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Publicado el viernes 30 de abril de 2010
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UN BANCO EN EL RETIRO


Fruslerías: Toros y Mantones

Por Luis Alcaide.– Plaza de toros

 

Tres magistrados del Tribunal Supremo en el callejón de la plaza de toros de la Maestranza en plena algarabía insurreccional sobre su idoneidad, incluido el agravante del plazo ya extinguido de algunos nombramientos. ¿Insubsistencia o candidez? En cualquier caso una presencia en sitio público y lugar preferente pero perfectamente consistente con su percepción de la realidad. Quien más quien menos, que no estÉ muy alejado de las bambalinas de la legislatura, habrá observado la querencia de jueces y magistrados a relacionarse casi exclusivamente con miembros de su propia y exclusiva profesión. El mundo empieza y termina en la comunión y camaradería de los guardianes del procedimiento legal. El procedimiento es la principal, casi única referencia de una vida profesional.

La provocación política vegetariana que genera la crueldad de las corridas de toros y la aprobación o rechazo constitucional al texto del nuevo "estatut" son categorías de otras galaxias sociopolíticas que en su día algún astrónomo afortunado acabará descubriendo. Hoy por hoy son ajenas al procedimiento, carecen de existencia procesal.

Son mayoría los ciudadanos que aceptan que derechos y obligaciones legales exigen para su efectividad un mecanismo de aplicación y ejecución. Sin un procedimiento que haga valer esos derechos la ley seria sencillamente una recomendación o a lo máximo un imperativo moral. Por esta razón las leyes y el procedimiento han marchado de la mano desde los comienzos de la civilización

Desde la antigua Roma el proceso ya se dividía en dos partes. En la primera, se presentaba la demanda o la querella, las pruebas y las alegaciones, y todo ello sucedía ante el "praetor", que lo enmarcaba en una formula o instrucción aplicable al caso. La segunda fase y con consentimiento de las partes, el praetor seleccionaba entre una lista de ciudadanos a un "judex", que escuchaba a los testigos, examinaba las pruebas y fallaba de acuerdo con los preceptos legales contenidos en la formula.

Este sistema formalizado, determinaría, por ejemplo que el uso impropio de los términos legales o los plazos exigidos invalidaría el análisis de los echos así como las circunstancias que los motivaban, hasta el punto de exigir como material probatorio la ordalía, es decir el Juicio de Dios, un torneo entre los litigantes, o, en casos de mayor transcendencia, un combate entre los campeones de cada bando. (El Cid, Rodrigo Díaz, es todo un ejemplo)

El procedimiento era dirimente; la ordalía una lógica consecuencia legal, pero tanbien moral y políticamente aceptable para los praetors que a lo largo de la historia han sido. La presencia de los magistrados en la Maestranza, juntos serios, pendiente del festejo, como cualquier peña de buenos amigos, es, insisto, consistente con la ideología procesal. Cualquier ordalia entre catalanes y castellanos, con los campeones de los partidos políticos como adalides, solo confirmará la hermandad intelectual y sociológica de jueces y magistrados  ante el juramento "hipocrático" del procedimiento.

Como ha ocurrido con la crisis financiera, todo lo que suceda fuera de los límites es harina de otro costal. Financieros y reguladores, recordemos, se movieron con tanta desenvoltura como convicción en un terreno marcado por formulas definidas y aceptadas: los mercados son eficientes y cualquier intervención ajena será tan inoportuna como prejudicial. Los dueños del universo financiero vivían, por supuesto, en un mundo propio, mientras la opinión pública aceptaba la marcha de la historia satisfecha por el enriquecimiento patrimonial.

La reacción posterior, odio y desconfianza hacia los financieros, se olvidaría del día anterior. El caso de jueces y magistrados, es distinto, pero por odiosa que resiste la comparación, es tanbien comparable. Distinto en el sentido que no hay ningún enriquecimiento material; comparable, las propias reglas marcan un distanciamiento con el cuerpo social y político. En el caso de los banqueros han sido los contribuyentes los paganos. En este todavía no hay contribuyentes a quienes exigirles el rescate.

Regreso a mi banco del retiro, calle de Cervantes, el buen Sancho, el buen sentido en su fugaz condición de praetor y judex en la Ínsula de Barataria. Flor de un momento. En el campo abierto Don Quijote reflexiona sobre la libertad, mientras las sentencias de Sancho Panza quedarían para esas bellas formulas literarias, "en la eternidad y en los profundos" con que Unamuno saluda las andanzas de los dos manchegos amantes y respetuosos de sus ciudadanos.

El día es espléndido, la sombra que rodea el banco, acogedora, un artículo de Doña Rosa Pereda, "A favor de la alumna" me devuelve al sentido común y a los requisitos de la convivencia democrática. La alumna del velo, dice Doña Rosa tiene todo el derecho constitucional a la educación y el derecho, como cualquier ciudadano, a no ser discriminado por sus creencias. Que el portavoz de la Conferencia episcopal defienda el velo o que en un pasado próximo estuviese prohibida la minifalda en los centros escolares son solo fruslerías que de ninguna manera pueden hacernos olvidar que quienes se oponen al pañuelo o a una medalla al cuello de un ciudadano, están, sin quererlo, justificando la discriminación religiosa que en esta tierra implantó para nuestra desgracia la santa "Inquisición".

En cualquier caso, y si alguien ha llegado hasta aquí, busque y lea el artículo de Doña Rosa Pereda en diario El País del miércoles 28 de abril.