Hoja de ruta obligada para acelerar la recuperación
La economía mundial ha sufrido una grave recesión, pero no ha caído en una depresión estilo "años 30" y se encuentra ya en los primeros compases de una suave recuperación de la que hay que subrayar tres aspectos: 1) La revitalización de la actividad ha descansado en la aplicación de políticas extraordinarias (monetarias, fiscales y financieras) y en la resistencia de las economías emergentes. 2) La recuperación es todavía frágil porque la mejora de la demanda privada no se ha afianzado aún. Para ello se necesita de una revitalización del empleo y un comportamiento relativamente fluido del sistema financiero. En ambos terrenos se está avanzando, lo que permite ser moderadamente optimista. y 3) La recuperación no será igual en todos los países y ello se explica por tres factores: la situación de cada país en el momento en que se inició la crisis; el acierto de la política practicada y la confianza que se haya sido capaz de generar entre los agentes.
España, por su parte, ha registrado en 2009 una recesión semejante a la del conjunto de la Eurozona (3,6% frente 3,8%) y sin embargo, las perspectivas a corto y medio plazo son menos favorables que en la zona euro.
La situación de partida de la economía española era más vulnerable que la de otras muchas economías avanzadas debido, en buena medida, a las debilidades acumuladas a lo largo de la larga expansión (1995/2007) que precedió a la crisis.
En primer lugar, el gasto de sector privado excedía a su renta en una magnitud sin precedentes (el equivalente al 12% del PIB en 2007). Este déficit se había mantenido en niveles muy elevados también en los años anteriores dando lugar a un proceso de endeudamiento insostenible.
Con la recesión y el deterioro de las expectativas, empresas y familias han ajustado balances -aumento del ahorro, ajuste de costes, caída de la inversión- para reducir su deuda. Ese ajuste ha realimentado una espiral de contracción del gasto y reducción del empleo, agravando la crisis.
En segundo lugar, el boom inmobiliario había generado un exceso de oferta y una sobrevaloración de la vivienda. La corrección de esa situación ha pesado sobre la actividad y lo hará unos años más, teniendo sobre la economía un considerable impacto debido a la caída sustancial y prolongada de la actividad del sector; al efecto indirecto sobre otras actividades vinculadas a la vivienda y al descenso de la riqueza real de las familias que tenderán a ahorrar más para compensar esa situación y contarán con menos renta disponible para demandar financiación.
El tercer punto débil de la economía española tiene que ver con el deterioro sufrido por la competitividad internacional en los años que precedieron a la crisis. Los costes laborales por unidad de producto, desde que se fijo la paridad de conversión al euro en 1999, habían crecido en nuestro país 12 puntos porcentuales más que en el conjunto de la Eurozona.
Esta pérdida de competitividad es aún más importante si consideramos que nuestro sector manufacturero no está particularmente especializado en bienes de alta intensidad tecnológica y que a pesar de los esfuerzos de diversificación, dos terceras partes de nuestras exportaciones se dirigen a Europa, un área de crecimiento más que modesto.
En cuarto y último lugar, nuestra economía sigue contando con algunas rigideces institucionales que acentúan nuestra vulnerabilidad. El mercado laboral es una de ellas, como queda de manifiesto con la notable subida registrada por la tasa de paro, mucho más acentuada que en el resto de economías avanzadas.
Este comportamiento no sólo tiene un efecto directo muy importante sobre la actividad, sino que su impacto sobre la confianza de los agentes agudiza su influencia negativa sobre la economía.
Recuperar la confianza
Las políticas de demanda, es decir, aquellas dirigidas a amortiguar la debilidad de la demanda a corto plazo, han sido más intensas en España que en la Eurozona, de ahí que la recesión en nuestro país no haya sido más grave en 2009, pese a su mayor vulnerabilidad.
La política monetaria ha sido y todavía lo es, extraordinariamente expansiva. Los tipos de interés oficiales han descendido hasta casi el 0% y el BCE ha inyectado liquidez de forma masiva, para evitar una caída profunda del crédito en los momentos más duros de la crisis, lo que habría tenido efectos muy nocivos y persistentes sobre la economía.
El descenso de los tipos oficiales del BCE se ha trasladado en España muy rápidamente a los tipos aplicados al sector privado, reduciendo la carga financiera de empresas y familias, dejando así cierto margen para recomponer el ahorro y evitar una caída aún más aguda del consumo. Algo similar ha sucedido con los costes financieros de la deuda de las empresas.
La política fiscal también ha sido muy expansiva a través de iniciales recortes de impuestos y de aumentos del gasto público. De hecho, el saldo público ha pasado de mostrar un superávit del 2% del PIB en 2007 a registrar un déficit de más del 11% en 2009. En la Eurozona, el déficit ha aumentado sensiblemente menos (del 0,6% al 6,4% del PIB).
Las medidas financieras también han sido importantes. A diferencia de lo sucedido en muchos otros países, hasta ahora no ha sido necesario recapitalizar entidades, pero las medidas de apoyo a la liquidez y las garantías públicas a las emisiones de deuda de la banca han funcionado bien para aquellas entidades que se encontraban en una posición más frágil.
Las reformas estructurales, sin embargo, más apropiadas para mejorar el potencial de crecimiento a medio y largo plazo, han avanzado más despacio. Eso se une a que el esfuerzo de la política fiscal ha dejado a las finanzas públicas con escaso margen de maniobra, incluso con presiones para reducir el déficit cuando apenas se ha iniciado la recuperación. Todo ello pesa sobre las expectativas de medio plazo.
