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Publicado el miércoles 17 de junio de 2009
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Monitor de Latinoamérica

El conflicto amazónico y el perro del hortelano

Gobiernos y empresas deben actuar de otra manera, para desmontar la coartada al inmovilismo de la identidad indígena

marcha indigena en Ucayali (Perú)Honorato Viñagrande.– (1) Como es habitual, la noticia de lo que pasaba en un rincón de la Amazonía peruana ha llegado a los medios españoles cuando el drama alcanzaba el climax, o sea, en el momento de contar los muertos de ambas partes y en el subsiguiente tira y afloja para que los contendientes salven la cara, volviendo la situación a fojas cero. Tantos muertos, tanto derroche de odios y despropósitos, ¿para qué? El "problema amazónico" estalla en distintos puntos de la Amazonía, ayer en Ecuador, hoy en Perú, en cualquier momento en Brasil o Colombia, casi siempre por su eslabón más débil: los indígenas, que se rebelan contra los gobiernos y las empresas que devastan, invaden, o, simplemente alteran un modo de vida milenario, como dicen, pero que obviamente está en franca retirada.  ¿Pero por qué ahora, y precisamente en el boyante Perú de Alan García, que gobierna en una cómoda coalición de hecho, que solo deja fuera a los nacionalistas de Humala? ¿Por qué ahora,  cuando  el PIB creció 9,8% en 2008 y, después de la rebaja de la previsión del Banco Central, crecería el 3,3% en 2009 y el 5% en 2010?  ¿Por qué ahora cuando se veía venir una era dorada para la inversión de petroleras, mineras y madereras a partir de 2010?

Una batalla encarnizada

A estas alturas los hechos son conocidos. En la primera semana de junio, a unos 1000 kms. de Lima, hacia el nordeste, al sur de  Iquitos, varios enfrentamientos entre pequeños destacamentos de policías y varios miles de indígenas amazónicos se saldaron con más de 200 heridos, 23 ó 24 policías muertos, nueve de ellos asesinados y un número todavía indeterminado de muertos civiles, que oscilan entre nueve y 100, según las versiones (los policías han sido sepultados con todos los honores; los indígenas andan haciendo el recuento de los que faltan y muchos cuerpos no aparecerán). Alan García y otros miembros del gobierno han calificado la masacre como "un genocidio de policías". La Asociación Interétnica de Desarrollo de la Selva Peruana (Aidesep) asegura que este es un episodio más en la estrategia de exterminio de los indígenas amazónicos por ser un estorbo para los planes de explotación petrolera, minera y maderera del gobierno y de las empresas ya instaladas o por instalarse en "sus" territorios.

Los calificativos son extremosos y las versiones de lo sucedido son diametralmente opuestas y, aunque testigos presenciales (varios europeos) comienzan a hablar en internet, será muy difícil establecer la verdad a causa de los intereses contrapuestos en juego. Por ejemplo, parece seguro que los indígenas dispararon con fusiles del ejército. Pero, como dice un alto oficial retirado, es más cómodo echar la culpa a los activistas extranjeros (Bolivia o Venezuela y hasta la contribución de las ONGs europeas) que asumir el hecho de que un número indeterminado de soldados de las etnias amazónicas habrían desertado de los cuarteles en que están destinados llevándose los fusiles y munición.

El presente drama es apenas un doloroso capítulo del intrincado problema endémico de la Amazonía, común a los ocho  países de la cuenca, y del que la vertiente indígena es solo la condicionante principal en algunos países, como Perú y Ecuador. Obviamente la masacre no ha sido un estallido emocional, sino la culminación de un conflicto que se venía calentando durante meses, desde que Alan García decidió convertir en decretos-ley su sueño de integrar plenamente la Amazonía peruana al proceso de desarrollo del país.  

