Monitor de Coyuntura
La economía española reducirá su caída a un 0,4% en 2010, frente al 3,6% de 2009
La economía española reducirá su caída a un 0,4% en 2010, según el servicio de estudios de La Caixa, que estima que habrá crecimiento interanual en el segundo semestre del año gracias a la aportación del sector exterior y al relanzamiento del consumo. Asimismo, ha modificado ligeramente al alza las previsiones de crecimiento del PIB para el cuarto trimestre de 2009, de forma que sitúa ahora la caída anual en el 3,6%. Según el informe mensual de La Caixa, la economía española muestra, como el resto de las economías mundiales, una tendencia "claramente de mejora de la actividad, aunque el proceso de salida de la recesión está siendo algo más lento que en el resto de los países desarrollados".
En el ámbito internacional, consideró que la recuperación de Estados Unidos y de algunos países industrializados, así como el fuerte crecimiento en China, India y Brasil "suponen los mejores indicadores de que la crisis ha quedado atrás".
El informe destaca la mejora de la confianza de los consumidores en España, ya que pese a que todavía se sienten amenazados por el aumento del paro, lo que ha generado una contención del gasto y un aumento del ahorro, "lo peor ya ha pasado".
El indicador de confianza de los consumidores se encuentra estabilizado en niveles "sensiblemente superiores" a los del primer semestre de 2009, aunque aún por debajo de la media histórica.
Al mismo tiempo, las empresas han registrado una ligera mejora en la utilización de su capacidad productiva en los últimos meses, y el mercado laboral también registra mejoras en la caída de la afiliación a la Seguridad Social y en la evolución del paro registrado, según el estudio.
Aumento moderado de precios
Respecto al IPC, La Caixa estima que se registrará una variación positiva de los precios en 2010 debido a una mayor presión al alza del petróleo y sus derivados, de la recuperación de los precios del resto de las materias primas y también de una cierta elevación de la inflación subyacente, actualmente en niveles muy bajos.
Además, la prevista subida del IVA en el segundo semestre del ejercicio presionará al alza en los precios de consumo, aunque no se espera que las empresas repercutan totalmente esa subida fiscal.
Entorno internacional
El informe recoge que "parece que el mercado laboral de Estados Unidos ha tocado fondo y que la recuperación del consumo privado es más fuerte de lo esperado", pero que en la eurozona el consumo "no acaba de reaccionar" y la recuperación se sustenta gracias al sector exterior y a los planes de impulso económico de los gobiernos. Con todo, estima que el consumo y la inversión en la eurozona se relanzarán a partir del segundo semestre de este año.
Añade que la profundidad de la crisis sufrida ha dejado algunas secuelas que pueden hacer que la recuperación sea "lenta y frágil", como la elevada tasa de paro, situada en máximos históricos; un sector financiero que continúa delicado; la dependencia de los países desarrollados de la marcha de los países emergentes y el elevado endeudamiento de las familias y del sector público.
Alerta también de que el ejercicio actual se enfrenta al anuncio de los bancos centrales de la retirada progresiva de las medidas de apoyo adoptadas hasta ahora y a que al menos algunos países inicien el proceso de consolidación fiscal encaminado a reducir los elevados déficits públicos generados por la crisis.
"De la correcta retirada ordenada de los apoyos y de la credibilidad de los ajustes fiscales dependerá que la recuperación no se resienta", destaca.
Nubes y claros para 2010, riesgos de recaída
Las estrategias de salida para los estímulos de política económica conforman el principal riesgo
Hace un año, la economía mundial se debatía entre la recesión y la depresión. Al final, y así pareció quedar claro a partir de la primavera, se esquivó el peor de los escenarios gracias al apoyo público a los sistemas financieros y a las medidas extraordinarias de estímulo fiscal y monetario llevadas a cabo cuasi universalmente. A comienzos de 2010, las perspectivas son de recuperación. La mayoría de economías ya han mostrado algún trimestre de crecimiento intertrimestral positivo, una tendencia que debería consolidarse a lo largo del año en curso y a la que España también se sumará más pronto que tarde. Sin embargo, sería ingenuo ignorar el riesgo de una recaída.
La incertidumbre a la que nos enfrentamos actualmente tiene poco que ver con la de hace un año, cuando la economía mundial caminaba por el borde de un precipicio, pero aún es significativa. Así lo reflejan indicadores como las primas de riesgo en los mercados financieros o la dispersión de las previsiones de diferentes analistas. Por ejemplo, en la edición de diciembre de 2009 de Consensus Forecasts, una publicación que recopila mensualmente la opinión de distintas instituciones sobre la evolución de las principales economías, la desviación estándar de las previsiones del crecimiento del PIB para 2010 era, en promedio, un 50% mayor a lo que es habitual. La mejora respecto a los momentos de máxima incertidumbre, cuando esta medida de dispersión había llegado a duplicar su promedio histórico, ha sido sustancial pero está claro que todavía no estamos en una situación de normalidad.
