Monitor de Coyuntura
El activismo fiscal está en marcha, falta esperar que los frutos lleguen a tiempo
La crisis financiera que comenzó en agosto de 2007 se recrudeció enormemente en 2008. Esta situación hizo que los gobiernos tomaran medidas sin precedentes para evadir un colapso financiero y así evitar una fuerte caída de la economía mundial. A lo largo del primer semestre de 2008 se confirmó que la política monetaria agresiva (importantes recortes de tipos de interés y medidas de expansión cuantitativa) junto con la intervención directa en el sistema financiero y bancario no era suficiente, ni tenía la efectividad necesaria, para mitigar los crecientes riesgos de recesión global e incluso, en algunas economías, de una profunda depresión. Esto ha impulsado a las autoridades a replantear la estrategia para hacer frente a la crisis, diseñando medidas de política fiscal específicamente dirigidas a estimular la actividad económica.
La política fiscal puede ser una buena opción para hacer frente a una caída temporal del crecimiento económico, más aún en un contexto como el actual donde una política monetaria laxa no es suficiente para reducir la aversión al riesgo de los individuos, ni tampoco recuperar la confianza en los mercados financieros globales. De todas formas, esta estrategia también conlleva sus riesgos: la falta de coordinación internacional, un inadecuado tamaño del estímulo fiscal y el posible impacto sobre los tipos de interés y el tiempo que puede tomar la implementación de los programas diseñados. Lo óptimo sería que la implementación se realizara de forma simultánea en todos los países para maximizar el impacto y las sinergias entre las economías, y minimizar el llamado efecto polizón o, en otras palabras, que una parte del impacto positivo se convierta en mayores importaciones y no estimule el crecimiento del PIB.
A la hora de diseñar un plan fiscal, surgen varios interrogantes: ¿Incremento del gasto en infraestructuras? ¿Recorte de impuestos? ¿Temporal o permanente? ¿Medidas específicas o de amplio alcance? La combinación de medidas es crucial para determinar la efectividad y eficiencia en reactivar la actividad a tiempo, facilitar el ajuste controlado de algunos sectores y crear empleo. La heterogeneidad que existe entre los planes fiscales anunciados responde a la diferente valoración de riesgos que hacen los gobiernos.
Estados Unidos ha sido el primer país en anunciar, y avanzar de forma decidida, en el diseño de planes de estímulo fiscal. Un primer plan -aprobado en febrero de 2008- se centraba en fomentar el consumo de los hogares en un momento de clara desaceleración de la actividad. El segundo estímulo fiscal de Estados Unidos ha sido anunciado por el presidente Obama, y aunque aún no se conocen todos los detalles específicos, todo indica que será de una cuantía en torno a los 825.000 millones de dólares, y comprenderá un conjunto de medidas para estimular la actividad económica en el corto plazo a la vez que se emprenden proyectos de corte más estructural, con un efecto a largo plazo. Entre las medidas que tendrán un impacto inmediato están las transferencias a los estados para evitar la paralización de proyectos locales en marcha. El plan también consta de una reducción de impuestos de unos 250.000 millones y la cuantía restante se destinará a gasto público con un énfasis en infraestructura de transporte, energía y educación.
En Europa, los planes fiscales reflejan en gran medida la situación económica que atraviesan los diferentes países de la zona. Observando los países se pueden distinguir dos grandes grupos. Por un lado, aquellos países con un elevado grado de endeudamiento de los hogares, y en los que el sector de la construcción ha tenido una contribución determinante en el crecimiento económico, como son España, el Reino Unido e Irlanda. Por otro lado, los países donde el sector de la construcción contribuyó de forma moderada al crecimiento, y sus familias registran un menor apalancamiento, como Alemania, Francia e Italia. El primer grupo ha sufrido un impacto negativo más profundo de las perturbaciones generadas por los mercados financieros en el último año.
Esta sencilla separación pone de relieve por qué los gobiernos de España y el Reino Unido han diseñado planes discrecionales de estímulo fiscal desde un inicio sustancialmente más importantes que sus vecinos europeos. El gobierno alemán ha decidido en las últimas semanas ampliar el tamaño de su programa fiscal desde el 0,6% del PIB previsto inicialmente hasta el 2,7%. Por su parte, Francia e Italia destinarán el 0,5% del PIB, estímulos fiscales relativamente más modestos y centrados principalmente en la inversión pública, cuyos efectos se sentirán principalmente en 2010. Los planes fiscales de España y el Reino Unido doblan estas magnitudes y contienen elementos que pueden estimular la actividad más a corto plazo.
Las dudas en Estados Unidos se centran en la efectividad del recorte de impuestos, ya que se estima que los contribuyentes destinarán una parte importante de los beneficios a elevar el ahorro y a la cancelación de deudas contraídas previamente, es decir, no se destinará al consumo de bienes. Las previsiones del equipo económico del presidente Obama sobre el impacto acumulado que tendrá el estímulo fiscal en 2009-2010 lo sitúan en torno del 3,7% del PIB, aunque la incertidumbre es muy elevada. En Europa, las diferencias entre los planes fiscales de cada gobierno podrían mitigar las sinergias de los efectos positivos sobre la actividad real y es probable que los planes de algunos países (por ejemplo, Francia e Italia) se revelen insuficientes para contrarrestar la caída de la actividad prevista.
En definitiva, el activismo fiscal se ha puesto en marcha. Ahora falta esperar que los frutos sean los deseados y que lleguen a tiempo.