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Publicado el lunes 18 de mayo de 2009
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Monitor de la Construcción

Del ladrillo al ordenador

Ignacio Mulas.– A tenor de lo oído en el Debate sobre el Estado de la Nación, este Gobierno continúa llevando al sector de la construcción de derrota en derrota hasta el colapso final. A partir de la lapidaria manifestación mitinera de "menos ladrillo y más ordenadores", el presidente del Gobierno no ha dedicado ni una línea, ni una medida, a atender -o rebatir con argumentos serios- las demandas que, desde todas las instancias del sector, se le han hecho llegar en los últimos meses. Ni siquiera un análisis de hasta dónde llegará la caída, cuándo se iniciará la recuperación, con qué mimbres, con qué horizontes. La construcción es el ladrillo y el ladrillo es la corrupción, el causante del desastre económico que padecemos, la causa de todos los males, vade retro, Satanás. Dentro de unos años lo mismo se harán las obras -las pocas obras que se hagan-  desde el ordenador de los colegios o, incluso desde internet.

Más de un millón de parados sectoriales en un año no es motivo para arbitrar alguna medida de apoyo, ni incluso en obra pública, que debiera ser -lo dicen los manuales de primero de Económicas- motor del desarrollo y la competitividad de un país desarrollado. Las simplezas demagógicas tienen eso, que sirven para intentar ganar votos, aunque para ello haya que demonizar al primer sector productivo que pase por allí. Y esta vez, como es costumbre en el progresismo de salón, le ha vuelto a tocar a la construcción.

Lo que puede sacarse en claro de la intervención del presidente Zapatero en ese debate es su obsesión por el corto plazo, su peregrino diagnóstico de la situación -la culpa de nuestros males es de los demonios exteriores y por supuesto de Aznar, los Reyes Católicos, Índibil y Mandonio y por ahí- y por la receta mágica para futuras elecciones: gastar más e invertir menos, que es lo que da votos. Al déficit que le vayan dando, que eso es problema de las generaciones futuras. Ni una mención en su enésimo catálogo de medidas sin orden ni concierto al reforzamiento de la inversión en infraestructuras; ninguna medida a favor de la rehabilitación -a la que va, o iba, uno de cada cuatro euros que se invierten en construcción en España-; ni una ayuda directa para el segmento de edificación residencial como, sin embargo, sí se ha hecho con el sector del automóvil -aunque no hay que desesperar porque hace un mes negaba el Gobierno cualquier iniciativa para ese sector-; ni una medida estructural, es decir, a largo plazo, para establecer un adecuado modelo de crecimiento, ése que parece que debe dejar fuera al demonizado "ladrillo".

Que se considere que no dé réditos electorales -o dé pocos- no es razón para no reforzar la inversión en infraestructuras, que es una necesidad y un elemento estabilizador en estos tiempos de crisis tanto para la maltrecha economía como para sangría de desempleo, y para ello el Gobierno cuenta con suficientes elementos para establecer formas de financiación, que no todas o no en su totalidad han de ser presupuestarias y que muchas de ellas -pago aplazado, concesiones, sistemas mixtos de financiación público-privados- fueron utilizados con éxito cuando España quería entrar en la UEM y tenía -entonces sí- que cumplir con duros requisitos respecto al déficit público.

Respecto a la vivienda debería considerarse el caso del IVA reducido para alquiler con opción de compra en determinados supuestos, y también en rehabilitación con destino al alquiler, lo cual serviría -junto al anuncio del fin en 2011 de las desgravaciones por adquisición de primera vivienda- para frenar las actuales expectativas de caídas incontroladas de precios y ayudaría a dar salida al stock acumulado no solo por la vía de la venta sino también por la del alquiler.

Lo de la rebaja del impuesto de sociedades para empresas o autónomos con menos de 25 empleados y menos de 3 millones de euros de producción no parece muy efectivo para el sector de la construcción, que trabaja por volumen y con poco valor añadido, por lo que la mayoría de las empresas del sector superan esa facturación.

Con el agua al cuello

Aún así, y para los que puedan acogerse a esta medida, no parece muy incentivador un 5% menos a pagar sobre los beneficios netos teniendo que mantener o aumentar los trabajadores empleados, cuando la inmensa mayoría de empresas pequeñas y autónomos -sobre todo las dedicadas a la edificación residencial- están con el agua al cuello y no sólo por el vertiginoso descenso de actividad, sino porque entre la sequía crediticia y la inconcebible demora en los pagos por parte de las administraciones públicas, en lo que más están pensando, seguro, es en crear empleo para ver reducido en un 5% su hipotético beneficio, que para la mayoría está en números rojos.

Ladrillos y ordenadores, pero no ladrillos u ordenadores. Todos los ordenadores que sea menester, pero no es una alternativa acertada la exclusión de aquellos en hipotético beneficio de estos. Lo de cambiar el modelo productivo parece que va dejando paso a  lo de cambiar el modelo de crecimiento, que es lo correcto. Hay que mejorar la distribución de la actividad productiva nacional en beneficio de actividades cada vez más rentables, de mayor valor añadido, con mayores componentes de tecnología e innovación.

Pero eso no se puede hacer penalizando o demonizando sectores como es el de la construcción, que ha liderado el singular crecimiento de nuestra economía y del empleo en la última década. Hay que poner los medios necesarios para fomentar y aumentar el peso en nuestro PIB de ese otro tipo de actividades y, como consecuencia, alcanzar una reducción del peso relativo de la actividad de la construcción en la composición de nuestra creación de riqueza.

Pero poner todos los medios posibles para que la participación de la construcción en el PIB decrezca, sin conseguir que el resto de sectores productivos crezca, es una aberración económica, un error de proporciones históricas y una rémora para los próximos años que será difícil levantar y que, en definitiva, nos llevará más intensamente y durante más tiempo por el camino de la pobreza en vez de por el de un aumento ordenado de nuestra riqueza y competitividad.