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Publicado el viernes 4 de diciembre de 2009
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CAMPO BASE

 

Memento mori

Por Lucía Casanueva.– La muerte estos días de Lévi-Strauss, Francisco Ayala, López-Vázquez, Carmela Arias, Sabino Fernández Campo hace pensar sobre la importancia de una sección que es una "Siberia periodística": los obituarios. La lectura hace unos días del de Sabino Fernández Campo firmado por el ex secretario general del Partido Comunista, Santiago Carrillo, me hizo pensar en esto. Las necrológicas en nuestros diarios suelen estar en la página 45 ó 50 y por lo general son tan breves que más que una semblanza apenas es un apunte biográfico. Además, en España, no hay que ser Sabino Fernández Campo para que a la muerte a uno lo llenen de halagos aunque lo hayan crucificado en vida. Fiel reflejo de la sociedad cainita y envidiosa en la que vivimos.

En la prensa inglesa ocurre el fenómeno contrario. Los obituarios ocupan un lugar destacado. The Economist ó The Daily Telegraph lo consideran una de las secciones importantes. El periodista Hugh Massingberd, editor de obituarios del Telegraph entre 1986 y 1994, convirtió la sección de necrológicas en una de las favoritas de los lectores y lo ha seguido siendo después de su muerte. Consiguió que la recopilación de obituarios en libros se convirtiese en varios libros best-seller. Massingberd pasó de un recital seco de datos biográficos a la creación de un género periodístico con vida propia. Una narración ingeniosa de la vida del finado aportando sentido del humor y una mezcla ajustada de reverencia e irreverencia. En el Telegraph el obituario no es un género cerrado sólo a personajes famosos, todas aquellas personas con una vida interesante son bienvenidas.

Un buen obituario es el que resulta vivo, humano y contiene, si es posible, un punto de humor. Consigue devolver literariamente a la vida el recuerdo del muerto. Las necrológicas nos ayudan a entender lo que pasa a través de la narración de lo que les ocurrió a nuestros contemporáneos. Conocer la historia, vida, logros y fallos de otros es esencial para hacer una interpretación certera del presente. Ahora que todas las noticias versan sobre crisis, recetas para salir de la crisis, análisis de la ídem... se nos olvida algo importante y es que la tozudez en el error demuestra que la memoria es especialmente corta. Nos falta análisis y reflexión. De ahí que sea importante conocer mejor las vidas de los que nos rodearon.

No podemos explicar el presente si no sabemos interpretar el pasado. Sin la actuación de Fernández Campo, a lo peor, el desenlace de la noche del 23-F no hubiera sido favorable para la preservación de nuestra democracia. La narración del obituario no puede reducirse a una sucesión de halagos que resten objetividad al texto. En España, la fama póstuma de la que hablaba Larra hace siglo y medio se ha disparado hasta extremos que, si el muerto presenciase el empalagoso peloteo, le darían ganas de volver a la tumba. No nos vendría mal un Massingberd ibérico que le diese a este género la importancia que merece. La necrológica tiene que ser un texto de análisis verosímil, no exento de un toque poético.

Debe entremezclar la autenticidad, la investigación en profundidad y la mirada crítica del periodista que remueve recuerdos y que escribe páginas irrenunciables de historia. Si conocemos mejor la vida de nuestros contemporáneos y antepasados interpretaremos de forma más certera el presente y, probablemente seamos más sensatos a la hora de enfrentarnos al futuro. Y además, el obituario siempre recuerda que la vida es finita. Un buen revulsivo para entrar en acción ¿no?