El sueño de Alan García: matar al perro del hortelano o que deje de ladrar

Alan García, que llegó por segunda vez a la presidencia en julio de 2006 con afán de desquite para lavar la mala imagen que dejó en su primera presidencia  (1985-90), no ha sido el primero en plantear el problema, pero sí ha sido el primer presidente de la cuenca amazónica  que se atreve a hacerlo con toda crudeza y rompiendo los usos y costumbres de lo políticamente correcto.  En octubre de 2007 publicó un artículo "El síndrome del perro del hortelano" (Elcomercio.com.pe), que aludido en estos días en los medios, valdría la pena releer para entender lo que ha pasado y que puede volver a pasar en cualquier momento. Alan García:

"Cada peruano sabe que con una propiedad legalizada, vendible, hipotecable o transmisible por herencia puede mejorar su situación. Pero el Perú como conjunto tiene el mismo problema y no lo sabe. Muchos de sus bienes no se pueden poner en valor, ni vender, ni se puede invertir en ellos, ni generar empleos con ellos. Hay millones de hectáreas para madera que están ociosas, otros millones de hectáreas que las comunidades y asociaciones no han cultivado ni cultivarán, además cientos de depósitos minerales que no se pueden trabajar y millones de hectáreas de mar a los que no entran jamás la maricultura ni la producción. Los ríos que bajan a uno y otro lado de la cordillera son una fortuna que se va al mar sin producir energía eléctrica. Hay millones de trabajadores que no existen, pues su trabajo no les sirve para tener seguro social o una pensión más adelante, porque no aportan lo que podrían aportar multiplicando el ahorro nacional. Así pues, hay muchos recursos sin uso que no son transables, que no reciben inversión y que no generan trabajo. Y todo ello por el tabú de ideologías superadas, por ociosidad, por indolencia o por la ley del perro del hortelano que reza: Si no lo hago yo que no lo haga nadie...

.... Existen verdaderas comunidades campesinas, pero también comunidades artificiales, que tienen 200 mil hectáreas en el papel, pero solo utilizan agrícolamente 10 mil hectáreas y las otras son propiedad ociosa, de 'mano muerta', mientras sus habitantes viven en la extrema pobreza y esperando que el Estado les lleve toda la ayuda en vez de poner en valor sus cerros y tierras, alquilándolas, transándolas porque si son improductivas para ellos, sí serían productivas con un alto nivel de inversión o de conocimientos que traiga un nuevo comprador. Pero la demagogia y el engaño dicen que esas tierras no pueden tocarse porque son objetos sagrados y que esa organización comunal es la organización original del Perú, sin saber que fue una creación del virrey Toledo para arrinconar a los indígenas en las tierras no productivas...

Frente a la filosofía engañosa del perro del hortelano, la realidad nos dice que debemos poner en valor los recursos que no utilizamos y trabajar con más esfuerzo. Y también nos lo enseña la experiencia de los pueblos exitosos, los alemanes, los japoneses, los coreanos y muchos otros. Y esa es la apuesta del futuro, y lo único que nos hará progresar".

Alan García lo tenía claro: han fracasado los ensayos de repartir la tierra entre los campesinos, inclusive bajo la fórmula de la propiedad comunitaria. Las reformas agrarias de ayer y los tiquismiquis de los ecologistas de hoy son una rémora para el desarrollo, según A. García.

El Estado debe asumir su responsabilidad y posibilitar el acceso seguro a la propiedad de grandes extensiones de tierra a los inversores de fuera o de dentro del país. Solo así el Estado podrá garantizar la incorporación plena de los indígenas a la sociedad (como asalariados, suponemos) y poner condiciones controlables a las empresas.

El resto, según Alan García, sería apariencia, palabrería. Y se puso manos a la obra. El gobierno aprovechó la coyuntura de la adecuación de la legislación a las exigencias derivadas del Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos y Perú, y el presidente acudió al mecanismo de las facultades legislativas, que le otorgó el Congreso para acometer su revolución amazónica por la vía de los decretos-ley, nada menos que ocho en pocas semanas, saltándose el debate y, por supuesto, la indispensable consulta a los afectados que era preceptiva en varios de los asuntos, concretamente en los que cambiaban las reglas del juego de la propiedad de tierra, agua y subsuelo en la Amazonía.

