Monitor de Coyuntura
Unión Europea, un paso más
A principios de la actual década los líderes europeos lanzaron la iniciativa de adoptar una Constitución que sería la cima con la que se culminaba el proyecto de la integración europea. Valery Giscard d'Estaing se puso al frente del proyecto y en un dilatado proceso que trató de ser participativo y democrático alumbró un texto que fue firmado solemnemente por todos los jefes de Estado y de gobierno de los países de la Unión Europea (UE), incluidos los entonces candidatos Bulgaria y Rumania, en octubre de 2004.
El Tratado Constitucional pretendía simplificar la normativa y los mecanismos comunitarios, acercar la UE a la ciudadanía y dotarla de un liderazgo fuerte y visible a nivel internacional. Pero, al mismo tiempo, tenía ciertos aires federalistas y consagraba la existencia de los símbolos europeos (euro, himno y bandera), además de incluir una Carta de Derechos Fundamentales, cuestiones que levantaron agudos recelos por parte de los países o sectores de población más reticentes ante los poderes de Bruselas y aún más celosos de su soberanía nacional.
Pese al apoyo activo de todos los gobiernos, el texto constitucional naufragó en el proceso de ratificación nacional. Las reticencias nacionalistas se multiplicaron y cuando Francia y los Países Bajos votaron «no» en sus respectivos referendos la trayectoria de la gran reforma acabó en la vía muerta. La ambición de conformar una Europa potente en la escena global chocó contra la realidad, cada vez más diversa y compleja, de la Europa actual. Ahora nos encontramos ante la inminente entrada en vigor del Tratado de Lisboa, que ha sido acogido como un sucedáneo enflaquecido y descafeinado de la desechada Constitución. Además, los nombramientos de dos políticos de escasa proyección para encabezar la presidencia permanente del Consejo Europeo y el equivalente a ministro europeo de Asuntos Exteriores han alentado una sensación de desánimo. Esta valoración pesimista no hace justicia al paso que la Unión Europea va a dar el primero de diciembre. Del Tratado emerge una nueva UE, con personalidad jurídica propia, con una estructura legal más racional, con una delimitación de competencias más precisa y con unas instituciones que mejoran su configuración y funcionamiento. Y, por supuesto, el Tratado apuntala los dos grandes logros económicos de la construcción europea: un gran Mercado Único sin trabas que alteren la libre concurrencia y una moneda única que ha consolidado su papel dentro y fuera de su zona de circulación. El Tratado de Lisboa puede ser frustrante en tanto que es insuficiente para proyectar Europa con verdadero peso político en el mundo. No es la estación término que pretendía ser la Constitución. Es un Tratado que se sumará a la historia de reformas de las últimas décadas. Pero tal vez no tenía sentido forzar la máquina para alcanzar un fin que aún no es suficientemente compartido, y probablemente no es realista pretender dar un paso tan importante si levanta tantas reticencias. Por otro lado, también era difícil, en la reciente reunión informal de jefes de Estado y de gobierno, nombrar unos altos cargos con una personalidad política fuerte cuyo encaje en la maquinaria comunitaria hubiera sido muy delicado. Una maquinaria que en esencia es intergubernamental pero con un componente supranacional que le confiere una originalidad única en la historia. No estamos ante la gran reforma planteada por Giscard d'Estaing, pero se trata de un movimiento en la dirección adecuada. Un paso más. Ni más ni menos.