bases fiscales.

Existen todas las evidencias de una mayor desigualdad en el reparto de la carga fiscal entre ricos y pobres. La crisis actual pone además de manifiesto que estas ventajas fiscales para los ricos no se han traducido en más producción ni en más puestos de trabajo. Ha crecido el desempleo y los Estados necesitan más recursos para atender a los parados. La democracia social está reclamando un reajuste. Por alejadas que queden las revueltas medievales o burguesas o desprestigiada la revolución bolchevique, el riesgo de ruptura de la civilización está siempre a la vuelta de la esquina. Equidad y solidaridad son reclamos irrechazables de esta época de desoladoras penalidades.

La bandera levantada por el candidato Rubalcaba merece la adhesión de todos los ciudadanos de bien sin que cuente el diseño final, más o menos acertado, de la Sra. Salgado y sus equipos del Ministerio de Hacienda. Sentado en mi banco de El Retiro me vienen a la memoria aquellas meditaciones de Unamuno sobre las injusticias mal resueltas por D. Quijote y las chanzas de sus conciudadanos: "En la eternidad y en los profundos la justicia del caballero quedó indeleblemente restablecida".