Monitor de Latinoamérica
Imitador de Castro, el presidente venezolano arremete contra sus técnicos
Al Gran Hermano caribeño le falla la tele
Hugo Chávez desafía a la tecnología por el fracaso de su programa de masas
Al pequeño dictador venezolano, émulo viviente del mundo que imaginara Aldous Huxley, le falla la tele, su gran aliado para adoctrinar a las masas. Hugo Chávez se siente traicionado por fuerzas oscuras que, a su entender, se dedican a sabotear el programa "Aló Presidente", plataforma desde donde el caudillo caribeño lanza sus soflamas bolivarianas, tan extenuantes y pueriles como las de su maestro Fidel Castro, ahora dedicado a los artículos periodísticos. El presunto sabotaje al programa del Gran Hermano caribeño ha alcanzado dimensiones aparentemente tan escandalosas que el susodicho ha ordenado la intervención del servicio de espionaje para que depure responsabilidades, como llaman en Cuba, y en cualquier autocracia, a los fallos humanos cuando no se quiere atribuirlos a la inoperancia del sistema. Chávez empieza a sospechar que hay una trama internacional (aún se ignora si judeo-masónica, como le gustaba decir en España a cierto gallego) que quiere acabar con su carisma telegénico, dañando el talón de Aquiles del militarote caribeño: su vanidad varonil y su seducción para con la audiencia femenina que, según se cuenta, es numerosa y devota de sus encantos
Comunicólogos y expertos en medios de masas quizá empiecen a observar el fenómeno chavista desde la perspectiva del adoctrinamiento como producto comercial: muerto Stalin, rampante Internet (ojo, Hugo), y sin que las nacionalizaciones sean demasiado convincentes desde el punto de vista de la ideología, aunque lo sean de empresas extranjeras, lo que ahora vende es la comunicación en caliente de los líderes que para perpetuarse tienen que legitimarse a través de los medios.
Los tiranos de palidez de despacho, como Stalin; los dinosaurios de edad indeterminada de Roa Bastos, o los Trujillos de carne y hueso, que desataban su perversión en la noche, y cuya existencia solo se conocía por el rastro sin rostro de sufrimiento y abyecciones que sembraban; sin apenas ser vistos, entrevistos o atisbados, pero que con solo oír su nombre bastaba para sentir terror, se ha pasado el dictador de marketing, mediático, gerente de su marca de tirano y atento a los índices de audiencia. Chávez ha tropezado con Internet.
A diferencia de Fidel, el pequeño Gran Hermano ha accedido al poder de un país relativamente moderno, con unas clases medias conocedoras de los nuevos sistemas de comunicación y sabedoras de que la libertad de opinión y de crítica hoy no tienen fronteras gracias a la Web. Fidel es uno de esos dinosaurios de radio galena, como los comunistas de Enrique Líster, que concurrían a las primeras elecciones democráticas en España quejándose amargamente de la sofisticación de los equipos de sonido de los años 70 porque no los entendían y porque si de ellos hubiera dependido habrían rehabilitado a los alguaciles y pregoneros para divulgar sus famélicos pensamientos.
Y así les fue. Y ahora Fidel, tan consciente de que los tiempos cambian y evolucionan, ha elegido a un protosaurio de su sangre para preparar el cambio generacional, el cambio geriátrico: sin Internet, sin ordenadores y sin Aló Presidente. Pero el venezolano, que a diferencia de Fidel, no ha hecho ninguna revolución, y que ha tenido que remangarse y tragarse el sapo de concurrir a unas elecciones democráticas en las que ni cree, ni le merecen respeto, trabaja como una figura del star system: " yo lavo más blanco". Y como algo de estrategia sabrá, el pequeño caudillo es consciente de que el acceso a la televisión como plataforma para divulgar su liderazgo doctrinal es imprescindible para competir y tratar de debilitar las redes paralelas que proliferan en Internet contra su persona y su política.
Pobre Hugo, le ha tocado vivir en un siglo en que los dictadores están rodeados de enemigos invisibles, conectados, interconectados e interglobalizados, y encima tienen que salir en la tele a hacer el payaso. No es de extrañar que no funcione.