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Publicado el jueves 24 de junio de 2010
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Monitor de Coyuntura

Demografía, desarrollo emergente y recursos naturales redibujarán el mapa sectorial de nuestras economías

Viaje en el tiempoServicio de Estudios de "la Caixa".– En 1905, Einstein acabó con la creencia newtoniana de que el tiempo era universal, absoluto y exactamente idéntico en todas partes. Su Teoría Especial de la Relatividad demostró que, si fuéramos capaces de viajar a la velocidad de la luz, el futuro podría ser... un destino turístico. Desdichadamente, también probó que dicha velocidad era inalcanzable, por lo que deberemos recurrir a métodos alternativos para responder a la pregunta que nos ocupa: ¿Qué sectores económicos encaran el futuro con mejores perspectivas?

La primera pista sobre los derroteros por los que discurrirán nuestras economías nos la darán las grandes tendencias, una serie de cambios en el equilibrio socioeconómico mundial que marcarán el devenir global en los próximos años. Entre dichas líneas conductoras de gran alcance destacan tres: el crecimiento y envejecimiento de una población más urbanizada; el despegue económico de los países emergentes; y la presión sobre los recursos naturales y el medio ambiente (véase gráfico siguiente).

La ONU estima que la población mundial, de casi 7.000 millones de personas en 2010, alcanzará los 9.000 a mediados de siglo. Asimismo, dicho crecimiento vendrá acompañado de un mayor grado de urbanización (del 50% de la población mundial en 2010 al 59% en 2030) y de un progresivo envejecimiento (la mediana de edad aumentará de 29 a 34 años en 2030). Aun así, la tendencia agregada encubre una notable heterogeneidad entre regiones. Mientras los países en vías de desarrollo serán los principales responsables del avance poblacional y urbano, los más avanzados experimentarán un mayor grado de inversión en su pirámide poblacional: en 2030, su mediana de edad alcanzará los 44 años y más de un 20% de su población superará los 65 años.

Ese cambio demográfico contribuirá a otra de las grandes transformaciones globales: el despegue económico de los países emergentes. El menor coste de producción y una serie de políticas favorables han trasladado el foco de producción manufacturera, y recientemente de algunos servicios, hacia el este europeo y asiático y hacia América Latina. Todo apunta a que esa progresión continuará por lo que, como ilustra el gráfico anterior, el peso económico de dichas regiones irá en aumento. La mayoría de estimaciones indican que el PIB de los BRIC (Brasil, Rusia, India y China) representará casi el 50% de la economía mundial en 2030 y, a mediados de siglo, ya alcanzaría el peso del G7. De persistir la tendencia actual, China podría convertirse en la segunda economía del mundo en 2025.

Aunque el trepidante ritmo de avance de dichas economías es positivo en múltiples dimensiones, también plantea dudas en relación con la sostenibilidad del patrón de crecimiento y su creciente presión sobre el medio ambiente y los recursos estratégicos: agua, alimentos y, sobre todo, energía. Actualmente, más de tres cuartas parte del consumo energético global proviene de combustibles fósiles; con reservas limitadas, no renovables, y una producción que emite grandes cantidades de CO2. De seguir por esa senda y con las tecnologías actuales, el Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático (CIGG) estima que, a final de siglo, las emisiones ligadas al consumo energético podrían incluso doblarse respecto a los niveles de 2000, lo que conllevaría un aumento medio de la temperatura de entre 2 y 6ºC y acarrearía un severo cambio climático y perjuicios medioambientales irreparables. Por ello, se espera que una mayor conciencia social de dichos riesgos y la progresiva reducción de las reservas de combustibles fósiles impulsen la inversión en energías renovables, menos contaminantes. De no ser así, o de no producirse avances sustanciales, su contribución al consumo energético seguirá siendo muy limitada: en 2030 aumentaría un punto porcentual respecto al 13% actual (10% biomasa y desecho, 1% hidroeléctricas, 1% otras).

Esbozado el perfil del nuevo escenario socioeconómico a medio plazo, el siguiente paso consiste en pronosticar cómo repercutirá sobre los patrones de consumo y la estructura productiva. A priori, y a nivel global, los sectores que más se beneficiarán de las grandes tendencias descritas serán aquellos que vayan dirigidos a satisfacer las necesidades de una sociedad más rica, más envejecida y con mayores exigencias energéticas, ecológicas y tecnológicas (véase gráfico siguiente).

Cuando uno llega a la edad de jubilación, la proporción de la renta que destina a determinadas partidas (vivienda, comida en el hogar, sanidad, transporte o cuidados personales) aumenta, mientras que disminuye en otras (en especial, partidas ligadas a la actividad laboral como vestuario, calzado o comidas fuera del hogar). De ahí que, en los países ricos, sectores encaminados a mejorar la calidad de vida en edades avanzadas, como el farmacéutico o los servicios asistenciales, gozan de buenas perspectivas. Paralelamente, el desarrollo de los países emergentes, con un mayor crecimiento económico y demográfico, una población relativamente más joven y una clase media al alza, abrirá nuevas oportunidades de negocio en sectores que sirven a un estrato de población en edad laboral y familiar (vestuario, vivienda, ocio, educación, transporte familiar, etc.) y en sectores destinados a cubrir una mayor demanda de infraestructuras (construcción, ingeniería, servicios financieros). Estos últimos recibirán el impulso adicional de la progresiva urbanización y de la mayor exigencia energética. Asimismo, es de esperar que una mayor conciencia ecológica avive la demanda de sectores involucrados en el ahorro energético (adaptación de viviendas, etc.) o a la mejora de la sostenibilidad del ecosistema (biotecnología, I+D, etc.).

En definitiva, existen una serie de sectores que, si saben aprovechar sus oportunidades, tendrán grandes perspectivas de futuro. El dilema que se plantean algunos es si las autoridades económicas, ante la evolución tendencial y la imperiosa necesidad de reactivar el crecimiento, deberían adoptar un papel más proactivo en el desarrollo de dichos sectores. Esta estrategia (picking winners), sin embargo, ha demostrado ser una tarea compleja y con escasas garantías de éxito. Además, los datos indican que lo que determina las diferencias de productividad entre países no es tanto la composición sectorial de sus respectivas economías como la mayor eficiencia agregada en relación con la de sus competidores. En otras palabras, no es tan importante estar especializado en un sector puntero como contar con empresas punteras y competitivas dentro de cada sector.(1) Ahora bien, conseguir esa mayor competitividad exige un marco institucional flexible, que favorezca la innovación y premie el talento. Y eso sí atañe a las autoridades económicas: establecer un terreno de juego adecuado para que sus empresas puedan crecer y competir en el mercado global, adaptándose con éxito a las nuevas exigencias.

Nuestras economías ya emprendieron su viaje al futuro. Aun sin ir a la velocidad de la luz, las tendencias de cambio avanzan sin tregua y llegar entre los primeros a la próxima estación exigirá un esfuerzo sustancial y colectivo. Si las instituciones allanan el terreno, las empresas asumen el liderazgo en innovación y estrategia y las personas aportan el talento y el esfuerzo, el buen rumbo está garantizado.