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Publicado el lunes 31 de agosto de 2009
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Monitor de la Construcción

Zapatero resucita la empresa tomatera Columbia con un siglo de retraso

El curso se abre con los mismos problemas más los añadidos por la política social y fiscal del Gobierno

Metro de Washington D.CIgnacio Mulas.– En Washington D.C. no se nota la crisis o se nota poco. En una ciudad en la que hay extensas zonas -sobre todo en el vecino Arlington- donde más solteros hay del mundo por kilómetro cuadrado y en la que radica el mastodóntico Gobierno federal y multitud de entidades, agencias e instituciones multilaterales, la vida sigue con bastante placidez. Hay, como siempre, que reservar con tiempo en los restaurantes cercanos a Dupont Circle, Farragut West, Georgetown o Chinatown para cenar cualquier día, los museos del Mall están -como siempre- atestados de turistas en su inmensa mayoría del propio país, y en Clarendon y Foggy Botton florecen grúas de nuevos edificios en construcción. Solo se nota la crisis en el metro de la ciudad, donde hay un inusitado número de estaciones sin aire acondicionado y con escaleras mecánicas paradas, se supone que en revisión, y por las que ascienden airosos jóvenes yogurtines/as y, echando el bofe, ciudadanos de amplia talla xxxl y más. "No hay dinero para el mantenimiento" dicen los resignados usuarios acodados junto a los enormes ventiladores que se han instalado en algunas estaciones de trasbordo como Metro Center.

En la capital del imperio España es un dato marginal; muy de vez en cuando los analistas y economistas hablan de nuestra situación económica zurrando invariablemente la badana a nuestro insigne líder Zapatero. Pero ha habido una excepción que ha colocado a nuestro país por unos días en boca de prácticamente todos los componentes de la abigarrada comunidad capitalina, el "constructor" Florentino Pérez y su Real Madrid de las estrellas.

En un país en el que el fútbol es un deporte totalmente marginal -algo así como el polo en España- este Real Madrid jugaba un partido de exhibición contra el local D.C. United a las tres de la tarde, en un estadio en casadios donde sólo se podía llegar en coche, con casi 100ºF y un 85% de humedad. Pero congregó a casi 75.000 enfervorizados espectadores, que vitorearon incansables a un equipo español que, como es lógico, sesteó durante todo el partido excepto veinte minutos en la segunda parte, en los que le endiñó a su entusiasta sparring tres goles, el último un bello tanto de Robben por encima del portero.

"Esos goles son lo más humillante para el portero después de un gol de caño" me dice un amigo peruano-japonés que, además de tener un doctorado por Stanford, practica de cancerbero con los amigos los domingos por la mañana en un campo comunal junto a la Fairfax Dr. en Arlington.

En las tres horas largas que tardamos en salir del aparcamiento y volver a D.C., hablo con el grupo de amigos -casi todos ellos consultores o economistas del Word Bank- que han tenido la amabilidad de llevarme al evento deportivo en su supercoche. Hablamos, cómo no, de economía y política. No pueden entender que en España la economía dependa tanto de la construcción, que se penalice a los emprendedores (autónomos), que el Gobierno haga causa común con sindicatos contra las empresas (o en su caso, viceversa), que el dinero público vaya mayoritariamente a subvencionar desempleo en vez de a fomentar actividad.

Me ponen como ejemplo que allí lo que más preocupa es la caída del consumo y cómo la ayuda del Gobierno para la compra de coches ha disparado las ventas en apenas unas semanas... Y que la famosa iniciativa -en España sobre todo por las expectativas que ha despertado entre políticos y empresarios del sector- de construir trenes de alta velocidad no parece a gran parte de los analistas una buena idea por la ruinosa ecuación entre su coste y los pasajeros que pueda trasportar en relación con los volúmenes de tráfico existentes. Y sobre todo -oposición liderada por el Washington Post- porque inevitablemente y de modo permanente debería estar subvencionado y eso no les gusta nada a los ciudadanos de este país.

Aquí eso de la subvención, poco, de modo siempre transitorio, sólo si hay amplio consenso y, sobre todo, cuando no haya otra opción. Hablamos después de literatura norteamericana, de Cormac Mcarthy, Don DeLillo, Thomas Pynchon, Foster Wallace... -¿Has leído a Kurt Vonnegut?- me pregunta un canadiense con pasaporte de Taiwan. -Sí pero hace ya años, en los ochenta-. -Lee "Jailbird", ahí está ya todo lo que ahora ha ocurrido, desde Madoff hasta lo que nos cuentas del gobierno y los sindicatos de tu país-.

De vuelta a Madrid, en un avión lleno de niños corriendo por encima de los asientos, compatriotas alardeando en voz siempre demasiado alta de lo barato que aún resulta comprar en dólares y giris haciendo flexiones en los pasillos, reflexiono sobre lo que, en lo que afecta a la construcción, será el escenario a partir de septiembre.

A ver, tenemos en el Parlamento la ley de financiación privada de infraestructuras; habrá un debate sobre la morosidad en las transacciones comerciales a propuesta de CiU, que no espera nadie que arregle el problema de la tremenda morosidad pública; el ministro de Fomento volverá a contarnos lo de la revisión de PEIT aunque la licitación esté por los suelos y ya no haya mucho tiempo ni ganas de levantarla...; y sobre todo volveremos a la greña entre el equipo gobierno/sindicatos -que juega naturalmente en casa- y el equipo de los empresarios, con pinta de recién ascendido a primera división, a ver qué pasa con la demencial revisión de los convenios referidos a una evolución del IPC más o menos marciana por su lejanía de lo que ocurre en la tierra... Intento dormir.

Ya en Madrid me acuerdo del consejo de mi amigo canadiense-taiwanés y busco una vieja edición de "Jailbird" (aquí, "Pájaro de celda") y encuentro -entre otras- la siguiente historia edificante e instructiva: "la empresa conservera Columbia hacía salsa de tomate. Dependía enormemente de los tomates. La empresa no tuvo beneficios hasta 1916. Pero en cuanto los tuvo, el padre de Powers Hapgoold empezó a dar a sus empleados una parte, pues consideraba que los trabajadores tenían derecho a ello en todo el mundo... Así pues, formó un consejo de siete obreros, que debía recomendar al consejo de dirección cuales debían ser los salarios y condiciones de trabajo.

El consejo, sin que nadie le estimulara a hacerlo, había declarado ya que no habría períodos de paro estacional, pese a tratarse de una industria tan estacional, y que habría vacaciones pagadas, y que los servicios médicos de los trabajadores y de quienes de ellos dependieran serían gratuitos, y que se pagaría a los enfermos y que habría un plan de jubilaciones y que el objetivo último de la empresa era que ésta, mediante un plan de distribución de acciones-beneficios, pasase a ser propiedad de los obreros. -La empresa fracasó- dijo el tío Alex, con firme y torva satisfacción darwiniana".

En fin, que escribe Enrique Vila-Matas en plan muletilla cuando quiere cambiar de tema y a quién nunca agradeceré bastante su consejo de que puestos a enfermar de preocupación, más vale ponerse "enfermo de literatura".