Cumbre de Copenhague
¿Es creíble el cambio climático?
En España, un tercio de la tarifa eléctrica se destina a evitar el calentamiento global
Me lo han advertido. Escribir una columna con un título así te va a traer algún que otro disgusto innecesario y, por supuesto, confundirte con los que equiparan, en el más puro cainismo intelectual, cambio climático con la izquierda y negación del proceso, con la derecha más recalcitrante. Incluso te van a decir que estás a sueldo de inconfesables intereses empresariales. Sobre todo, en España. Pero, bueno, como esta profesión es peligrosa por definición, arriesguemos y manifestemos nuestras dudas, aunque la intención apenas sea participar en el debate. La pregunta del título, formulada de una manera casi infantil, se la realizó a un directivo energético, a punto de jubilarse, una periodista con ocasión de un almuerzo de Navidad este pasado fin de semana. ¿Es creíble el cambio climático?, preguntó la plumilla. Liberado en apenas unos días de la responsabilidad empresarial, el experto se atrevió a contestar con sorprendente sinceridad: "Pues, la verdad, sí y no; o, mejor dicho, ¿quién sabe?". Lo único cierto, reflexionó, es que la capa de ozono aumenta su agujero, el planeta se calienta en términos relativos y los Gobiernos, especialmente los de los países desarrollados, han asumido como reponsabilidad política que algo hay que hacer para calmar las aguas. Pero todo ello se está realizando a un coste tan desproporcionado que cabe preguntarse si no sería conveniente primero resolver la duda científica.
El interrogante que plantea la teoría del cambio climático es de doble natrualeza. En primer lugar, si la aparente subida de temperatura es consecuencia de la actuación del hombre sobre la Naturaleza. Y, en la misma línea, si el hombre puede hacer algo para evitarlo a corto plazo. De momento, hay una cosa evidente: el coste de tratar de interrumpir el calentamiento puede ser tan elevado para la Humanidad que es probable que en el proceso se pueden olvidar otras metas más urgentes y necesarias. Evitar la hambruna a escala planetaria que se nos viene encima, poner coto a un paro galopante en los países desdarrollados y combatir la miseria en el mal llamado Tercer Mundo, son objetivos que deberían ponerse al mismo nivel en la agenda de la cumbre de Copenhague -y de otras- que el cambio climático, cuya razón de ser se basa en un punto de partida del que no existe una total certificación científica.
Si alguien cree que asumir los objetivos de Kyoto y los que puedan surgir en Copenhague no producen beneficios tangibles a inconfensables intereses económicos, ya puede comenzar por profundizar algo más en el problema. En torno a la estrategia de combatir el calentamiento global han surgido tantos intereses tangibles y desmostrables que uno se pregunta si los que están detrás de ella no son portavoces, sin quererlo, de los mismos. En la próxima década, el mundo civilizado destinará miles de millones de euros y dólares en intentar cumplir los objetivos marcados internacionalmente para combatir el cambio climático y sería ridículo pensar que en torno a esa meta no han surgido intereses perfectamente identificables.
Sólo en España, en un sector tan decisivo como el eléctrico para el control de las emisiones de CO2, un tercio del coste en generación y distribución de energía (aproximadante 20 euros de cada 60) va destinado a financiar el control de la contaminación climática. ¿Puede pensar alguien que ese gasto no beneficia a intereses empresariales? No dejan de estar equivocados los que consideran que los que defienden un equilibrio en la estructura energética de este país son pérfidos retrógrados que cobran de fundaciones derechistas o sonteledirigdos por políticos obsoletos al servicio de vete tú a saber que intereses ocultos. Algunos de ellos deberían saber que fue el Gobierno de la conservadora Margaret Thatchet el primero que marcó, en los años ochenta, la pauta e identificó los primeros programas para combatir el cambio climático.
Nadie pone en duda de que las energías renovables son necesarias a corto, medio y largo plazo, tanto en este país como en aquellos que incluso cuentan con más fuentes autóctonas de energía que nosostros. Pero destinar los escasos recursos de cualquier país, de manera incontrolada, a generar una electricidad que ya se dispone por otros medios es como adquirir un segundo coche para utilizarlo cuando el primero está en el taller. Y más cuando el sueldo no lo permite.
Disponer en un horizonte de 20 años -como ha fijado Zapatero en sus distintos programas económicos- de un parque eólico que genere el 40% de la electricidad del país puede ser maravilloso, pero cabe preguntarse su coste y si estaremos dispuestos a quedarnos sin suministro de luz cuando no sople el viento. Lo mismo, pero elevándolo a la enémisma potencia, puede decirse de la energía fotovoltáica, cuyo coste de producción es hasta un 400% más caro que el importe medio de generar un kilowatio con los medios actuales. Y eso si luce el sol. Es cierto que siempre hay un término medio, pero de eso se trata, de fijar unos objetivos creíbles y posibles, sin desmembrar una política energética que hoy por hoy se parece más a las ocurrencias de un grupo de visionarios que al estudio de un equipo de exprtos competentes.
Nadie niega la evidencia de que hay que profundizar en algunos cambios de estrategia, que nos liberen de situaciones de las que algún día nos podamos lamentar, sobre todo nuestros hijos. Pero el cambio climático es, según opiniones tan respetables como las contrarias, una duda científica razonable en ambos sentidos (los que lo afirman y los que lo niegan) y en un planeta cuyo origen se establece en miles de millones de año atrás, afirmar que en apenas 150 años el hombre ha destrozado su entorno natural es cómo señalar que los dinosaurios cambiaron el clima y propiciaron su extinción como consecuencia de sus ventosidades. Este planeta, que se sepa, ha experimentado en su multimillonaria (en años) existencia al menos cuatro hibernizaciones y equivalentes calentamientos y no existe ninguna constancia, más bien todo lo contrario, de que el hombre pintase algo en ellas.
Más urgente puede resultar, sin caer en la demogagia, destinar más recursos a paliar la hambruna o escasez de alimentos que se nos viene encima -o ayudar a salir de la crisis económica que genera paro y situaciones doloramente injustas-, que abrazar ciegamente la teoría de que el hombre es un ser tan palurdo que debe obsesionarse por la idea de preservar un entorno natural del que apenas tenemos idea cómo será si reducimos un porcentaje -establecido además de manera arbitraria- de nuestras emisiones de CO2. Que hay que hacer algo, nadie lo duda. Pero, por favor, establezcamos antes la certeza científica y no de reduzcamos el debate a una cuestión política de izquierdas o de derechas. Y sobre todo identifiquemos quien se beneficia y quien pierde en el proceso. Porque -y ese es otro debate- sólo algunos países están pagando miles de millones por realizar esfuerzos para reducir sus emisiones de CO2 mientras otros cobran por ni siquiera intentarlo.
En cualquier caso, no perdamos de vista el único axioma que existe en este debate: el Hombre es apenas una gota en la inmensidad de un Universo que se rige por sus propias reglas, de las que muchas nos resultan hoy por hoy desconocidas.