Los riesgos principales de cara al 2010 tienen que ver con la necesidad de normalizar las políticas fiscales y monetarias que han sido claves para arrancar la recuperación. Sin duda, el margen de error de las autoridades económicas es estrecho: el ritmo de retirada de los estímulos deberá ser el preciso. Ni demasiado rápido, para no descarrilar la recuperación. Ni demasiado perezoso, para no espantar a los inversores.
El problema es que esta tarea, en la práctica, no es sencilla pues no existen buenos precedentes a la situación actual (Japón en los años noventa es un ejemplo a no seguir); la estrategia óptima depende de las circunstancias individuales de cada país y, por lo tanto, es imposible diseñar un patrón general de ajuste; y, por último, es difícil cuantificar el impacto que la normalización de las políticas tendrá sobre el crecimiento, de la misma manera que desconocemos con exactitud cuál ha sido el efecto de los déficits fiscales, la expansión monetaria y los bajos tipos de interés sobre el nivel de actividad económica de los últimos trimestres.
Además, no se puede descartar que sin el efecto anabolizante de los estímulos, las economías recaigan lastradas por el desapalancamiento, la debilidad de los mercados de trabajo y el exceso de capacidad en algunos sectores. El margen para una nueva ronda de estímulos en esta situación sería limitado, especialmente para aquellos países con mayor deuda y peores perspectivas de crecimiento potencial a medio plazo.
Recientemente, el caso de Grecia nos ha ofrecido una muestra del que es, quizás, el riesgo más importante para 2010: la posible pérdida de confianza de los inversores en la capacidad de llevar a cabo la consolidación fiscal necesaria para evitar una dinámica negativa de la deuda pública. En un escenario de desconfianza, los inversores exigen una mayor prima de riesgo a las emisiones de deuda pública y, por lo tanto, unos tipos de interés más altos. Este aumento de tipos se traslada al conjunto de la economía, pues es raro el caso de una empresa que se puede financiar a menor coste que su gobierno, y puede hacer descarrilar la recuperación. Además, no debemos olvidar que las primas de riesgo soberano se han beneficiado en los últimos meses de la ingente cantidad de liquidez que ha inundado los mercados financieros y, aun así, muestran diferencias significativas entre países (véase gráfico anterior). A medida que esta liquidez se vaya retirando, las primas de riesgo soberano (y de otros activos, como las titulizaciones hipotecarias en Estados Unidos) también van a tender a repuntar.
Para evitar un aumento abrupto de los tipos de interés, los gobiernos deberán explicitar muy claramente cuál es su estrategia de consolidación fiscal y, obviamente, ésta debe ser creíble. Las dudas y las inconcreciones se pueden pagar caras, tal y como ha quedado patente en el caso griego. Aunque la repercusión global de este caso ha sido limitada, si surgieran dudas en una economía mucho más importante, como el Reino Unido o Estados Unidos, el riesgo de contagio al resto del mundo sería sustancial.
En relación con las políticas monetarias, existe el riesgo de que si mantienen su sesgo expansivo durante demasiado tiempo acaben alimentando presiones inflacionistas (véase gráfico anterior). A corto plazo, las presiones deflacionistas continúan preponderando, especialmente en aquellas economías en las que la demanda interna ha quedado más tocada tras la crisis, ya sea por el aumento del desempleo o por los excesos de endeudamiento. Pero a medida que la recuperación gane fuerza, algo que también podría suceder con más vigor del previsto, las expectativas de inflación futura pueden repuntar, especialmente si los inversores perciben que los bancos centrales están más preocupados por mantener bajos los tipos de interés de la deuda pública (algo que la Fed ha perseguido explícitamente los últimos meses) que por asegurar un entorno de inflación baja y estable. Esta revisión de expectativas provocaría un aumento de los tipos de interés a largo plazo, lo que podría poner en riesgo la recuperación. Una de las claves para minimizar la probabilidad de ocurrencia de este escenario será, además del endurecimiento gradual de las condiciones monetarias, una buena política de comunicación por parte de los bancos centrales, un instrumento importantísimo para anclar las expectativas de inflación. La claridad en torno a las estrategias de salida de los bancos centrales es tan indispensable como en el caso de las consolidaciones fiscales.
En definitiva, no podemos dar por descontado que la recuperación es segura. Aunque se trata del escenario más probable, las incertidumbres a las que todavía nos enfrentamos son considerables. Las más obvias son las relativas a las estrategias de salida en los terrenos fiscal y monetario y a la robustez subyacente del sector privado. Ha llegado la hora de plantear la cura de adicción a los estímulos... y esperar que, cuando comience el tratamiento, el síndrome de abstinencia sea llevadero.