Tales decretos desataron las iras de las organizaciones indígenas amazónicas. Durante meses se hicieron y suspendieron mesas de diálogo: era ilusorio imaginar que habría posibilidad de acuerdo cuando la desconfianza entre el gobierno y la Aidesep era absoluta. Y con razones de peso por lado y lado. Tras meses de tira y afloja, la violencia se desató como un ciclón devastador.

La trampa y el atajo son más lentos y más caros

El saldo no puede ser más negativo: varias decenas de muertos; marcha atrás del gobierno en cuanto a los decretos, que no se derogan, pero se suspenden, lo que es presagio de nuevos brotes conflictivos; asilo político del presidente de Aidesep, Alberto Pizango, personaje al que esta guerra ha situado como un Evo Morales a la peruana. El futuro despejado que Alan García ofrecía a los inversores extranjeros se ha esfumado. Las consecuencias para las nueve petroleras presentes en la zona del conflicto ya han empezado. Survival, la ONG británica de referencia en pueblos originarios, las invita a retirarse de la Amazonía.

No le faltaba razón a Alan García en su visión modernizante. Pero don Quijote se estrelló contra los molinos de viento porque no vio que eran molinos. No es necesario ser neoliberal para concordar con el argumento de Alan García en su vertiente económica. Pero hay otras vertientes tan importantes como la económica, que hacen de la Amazonía, de todos los pedazos nacionales de la Amazonía, un problema de la especie y del planeta tierra. Así lo ven todas las instancias científicas del mundo.

En la inmensa selva amazónica no sólo hay petróleo y minerales, sino una buena parte del agua dulce y del oxígeno  del planeta y millones de especies animales y vegetales. Pero, además, en los siete u ocho millones de Km2 de la Cuenca vive gente: un millón y medio de personas pertenecientes a 370 pueblos indígenas, y más de 30 millones de personas que no se consideran indios, entre ellos los funcionarios civiles y militares de los países de la Cuenca y multitud de trabajadores y  exploradores de las más variadas empresas, legales e ilegales, que tratan de explotar ese inmenso territorio.

En un asunto de tal calado, una mala solución es la peor de las soluciones. Seguir trampeando en la Amazonía, aprovechando leyes y coyunturas nacionales, se va haciendo cada día menos rentable, más difícil y menos seguro.  A partir de la conciencia planetaria que se ha instalado en el mundo entero, no es posible abordar el problema de la Amazonía en un solo país, sobre todo si se hace con frivolidad y marrullerías.

Es fundamental que los gobiernos y las empresas, de aquí y de allá, tomen debida nota y se preparen para actuar en el futuro de otra manera, porque así no es posible decodificar y desmontar la urdimbre de mitos, creencias, modos de vida que sirven de argumento o de coartada, según se mire, a las organizaciones que se sustentan en el inmovilismo de la identidad indígena. En el siglo XIX hubo un célebre debate a este propósito entre Andrés Bello, Domingo Sarmiento y Victorino Lastarria, que escandalizaría a los indigenistas de hoy por su inequívoca apuesta por la lenta absorción total de lo indígena por la cultura hispana.

En las crónicas de guerra de la selva peruana no ha aparecido la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA: www.otca.org.br/), integrada por los gobiernos de los ocho países de la cuenca. La crisis de Perú ha coincidido con un taller institucional en Quito sobre los Pueblos en Aislamiento Voluntario y Contacto Inicial. El Plan-Estratégico 2004-2012 de la OTCA no aparecen los términos subsuelo, petróleo, gas, minerales, pero el término indígenas se repite unas 20 veces y muchas más desarrollo sostenible. Quienes quieran que no haya perros entre los hortelanos todos, habitantes de la cuenca, empresarios y políticos, bien harían en utilizar la instancia de la OTCA para abrir un debate global e integral, sin tapujos, orientado a lograr un pacto amazónico que no tenga temas tabú y que, inevitablemente, tendría que culminar en la ONU.

(1) Honorato Viañagrande es un analista y estudioso universitario del continente latinoamericano con largos años de residencia en varios países del área.