Monitor de Coyuntura
Pymes españolas e Innovación
Afortunadamente, los tópicos en materia de innovación no son del todo ciertos
El diagnóstico de que la economía española necesita cambiar de modelo es ampliamente compartido. La actual crisis económica ha puesto de relieve que urge tender hacia actividades de mayor valor añadido, mejorar la competitividad del país, bascular hacia mercados internacionales, etc. En todo ello, la innovación tiene un papel destacado. Y bien, ¿estamos en posición de apostar por nuestra capacidad de innovación? Sabemos que el nuestro es un país de pequeñas y medianas empresas (pymes). También intuimos que este rasgo es una debilidad en materia de innovación, ya que desarrollarla depende críticamente del tamaño, al ser una actividad sujeta a claras economías de escala. Si imaginamos las tareas de innovación estereotipadas, nos vienen a la mente fuertes inversiones en investigación y desarrollo, que seguramente se desarrollan en laboratorios y unidades específicas, quizás en el seno mismo de la empresa, donde se producen innovaciones de producto. Todo ello, nos parece, queda fuera del alcance de las pymes.
Afortunadamente, los tópicos en materia de innovación no son del todo ciertos. El tipo de innovación que antes mencionábamos es la más clásica. Tiene una clara orientación hacia la tecnología y la ciencia. Acostumbra a presentar un carácter cerrado, es decir, el conocimiento se genera en el interior de la empresa o en el seno de una relación de exclusividad con un grupo de investigadores externos (por ejemplo, del mundo universitario). Y aunque es frecuente que su carácter sea incremental (paulatinamente se introducen mejoras en productos y prácticas empresariales), también existe un elevado grado de innovación radical, rupturista.(1) Así planteada, la innovación es, en gran medida, coto de las grandes empresas.
Sin embargo, el mundo, y con él la actividad innovadora, está constantemente cambiando. A diferencia de en épocas pretéritas, otras formas de innovación se están haciendo crecientemente presentes. Junto a la mencionada innovación de ciencia y tecnología, aparece una amplia gama de actividades de innovación no tecnológica, especialmente relevante en el sector servicios. Muchas de dichas actividades no se generan en un laboratorio, sino que derivan de la demanda, del contacto con los usuarios, del aprendizaje en el día a día. No se nutren del conocimiento exclusivo que la empresa genera, sino que se alimentan también del flujo de ideas y personas que libremente circulan en su entorno (la llamada innovación abierta). Finalmente, y en consonancia con este enfoque abierto y derivado del usuario o cliente de la innovación, la innovación incremental domina todavía más, sin menoscabo que las innovaciones radicales sigan produciéndose.
(1) El desarrollo de la innovación rupturista ha sido especialmente tratado por Clayton Christensen (véase, específicamente, Christiansen, C., 1997, The innovator's dilemma: when new technologies cause great firms to fail, Harvard Business School Press, Boston). Sobre el tipo de empresas que realiza cada modo de innovación, y aunque autores como Baumol (véase, en particular, Baumol, W., 2002, The Free-Market Innovation Machine: Analyzing the Growth Miracle of Capitalism, Princeton University Press, Princeton) asocian la gran empresa con la innovación incremental y las nuevas empresas, muchas de ellas pequeñas en sus inicios, con la innovación radical, lo cierto es que la evidencia disponible no es tan clara, identificándose fuertes diferencias sectoriales. Por citar un ejemplo, la práctica totalidad de la innovación farmacéutica de carácter radical se ha generado en grandes empresas.
