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Publicado el jueves 1 de septiembre de 2011

ACUERDO SACYR-PEMEX

La batalla está servida en Repsol 

Por su carácter combativo nada hace pensar que Antonio Brufau entregará sin bregar las llaves de la petrolera

Miguel SebastianAlberto Valverde.– Desde su punto de vista y en defensa lógica de sus sacrosantos intereses empresariales, no se puede objetar la operación de sindicación que la constructora Sacyr que preside Luis del Rivero ha firmado con la petrolera estatal mexicana Pemex, pese a los muchos interrogantes que ya han comenzado a plantearse algunos analistas. Cabría decir incluso que era de esperar que el osado empresario murciano "inventase algo" porque su situación financiera, tras el desplome bursátil de agosto, podría entrar en barrena si los mercados no enderezaban pronto su curso.

De hecho, sus bancos acreedores llamaron de inmediato a rebato y, sumido en un proceso de renegociación prácticamente abierto a principios de verano, cabría suponer que nada iba a resultar como se esperaba, al menos como porfiaba Sacyr. Pero, por las mismas razones y argumentos que puede esgrimir el primer accionista, tampoco se puede esperar que Antonio Brufau y Caixabank -el segundo accionista de la petrolera, con un 13%-, se vayan a cruzar de brazos y entreguen las llaves de la fortaleza sin batallar. Es más, las primeras y cautas reacciones de la gestión de Repsol y de su accionista de referencia, amén del carácter combativo de su presidente, indican que Antonio Brufau tiene decidido plantar batalla. Es su "deber" ante los accionistas de la sociedad, no sólo del 30%, argumentan. Eso sí, nadie debería perder de vista el lado negociador y pactista que siempre ha caracterizado a los catalanes.

Dicho todo eso, sólo cabe preguntarse que demonios pinta Pemex, la petrolera mexicana siempre ausente y autista en las deliberaciones de los consejos de Repsol, en todo este tinglado. En estas mismas páginas, Gonzalo Garteiz ofrece unas pinceladas muy agudas sobre el comportamiento histórico de los mexicanos en el grupo petrolero español, desde que fueron llamados por Petronor (la refinería más importante, eficiente y moderna de Repsol, al menos hasta la prevista remodelación de Cartagena) hace ya más de 40 años, hasta su integración mediante cambio de acciones en el grupo Repsol. La verdad sea dicha y es que a los mexicanos, dormidos en su pasada aureola de riqueza petrolera mal encajada y peor aprovechada, jamás les importó un bledo Repsol y su gestión, siempre y cuando les compraran la cuota de crudo que tenían asignada, que no era ni corta ni manca. Y más teniendo en cuenta que su crudo es pesado y con mucho azufre y solo una refinería como la de Muskiz puede tragarse esos 2.000 millones de euros de suministro al año que tienen (¿o tenían) garantizados.

Pero el caso es que Pemex ya no es lo que era, ni mucho menos. Con un mercado mundial de petróleo en franco retroceso, con sus pozos vomitando crudo en menor cantidad y densidad, con unos problemas medio ambientales latentes en el Golfo de México y con la reposicióm de reservas cada vez a mayor profundidad, el número y calidad de sus clientes podría ir -va- en franco retroceso y eso siempre que pudiesen sustituir reservas a un ritmo más rápido o igual al que las perdían. Con la solución de los problemas políticos en Libia a la vuelta de la esquina y con Repsol, además, encontrando crudo de similares características en Brasil y en otras plataformas continentales en propiedad, es lógico pensar que muy probalemente será una cuestión de tiempo que sus 2.000 millones de ingresos garantizados en España comiencen a caer a unas marchas que, aunque no forzadas, podrían ser bastante rápidas.

Dicen los analistas que Pemex no está en una situación financiera boyante, tampoco industrial. Pero eso en el México de Calderón no es ninguna novedad. El país azteca, con problemas de narcotáfico, seguridad ciudadana, disminución de remesas del norte y con la Norteamérica de Barack Obama en las puertas de una eventual recesión (aunque eso no parece tan seguro), no se encuentra en su mejor momento y hasta cualquier gestor con las suficientes neuronas estaría preocupado por su futuro a medio y largo plazo. Incluso a corto. Es lógico pensar que si alguien aparece por la puerta y le coloca una perita en dulce como Repsol al alcance de la mano, que además convierta sus minusvalías financieras recurrentes en plusvalías garantizadas, se tome la molestia de estudiar la operación y eventualmente subirse al carro. Pero tiene que haber más y no pasará mucho tiempo antes de que se desvele.

De momento, lo único que cabe preguntarse es saber que hará el combativo Brufau y Caixabank para defender su bien ganada posición de privilegio en la petrolera de referencia española. Petrolera que no es solo petrolera y que controla un tercio del capital de Gas Natural, la tercera eléctrica española y la primera gasista del país. Puede pensarse que los mexicanos, alertados por sus asesores, tienen también esto en mente, e incluiso más. Pero de momento solo cabe deducir y especular a raiz de los primeros movimientos tácticos que ha realizado, en el primer día hábil después del anuncio, la gestión de la petrolera y su accionista de referencia. Lógico es mantener silencio, como es habitual en estos casos, y a toda prisa sondear apoyos eventuales fuera y dentro del consejo, un consejo que, diga lo que se diga, fue hecho a medida salvo las incrustaciones posteriores lógicas propiciadas por la entrada de Sacyr.

Y, además, el momento político, con elecciones generales a la vista en tres meses, es muy especial y eso influirá. Y mucho. Tanto en Cataluña como en Madrid. La batalla, en cualquier caso, está garantizada. O no, como suele decir Mariano Rakoy.