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Publicado el jueves 24 de diciembre de 2009
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Monitor de Coyuntura

La vieja Europa, ¿qué quiere ser de mayor?

La gestión de la evolución demográfica, uno de los grandes retos de Europa en el siglo XXI

VejezServicio de Estudios de 'la Caixa'.– De niños, a todos nos preguntaron alguna vez: ¿Y tú, qué quieres ser de mayor? Era una pregunta divertida, cuya respuesta permitía aventurarse en infinidad de futuros; como un juego de disfraces. Con la edad, la pregunta se hizo un tanto más relevante a la par que incómoda: llegaba el día de hacerse mayor y apostar por un solo disfraz. Europa se halla hoy en esa etapa: afrontando un eventual retroceso no sólo de su peso demográfico sino también económico, y obligada a replantearse su futuro en el mundo del siglo xxi. En las últimas décadas, la población europea ha ido perdiendo peso en relación con la población mundial: si a mediados del siglo xx representaba un 21% del total, actualmente no llega al 11%. La mayoría de proyecciones no sólo apuntan a la continuidad de esa tendencia sino al progresivo envejecimiento de Europa, es decir, al retroceso del peso relativo de la población joven respecto a grupos de más edad.

Aunque el envejecimiento se presenta como un fenómeno global, su intensidad varía entre regiones y Europa destaca por ser, junto a Japón, la más afectada. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) prevé que la mediana de edad(1) en la Unión Europea (UE), aumente 8 años el primer cuarto de siglo hasta alcanzar los 45 en 2025, muy por encima de los 34 previstos para Brasil o los 39 de China o Estados Unidos.

La estructura de edad de la población europea actual es el reflejo de su historia demográfica reciente y, en particular, de cambios sustanciales en sus patrones de crecimiento natural y migratorio. El avance socioeconómico ha conllevado mejoras en la calidad de vida y la sanidad, que se han traducido en un progresivo aumento de la longevidad y de la esperanza de vida -ocho años en el último medio siglo-. Por otra parte, debido en parte a los adelantos en el control de la reproducción, la tasa de fecundidad descendió notablemente tras el baby boom de los sesenta, hasta el punto que, hoy en día, no supera el límite que asegura el reemplazo generacional (2,1 niños por mujer) en ningún país de la UE (la media es de 1,5). Ofreciendo un contrapunto, los flujos netos de inmigración despegaron en la última década -pasando de 500.000 personas en 1998 a más de 2 millones en 2003-. A pesar ello, y de que en algunos años han contribuido más del 80% al crecimiento demográfico, los flujos migratorios sólo compensaron en parte el retroceso del crecimiento natural y, recientemente, han tendido a estabilizarse, reduciéndose las entradas hasta los 1,9 millones en 2007.

De no producirse cambios drásticos en dichos patrones de crecimiento demográfico, se prevé que el envejecimiento avance, acarreando nuevos desafíos económicos para los estados europeos. Quizás el más destacado sea la mayor presión que ejercerá sobre el estado del bienestar a medida que aumente la ratio de dependencia (población mayor de 65 años en relación con el grupo de edad entre 15 y 64). En el caso de la UE, algunos pronósticos sitúan esta ratio en torno al 50% a mediados de siglo. Por otro lado, y a pesar de que el punto anterior acapara el grueso del debate, es de esperar que la continuidad de la tendencia demográfica en Europa, si no se ve mitigada por aumentos notables en la productividad, conlleve una retracción del peso económico de la UE en el mundo.

En las últimas décadas, el peso del producto interior bruto de la UE sobre el total mundial ya ha experimentado cierto retroceso, pasando de representar, en paridad de poder de compra, el 27% del PIB mundial en el año 1990 al 22% en 2008. Por lo que al futuro se refiere, las previsiones apuntan a una mayor reducción del mismo en los años venideros, en parte, debido al proceso de envejecimiento. Tal y como ilustra el gráfico siguiente, las economías más avanzadas en su proceso de envejecimiento tenderán a crecer menos. Según algunas estimaciones, la evolución demográfica en la UE podría conllevar una pérdida de hasta 0,5 puntos porcentuales en su potencial de crecimiento a partir de 2030.

Aunque la tendencia al envejecimiento parece difícil de revertir, se ha debatido ampliamente la posibilidad de mitigar el impacto económico de dicho avance mediante el uso de políticas adecuadas, incluyendo estímulos a la natalidad, a la incorporación de la mujer al mercado de trabajo o al retraso de la edad de jubilación; o políticas migratorias que promuevan la entrada de inmigrantes en edad laboral para reequilibrar la pirámide poblacional. En tanto que una mayor tasa de natalidad ensancharía directamente la base de la pirámide, una mayor participación laboral de la mujer o un retraso de la edad de jubilación aliviaría el descenso en la población activa. Asimismo, una pirámide de población más equilibrada favorecería el crecimiento y la solvencia del estado del bienestar.

En cualquier caso, la evidencia empírica no ha podido corroborar de forma contundente la eficacia de este tipo de políticas y todo apunta a que, sin cambios en los patrones de crecimiento natural, su impacto acabaría sucumbiendo al progreso del envejecimiento. Aun así, dichas políticas pueden favorecer temporalmente el crecimiento económico y ofrecer, así, una ventana de oportunidad para implementar reformas de carácter más estructural que conlleven un aumento de la tasa de fecundidad o avances en la productividad, mejorando así las perspectivas de crecimiento a largo plazo. La alternativa sería adaptar las instituciones y políticas vigentes a la nueva realidad -pues muchas surgieron cuando la estructura demográfica era muy distinta- y, posiblemente, acomodarse a un menor peso relativo de la UE en la economía global futura.

A corto plazo, el futuro de la UE vendrá marcado por la inminente entrada en vigor del Tratado de Lisboa. Entre sus objetivos, el tratado establece allanar el camino a Europa para que ésta se posicione en la escena global futura como «un actor eficaz y relevante». La eficacia, así como la anteposición de la unidad, será ciertamente determinante para lograr dicha relevancia, pero el modo cómo se gestione el reto demográfico también lo será. Decía Séneca que no hay viento favorable para el que no sabe a qué puerto se dirige. Esperemos que Europa decida más temprano que tarde hacia qué destino pone rumbo, que escoja bien y que actúe en consecuencia. Al fin y al cabo ¿no es eso lo que deseamos a todo allegado que pronto se hará mayor? Eso, y que el viento le sea favorable.

Este recuadro ha sido elaborado por Marta Noguer

Departamento de Economía Internacional, Servicio de Estudios de "la Caixa"