Estas nuevas formas de innovar están vinculadas, decíamos, a cambios económicos en los cuales las pymes tienen mucho que decir. Son grandes beneficiarias de un mundo de creciente bienestar (como las tecnologías de la información), en el cual los consumidores desarrollan una preferencia por la variedad, generando múltiples nichos de mercados que una innovación ágil, rápida y orientada por el usuario puede explotar. La aceleración de los ciclos de vida de los productos, los fuertes cambios del entorno competitivo, la emergencia de tecnologías que cambian un amplio espectro de actividades (incluyendo la disminución de la escala eficiente en muchos sectores), todas ellas son oportunidades para empresas de menor tamaño y mayor flexibilidad.(2)
Así pues, las perspectivas innovadoras de las pymes son ahora mejores que décadas atrás, siempre y cuando dichas pymes sean suficientemente buenas para aprovechar las oportunidades. En este sentido, cuando se compara el rendimiento innovador de la pyme española con el de un grupo de países europeos avanzados se constata que sus resultados están lejos de las mejores pymes en materia de innovación de producto y de proceso (véase el gráfico siguiente). La pyme española tampoco muestra unos registros elevados en materia de cooperación en innovación. Sin embargo, y este es un indicador que por sí mismo tiene una importancia elevada, la proporción del volumen de negocios que deriva de innovaciones de producto es sensiblemente superior al de las pymes europeas. Así pues, aunque la pyme española no es extraordinariamente innovadora, sí que es capaz de aprovecharla en términos de facturación. Este es un rasgo crítico, que a menudo se destaca como esencial, para valorar la calidad de la actividad innovadora en términos de creación de valor económico.
(2) Thurik denomina estos cambios como el paso de una economía de gestión a otra de emprendedores (véase Thurik, R., 2009, «Entreprenomics: Entrepreneurship, Economic Growth, and Policy», en Z. Acs, D. Audretsch y R. Strom (eds.), Entrepreneurship, Growth, and Public Policy, Cambridge University Press, Cambridge).
A pesar de las perspectivas favorables que abren las nuevas modalidades de innovación, las pymes españolas se enfrentan a notables dificultades para intensificar dichas actividades. Los factores que mencionan las pymes en las encuestas sobre la materia hacen referencia principalmente a la falta de recursos financieros, tanto generados por las propias empresas como disponibles externamente.(3) Se trata de un problema común a otros países. Sin minusvalorar su importancia, especialmente en una época de mayor dificultad de acceso a la financiación, hay que convenir que es una barrera que está perfectamente identificada en las políticas de innovación de la Unión Europea y de España. Se trata, además, de un problema que se manifiesta especialmente en el ámbito de la innovación «clásica» (tecnológica y cerrada), que antes presentábamos. Cuando nos movemos hacia la nueva innovación, con importancia de los aspectos no tecnológicos y de carácter abierto, la restricción fundamental pasa a ser la ausencia de recursos humanos adecuadamente cualificados. Las nuevas generaciones de políticas de innovación que se están impulsando en los países avanzados tienden progresivamente a atacar dicho problema, aunque todavía falta consolidar la idea de que ésta es una limitación central.
Las pymes españolas también destacan la presencia de empresas dominantes en el mercado como una de las barreras a la innovación. Este resultado no tiende a darse con igual intensidad en otros países. Sí que es compartido, en cambio, el diagnóstico de que la incertidumbre que rodea la demanda de servicios y productos innovadores es una barrera adicional. Desgraciadamente, este es un rasgo inherente a la actividad innovadora y, en todo caso, su importancia es sensiblemente menor que los problemas de financiación, recursos humanos y empresas establecidas que las pymes españolas manifiestan como fundamentales.
En definitiva, innovar es difícil, es incierto y requiere talento. A pesar de estas dificultades, la innovación es un reto insoslayable para nuestra economía y, dada su importante participación en el tejido productivo español, las pymes tendrán que jugar un papel en este ámbito. La comparativa internacional nos recuerda que el reto principal será aumentar los resultados de la innovación, en forma de nuevos productos, procesos y cambios organizativos. Hecho esto, la capacidad de convertir la innovación en negocio, un rasgo en el que la pyme española no sale mal parada de la comparación internacional, actuará probablemente como un incentivo fundamental para anclar definitivamente la apuesta por la innovación en nuestras empresas.