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Publicado el miércoles 9 de marzo de 2011
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UN BANCO EN EL RETIRO

Sindicatos, jóvenes irritados y la crisis

Hay que reconocer la mejor diposición sindical ante la gravedad de la recesión

SindicatosPor Luis Alcaide.– El rechazo de los jóvenes sobre la utilidad de los sindicatos se fundamenta en su escasa representatividad sin apreciar cual ha sido su participación en la mejora de las condiciones sociales - desempleo, sanidad, vejez - durante el pasado siglo. Solo una foto fija de las estructuras burocráticas y de su mayor o menor desorientación ante las ferocidades de la crisis, amén de otras observaciones razonables. Este magma de rechazo también se extiende a otros segmentos de la sociedad, y, por ejemplo, ha sido hábilmente utilizado por la presidenta Aguirre cuando ha decidido reducir el número de liberados sindicales. Ante sus votantes incondicionales refuerza sus credenciales de liberal y buena administradora a la vez que echa sobre las espaldas de los socialistas los supuestos abusos de los liberados.

Rebobinemos. Las asociaciones de trabajadores nacen para conseguir una mejora de las condiciones del trabajo. El mercado laboral se ha caracterizado siempre, por eso que los economistas llaman un mercado imperfecto, es decir aquel mercado en el que funciona mal la libre competencia en el proceso de formación de los precios. No se forman espontáneamente sino que en muchísimas ocasiones los trabajadores tropiezan con un número limitado de puestos de trabajo y se ven obligados a vender su mercancía en las condiciones que se le ofrece.

Aunque a medio y largo plazo trabajadores y patronos se necesitan unos a otros, "la necesidad de los patronos - como dijo el maestro Adam Smith - no es tan inmediata y acuciante". En el corto plazo los empresarios disponen de una posición de monopolio. Precisamente la búsqueda de un remedio para corregir esa imperfección, y cualquier arbitrariedad del empleador, fue el detonante para la creación de los sindicatos.

En sus inicios, las cotizaciones de los afiliados permitieron aliviar casos concretos. Posteriormente, en especial después de la segunda guerra mundial, las legislaciones propiciadas por los partidos socialistas o las democracias cristianas consolidaron la protección frente al desamparo del paro, la tragedia de la enfermedad o las peores consecuencias de la vejez. No hay ninguna duda de que las sociedades democráticas con instituciones sindicales de cierta envergadura han tenido un peso decisivo en la mejora del nivel de vida no solo de las clases trabajadoras sino de las clases medias.

En la virtud estuvo la penitencia. Los sindicatos cobraron tanta fuerza que llegaron a constituir un baluarte monopolista a la hora de fijar las condiciones de trabajo. La colisión entre sindicatos y economía de mercado se produce con la primera crisis del petróleo de los años setenta. Aumentan los costes de producción, se reduce la demanda efectiva y las empresas ante la necesidad de reestructurar sus líneas productivas se encuentran con una especie de muro sindical. Los salarios no retroceden sino que se ajustan automática o cuasi - obligatoriamente a la inflación pasada en cuya subida el petróleo tenia gran protagonismo. Son años de estancamiento con inflación y con un paro creciente.

Cualquier política de expansión de la demanda que no supusiera un incremento de los precios sino de la actividad y del empleo exigía una modificación del contrato social. En su ausencia las empresas intensifican su mecanización ( los modernos historiadores defienden que la revolución industrial en el Reino Unido tuvo como principal motivo la diferencia entre los salarios ingleses, más elevados, y los del continente ) así como su  deslocalización geográfica. Comienza la era de concentraciones entre los agentes sociales. Los empresarios españoles o franceses miran con envidia a los sindicatos alemanes, mientras que los empresarios alemanes envidian a los sindicatos suizos.

El poder negociador de las asociaciones sindicales y patronales, cede terreno a la negociación directa entre los agentes que integran la empresa, trabajadores y directivos. Surge la cultura de la responsabilidad social corporativa y los gabinetes de recursos humanos para mejorar las relaciones de trabajo. De pronto, de la noche a la mañana, el boom financiero e inmobiliario ofrece el maná de la prosperidad para todos. Todos van a ser más felices. La llegada de inmigrantes y la desproporción entre las retribuciones de los ejecutivos y el resto del personal son aceptadas prácticamente sin rechistar.

Los sindicatos como los bancos centrales iban a perder su papel. Si hasta entonces una gran parte de la fuerza negociadora sindical era producto de una baja demografía, roto el dique de la oferta de trabajo con la llegada de los inmigrantes aparece un nuevo colectivo para el que no existen derechos sindicales: "los temporales".

Nuevos tiempos y nuevas exigencias. Los bancos serán sometidos a pruebas de solvencia que permitan comprobar su viabilidad en situaciones macroeconómicas extremas. Lo mismo va a suceder con los sindicatos. El empleo presente y futuro dependerá de un mayor ajuste entre salarios y productividad. Las empresas, y solo ellas generaran los recursos necesarios para pagar a los factores de la producción, trabajo o capital. El Estado y los contribuyentes, en última instancia, están en condiciones muy precarias de solvencia.

A mi entender es injusto no reconocer la mejor disposición de los sindicatos ante este estado de más necesidad: extensión de la edad de jubilación, reducción de los sueldos de los funcionarios, menores indemnizaciones y unos cuantos etcéteras, incluido la negociación de la SEAT. Hay un cambio de actitud. La crítica o el acoso para prácticamente anular su papel es una apuesta arriesgada que, me temo, acentuarían todavía más la separación entre las remuneraciones de los directivos y de las clases medias trabajadoras. Riesgo, incluso de desestabilización social si el experimento prospera.

Despedida, se ha hecho tarde, los jóvenes regresan a su "curre" y servidor se va en busca de su banco en El Retiro. Estoy incómodo, sin embargo. No hemos hablado de paro, seguro de desempleo, ERES y jubilaciones anticipadas, de las distintas soluciones que se están dando en EE.UU y en España. En EE.UU la participación de la mano de obra activa está disminuyendo desde la aparición de la crisis. En España con un paro mayor aumenta la población activa, quizá, es de temer, en busca de un seguro de paro antes que de un puesto de trabajo. ¿Parados forzosos o voluntarios?. Demagogia descarada con las cifras del paro e irresponsabilidad, por aquello de lo políticamente correcto, para encarar la situación.