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Publicado el jueves 24 de junio de 2010
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UN BANCO EN EL RETIRO

En la desaparición de un catalán ejemplar

Ricardo Vila, empresario y amigo.

segarraPor Luis Alcaide.– Por enrevesado que fuera el entorno, este empresario catalán -que acaba de morir mientras examinaba unos planos- siempre actuó con la determinación de continuar su proyecto y la lucidez para distribuir los factores de producción de la manera más eficiente. Nos conocimos con motivo de la privatización de Imepiel. Yo era entonces director del Patrimonio del Estado. Ricardo, que no formó parte del grupo de empresarios que participaron en la privatización, llegó cuando la antigua Segarra no conseguía salir del atolladero de la privatización.

Impiel-Segarra, empresa ejemplar para el general Franco, modelo de un entorno autárquico y proteccionista, me había devuelto a mis experiencias del comunismo de estado que viví en Rumania, primero como delegado del IEME y luego como agregado comercial. Un recuerdo en el que se mezclaban mis ideologías progre-intervencionista y la frustración que provoca la ausencia de empresarios capaces de poner el papel higiénico en el lugar oportuno. El régimen prohibía la libre iniciativa que, sin embargo, despertaba en el crepúsculo vespertino cuando sonaba la sirena de las fábricas. Crepitaba entonces aunque tímidamente una multitud de actividades que servían para quitar la nieve de los tejados, arreglar las cañerías bloqueadas o incluso encontrar algún artículo inesperado.

Iniciativas en cualquier caso insuficientes para atender una demanda de los consumidores que se manifestaba en la formación de colas interminables y por doquier para encontrar unas salchichas o un billete para la opera. Pero en ese mundo de economía estatal monopolística no existía la inflación. Los precios estaban controlados y era invariable; el IPC no conseguía reflejar el significado de las colas.

Imepiel-Segarra preservada de los rigores de la competencia era un bastión de ineficiencia en el municipio castellonense de la Vall d' Uxo. Ninguna actividad productiva podía prosperar en varios kilómetros a la redonda; nadie podía competir con aquellos salarios y aquellas condiciones laborales. En un mercado competitivo su subsistencia dependía de las ayudas y subvenciones estatales. La Comisión europea vigilante había abierto un expediente por falsificación de las reglas de competencia comunitaria. La paralización de las ayudas significaría el cierra, despidos y conflictividad. La privatización pretendía impedir esos desastres y naturalmente no salió bien.

Los propietarios privados no sabían como enderezar aquel entuerto y acudieron a Ricardo Villa. El Señor Villa no exigió más ayudas públicas, sencillamente trazó un proyecto sensato, transparente y sin duda capaz de reestablecer la competividad de Imepiel. El proyecto contó con el respaldo de los sindicatos y el rechazo frontal de un comité de empresa cuyos gestores pretendían con las indemnizaciones por despido crear un Fondo de Formación que administrado por ellos se convertiría en un instrumento de corrupción que garantizase un poder político a nivel municipal.

En aquel aquelarre, Ricardo me mostró la personalidad de alguien capaz de organizar los efectivos, distribuir los recursos y encontrar actividades nuevas con un futuro verdaderamente prometedor. No pudo seguir adelante en aquel negocio, continuó con lo suyos en el ramo del curtido y la confección y naturalmente mantuvo sus niveles de beneficios, vendió ramas de producción y compró otras donde los precios permitían una apuesta que sus competidores infravaloraban. Siempre se movió dentro de un nivel de apalancamiento crediticio mínino, una organización administrativa delgadísima y ninguna presunción en el escaparate de su casa matriz.

Empresario en Cataluña, en Galicia y tanbién en Brasil, y al mismo tiempo gestor de su propio fondo de inversiones desde el que se movía con gran habilidad en la bolsa de valores o en los mercados de divisas. Pero sobretodo un excelente perdedor, mi primera llamada al móvil en aquellas raras ocasiones que el Atlético de Madrid ganaba al Barcelona era la de Ricardo, incluso desde NouCamp en una ocasión en que mis hijos atléticos habían sido invitados al abono de los suyos.

Sentado en mi banco del Retiro rodeado del recuerdo de mi buen amigo al que veo en su ‘masia' próxima a Vic con sus hijos, nietos, su madre centenaria, y su segunda y encantadora esposa y excelentísima cocinera, Ana, mientras Ricardo llega con una botella del mejor caldo riojano. Todos sesteamos, pero Ricardo se vuelve a Barcelona, mañana es lunes y a las 7 ya está arriba. Un creador infatigable, un hombre bueno, atento a sus colaboradores, servicial con sus amigos, leal con sus competidores, Ricardo vivirá en mi recuerdo hasta mi muerte y nadie ni nada "esborrara la pols del cami" que seguiremos juntos