En estas condiciones, la confianza, el tercer elemento clave para la recuperación, se mantiene en niveles bajos. La de familias, ante el elevado desempleo, la de las empresas ante la expectativa de una demanda débil, y la de los inversores internacionales, ante la perspectiva de un crecimiento moderado y un endeudamiento relativamente alto.
No se puede obviar en este análisis que los desequilibrios acumulados en la expansión se encuentran aún en proceso de corrección.
Así, vemos que el balance financiero del sector privado se ha ajustado en buena medida, aunque habrá que mantener su superávit unos años para reducir el nivel de deuda, lo que hace improbable una recuperación rápida del consumo; que el exceso de oferta de viviendas apenas se ha empezado a corregir, y por tanto la inversión residencial tendrá una contribución negativa al PIB, y que la consolidación fiscal dará lugar a una contribución negativa del gasto público al crecimiento del PIB.
Reformas, reformas y reformas
El consenso de previsiones apunta a un crecimiento económico en 2010 no muy distinto de cero -cuando no negativo-, una cifra inferior a la prevista para el conjunto de la Eurozona (1-1,5%) o el conjunto de las economías avanzadas (2%). Las proyecciones para 2011 apuntan a un aumento del PIB en España apenas superior al 1%, nuevamente inferior al de la Eurozona.
El común de los analistas conviene en señalar que mejorar estas proyecciones exige un plan de reformas estructurales que modifique los esquemas productivos y sociales y así lo demuestra la experiencia internacional.
En España, hay tres ámbitos en los que las reformas parecen particularmente importantes: el mercado laboral, las finanzas públicas y el sistema financiero.
La evolución que ha mostrado el mercado laboral en los dos últimos años muestra claramente que algo no funciona. Dos hechos lo subrayan:
En primer lugar, la tasa de paro ha pasado del 8% del segundo trimestre del 2007 hasta el 18,8% de finales de 2009; un resultado dramático, que además apenas ha provocado una moderación salarial. En otras economías el ajuste ha venido en buena medida a través de reducción de las horas trabajadas y de los salarios, alternativas que generan menos incertidumbre y desconfianza en el conjunto de la economía.
En segundo término, la caída del empleo ha recaído casi totalmente sobre el empleo temporal que ha llegado a caer a ritmos superiores al 20% -los trabajadores por cuenta propia-. Esto muestra una fuerte segmentación del mercado laboral y perjudica la productividad y la eficiencia del tejido empresarial español.
Parece claro, por tanto, que reformar el ámbito de la negociación colectiva y otros aspectos relacionados con el mercado laboral es esencial para favorecer el crecimiento del empleo, la confianza y la actividad. Algo que ayudará, además, a resolver otros problemas, entre ellos los del sistema financiero y las finanzas públicas.
Otra importante reforma que se hace necesaria es el de las finanzas públicas. El déficit público se situó en el 11,4% del PIB en 2009, algo que ha contribuido a ampliar la prima de riesgo exigida por los inversores a la deuda pública española.
El coste de no llevar a cabo un proceso creíble de reducción del déficit público es elevado, con dos efectos adversos: la consolidación de una prima de riesgo significativa, que pesará sobre el coste de la financiación pública y privada, con el consiguiente efecto sobre el potencial de crecimiento de nuestra economía y la detracción de fondos públicos para hacer frente a la deuda que limitará la disponibilidad de recursos para empresas y familias.
El déficit no se arreglará sólo con una revitalización de la actividad o la retirada de los impulsos aplicados para afrontar la recesión. En su mayor parte, el desequilibrio es estructural y por tanto requiere aplicar medidas activas de recorte de gastos y/o aumentos de impuestos; vamos, el Catón, en cuyo desarrollo las administraciones territoriales, responsables de casi el 50% del gasto público, juegan un papel crucial.
La reforma de las pensiones es otra de las actuaciones ineludibles. Los informes de la Comisión Europea muestran que si no se producen reajustes, el sistema generará un déficit importante en próximas décadas (5,7% del PIB) y eso pesa hoy sobre la confianza en la sostenibilidad de las cuentas públicas.
El tercer y último elemento que precisa de ajustes es el sistema financiero. En las condiciones actuales el sector está sobredimensionado y una parte del mismo difícilmente podrá mantener una rentabilidad adecuada. La presión sobre los márgenes, el aumento de la morosidad, el agotamiento de las provisiones y el estancamiento, cuando no disminución del tamaño de los balances, representa un cambio en el terreno de juego ante el que hay que reaccionar. Y la pelota está en el tejado del regulador y del supervisor: el Banco de España.
La aplicación de este conjunto de reformas ayudaría a acelerar la recuperación permitiendo que la diferencia entre el PIB real actual y el que se lograría con un pleno uso de los recursos productivos, que puede ser de 3-4 puntos de PIB, se cierre más deprisa y a mejorar el potencial de crecimiento económico.
Todo ello permitiría mejorar sensiblemente las proyecciones de crecimiento actuales para 2011 y años sucesivos, haciendo creíbles las proyecciones oficiales contenidas el Programa de Estabilidad del Gobierno y que se sitúan en el entorno del 3% desde 2010.
Tendencias es una publicación on line de análisis socioeconómico de periodicidad semanal y de carácter restringido que edita Carlos Díaz Güell.