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Publicado el miércoles 20 de enero de 2010
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BATALLA POR EL CONTROL DE LA PETROLERA ESPAÑOLA

La suerte parece estar echada en Repsol

Sin el concurso de las partes, Sebastián puede verse forzado a dirimir en contra del deseo de los protagonistas

Luis del Rivero y Antonio BrufauAlberto Valverde.– No es que sea una cuestión de agoreros, pero la batalla entre Antonio Brufau (Repsol) y Luis Del Rivero (Sacyr) tiene toda la pinta de haber entrado esta semana en un punto sin retorno. Con o sin mediación de Miguel Sebastián -el hombre que diseñó desde Moncloa la estrategia de utilizar las constructoras repletas de caja para detener el asalto exterior a las denominadas empresas estratégicas españolas (Endesa, Repsol, Iberdrola, etc.) durante los felices momentos del ciclo alcista-, la suerte está echada en Repsol, para bien o para mal. Y no parece que el previsible desenlace, que algunos anticipan que pueda producirse incluso varias semanas antes de que se celebre la junta general de accionistas de la petrolera del próximo mes de abril, se salde con vencedores y vencidos, aunque sí con algunas bajas inevitables en el camino.

En el entorno del revoltoso ministro de Industria se ha comenzado a trabajar en algún tipo de fórmula que permita poner de acuerdo a las partes e impedir que el enfrentamiento conlleve males irreparables para la compañía. De momento -y eso hay que evitarlo a toda costa- el valor apenas ha registrado en Bolsa los efectos de la batalla, que los más próximos a los protagonistas califican de lo más cruenta que puede ser dentro del civilizado mundo de la empresa y los negocios. Podría haber sido de otra manera, pero en los tiempos de crisis que corren no parece excesivamente dañino que el consejo de administración de una empresa se divida por cuestiones relacionadas con la orientación estratégica de la misma. Ha ocurrido en otros sitios, como es el caso más reciente de Endesa, y sucedió hace ya un decenio en el BBVA, sin que la acción se desplomara (más bien todo lo contrario), pese a que para su desenlace se recurriera -en el último caso- a sacar la porquería a la vecindad.

En Repsol, nadie la duda, no va a pasar obviamente lo que sucedió en el BBVA, cuando el actual presidente, con el concurso o pasividad del Gobierno de José María Aznar, hizo pasar por los Tribunales a todo un consejo de administración lleno de notables empresarios, incluyendo su copresidente. Fue un golpe bajo que algunos ex consejeros aún califican de rastrero e inapropiado para lo que es habitual. Sólo hay que recordar que el instigador de la pelea, el actual presidente del BBVA, se ha autoadjudicado en la actualidad un plan de pensiones que sobrepasa los 100 millones de euros y es más de diez veces superior al que la víctima de la batalla (el anterior presidente) concedió a todo el consejo: más de veinte personas que, por cierto, muchas de ellas eran ricas por mérito profesional o por origen.

No va a ser el caso de la batalla entre Brufau y Del Rivero. En la batalla de Repsol no se debaten ni fondos de pensiones ni ilegalidades (por cierto, en el BBVA el enfrentamiento se ha zanjado recientemente en sus aspectos judiciales, sin penas de cárcel y con una mínima sanción administrativa; es decir, que no hubo delitos por medio). En la petrolera se trata exclusivamente de puntos de vista personales sobre la gestión y futuro estratégico de la empresa. Todos ellos claramente identificables, muy respetables y perfectamente justificables. La actual gestión ha decidido mantener a toda costa un plan estratégico a medio y largo plazo que considera apropiado para la situación de la compañía y el principal accionista (20,01%), la constructora Sacyr, estima que ese plan requiere modificaciones, entre otras razones porque necesita atender compromisos adquiridos, como puede ser que haya destinado un dinero (más de 5.000 millones de euros, sean recursos propios o ajenos) a una inversión que le debe garantizar una rentabilidad adecuada.

Habría que sentar al propio Miguel Sebastián ante la máquina de la verdad para saber qué tipo de promesas hizo a unos y a otros cuando, entre los meses de noviembre y diciembre de 2006, llamó a varios de los actuales protagonistas para que, mediante su concurso, se evitara la entrada de un socio extranjero "no deseado" (hubo varios, desde las comunitarias Total y Eni, pasando por la rusa Lukoil y algunas otras más) en el capital de una empresa que controla el 57% del mercado de productos petrolíferos de este país y representa, además, uno de los buques insiginias del "capitalismo español" fuera de nuestras fronteras, especialmente en América Latina. Pero no hay que ser un lince para imaginárselo, sobre todo cuando algunos de los actuales protagonistas se han hartado de proclamarlo a todos los vientos durante los tres años transcurridos desde entonces.

Si de aquellos polvos llegan ahora estos lodos, no es casualidad que haya tenido que salir el propio Sebastián a la palestra a arreglar el entuerto. Y la eventual solución, que ya se barrunta en los mentideros madrileños, tendrá que venir en pocos días, quizá en una semana, incluso antes de que se celebre el próximo consejo de administración mensual de Repsol, que habitualmente tiene lugar el último miércoles de cada mes. ¿Qué va a suceder? Pues nada que no sea perfectamente previsible. Se habla ya de negociaciones intensas entre los dos principales socios (la Caixa y Sacyr) con una solución que será satisfactoria para todos. Lo conveniente, en estos momentos, es decir que todavía no se ha consesuado. Pero eso sería no decir toda la verdad.