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Publicado el miércoles 30 de septiembre de 2009
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BUSINESS POST

Un mundo sin 'bonus'

Lehman BrothersAlfred Greens.– Ya hay un consenso mundial en demonizar los 'bonus' como una práctica que ha engordado el monstruo de la crisis financiera. El impacto con toda probabilidad ha sido el deseado: que la opinión pública mundial ni remotamente llegara a pensar que los principales líderes del mundo iban a clausurar la cumbre del G-20 sin buscar un culpable digno del escarnio público. La política de gratificaciones de los ejecutivos más cualificados del sector financiero, aquéllos que se han formado en las más exquisitas Escuelas de Negocios precisamente para ganar suculentos 'bonus', ha sido la gasolina que ha hecho arder todo el entramado financiero.

Cuesta entender que la propuesta más visible y ejemplarizadora de la cumbre sea precisamente la de condenar unas prácticas que han sido, son y quizá lo sigan siendo la seña de identidad del sistema financiero y, se quiera o no, el principal imán de esos ambiciosos universitarios, a los que habría que preguntar si se sienten defraudados con sus centros académicos después de Pittsburg.

El sistema financiero es como Las Vegas, pero las máquinas tragaperras no se ven. En las máquinas tragaperras que no ven los clientes de la banca de inversión trabajan esos tiburones que alimentan la mitología del businessman, nuevo prototipo de héroe, e incluso de gen. Las sucesivas generaciones que una tras otra han estado sucediéndose en Wall Street han dejado siempre dos cosas claras al mundo: somos los mejores y nuestros bonus así lo avalan.

Ahora esta política, que en realidad es una categoría de cultura empresarial, quiere exterminarse porque según expertos, políticos y analistas es inmoral y perversa, casi añadiríamos que diabólica. Y lo es. Pero, ¿alguien puede imaginarse Wall Street funcionando con bonus fijados en convenio? ¿Hacia dónde dirigirán ahora su frustración esos jóvenes tiburones, criaturas clónicas del Olimpo financiero?

Los líderes mundiales han celebrado una cumbre cuando aparecen los primeros signos de que la crisis está frenando su caída, lo que permite albergar cierto optimismo en que pueda iniciarse una recuperación, aunque lenta. Asusta pensar que de la conmoción global que causó la crisis sistémica financiera, producto de la relajación de la supervisión y del control del riesgo -- no se haya aprendido nada tangible y resulte tan solo en fastidiar a los ``golden boys'' para que no se compren tanto deportivo. Desde el punto de vista mediático, el mensaje del G-20 ha sido un éxito, se castiga al chivo expiatorio públicamente, a los que ganan millones de dólares por vender deuda pública, o diseñar un pelotazo empresarial o un sofisticadísimo producto bancario para pagar menos impuestos; todas ellas actividades lícitas, amparadas e impulsadas desde las entidades financieras y, por consiguiente, recompensadas.

La desaparición o un fuerte recorte del 'bonus' en el sector financiero abre caminos sinuosos que tratándose de un sector tan imaginativo bien nos pueden llevar a que se creen situaciones de arbitraje: a lo mejor, pagar el bonus desde determinados países no es tan mal visto, o sencillamente Wall Street y la City londinense tienen que cambiar de aires e instalar los cerebros de sus máquinas tragaperras en Mónaco; estarían encantados. Ya es una realidad: hay un gran número de hedge funds que han abandonado la ciudad del Támesis por el soleado principado precisamente por mero arbitraje fiscal. O a que se creen instrumentos diferidos de remuneración materializables en determinadas condiciones y con garantías.

Suprimir o reducir el premio hasta hacerlo poco estimulante casa mal con un sector muy competitivo que ha medido su éxito empresarial en el apalancamiento y la titulización de riesgos, actividades que exigen un personal muy cualificado, cuya suerte profesional le va en cada operación. Resulta por todo ello difícil de imaginar un mundo financiero sin bonus, a menos que el mundo financiero que pueda resultar de Pittsburg no vuelva a ser como el que hemos conocido, sea un mundo más reducido, un negocio menor de la gran banca comercial, en el que trabajar en él ya no sea glamoroso, ni heroico, sino el destino de los segundos de la clase, porque los primeros se irán a trabajar a Twitter o hacer canales de irrigación a los Monegros.