Monitor de Coyuntura
Estanflación: ¿cómo frenar a Pandora?
· Hay quien ve notables similitudes entre la situación económica actual en Estados Unidos y la que allí se vivió en los setenta
Cuenta la mitología que hasta que Pandora no abrió su célebre ánfora –convertida en caja por el Renacimiento– la humanidad había gozado de plena armonía en el mundo. Al destaparla, Pandora liberó todas las desgracias humanas. Hay quien teme que, tras un periodo de relativa tranquilidad, el conjuro entre la crisis subprime y los desajustes en los mercados de materias primas pueda liberar uno de los peores males económicos: ese demonio llamado «estanflación».
El origen del término (del inglés stagflation) se remonta a 1965. Durante un discurso ante el parlamento, Ian McLeod, quien más tarde sería ministro de finanzas británico, combinó los vocablos «estancamiento» e «inflación» para describir una situación económica que aglutinaba lo peor de dos mundos -alza de precios por un lado y estancamiento económico por otro- y que atormentó a muchos países durante más de una década. El reciente repunte de la inflación global y la ralentización del crecimiento económico en Estados Unidos y otras economías avanzadas -sin ir más lejos, la española- han despertado en muchos el recuerdo casi olvidado de esa época. Aunque las similitudes entre ambos periodos son notables, las diferencias existentes pueden aportar la clave para evitar el retorno a un nefasto pasado que tantos -y en especial las autoridades monetarias- quisieran sellar para siempre.
Justo estrenados los setenta, la coincidencia entre un periodo de elevado crecimiento económico y una serie de malas cosechas disparó los precios mundiales de las materias primas. El embargo de la Organización de Países Exportadores de Petróleo en octubre de 1973 cuadriplicó el precio del petróleo y no hizo más que agravar una situación que acabó repercutiendo sobre el poder de compra de los hogares americanos. Todo ello llevó a Estados Unidos, y de rebote al resto de las principales economías, a una recesión en 1974-1975 al mismo tiempo que la inflación alcanzaba cotas históricas. En 1979, para ensombrecer aún más el panorama, la inestabilidad en Oriente Medio acarreó nuevas restricciones de crudo y el segundo shock del petróleo en menos de diez años.
De ese modo, y apenas concebida como problema, la estanflación se convirtió de pronto en una realidad que, según las teorías económicas de entonces, era del todo anómala. La escuela keynesiana tradicional -predominante desde la Segunda Guerra Mundial- consideraba muy improbable que estancamiento e inflación ocurrieran simultáneamente. De hecho, la experiencia histórica les había llevado a asociar una caída de la actividad económica (en concreto, un alza en la tasa de desempleo) a un retroceso de la inflación; una relación conocida como la «curva de Phillips».
La magnitud y duración de la estanflación de los setenta desmoronó la estabilidad aparente de la curva de Phillips y, con ella, los modelos económicos keynesianos al uso. Ello motivó un total replanteamiento de la teoría y de las fórmulas habituales de política macroeconómica. Los economistas Milton Friedman y Edmund Phelps, ambos laureados con el premio Nobel, fueron los primeros en aportar una hipótesis que explicaba la desaparición de la relación tradicional entre inflación y desempleo. La clave está en las expectativas de inflación: cuando la autoridad monetaria permite un nivel excesivo de inflación durante demasiado tiempo, tanto empresas como trabajadores tienden a anticipar una inflación futura mayor y a incorporar esa expectativa en sus negociaciones de precios y salarios. En un entorno poco competitivo y con un mercado laboral poco flexible, ello presiona los salarios y precios al alza en un proceso que, de no controlarse, podría derivar en una espiral de inflación.
Aunque todavía no existe consenso absoluto sobre cuál fue el principal responsable de la estanflación de los setenta, dominan dos posibles causas: un shock de oferta negativo y una aplicación errónea y recurrente de políticas macroeconómicas keynesianas tradicionales. La perspectiva predominante invoca a ambas: el alza en los precios de las materias primas encendió la mecha y el uso de políticas monetarias expansivas dirigidas a frenar la recesión hizo el resto. La inflación resultante de la creación excesiva de dinero habría hecho mella en las expectativas y, en un entorno más regulado y menos sujeto a la competencia que el actual, se habría trasladado fácilmente a precios y salarios generando una espiral de inflación.
Volviendo al presente, hay quien ve notables similitudes entre la situación económica actual en Estados Unidos y la que allí se vivió en los setenta. Ciertamente, la ralentización del crecimiento económico en los últimos meses -a raíz de la crisis subprime y del subsiguiente desorden en los mercados financieros- es obvia y, a pesar de ello, la inflación se mantiene alrededor del 4%, es decir, elevada en relación con los últimos años. Además, la Reserva Federal ha ido recortando tipos para intentar evitar la repercusión de la crisis financiera sobre la economía real. Todo ello hace que muchos se pregunten si estamos al borde de un nuevo brote de estanflación, y no sólo en Estados Unidos sino a escala mundial, como acabó ocurriendo en los setenta.
Aunque las coincidencias entre ambos periodos puedan parecer preocupantes y una versión moderada de estanflación en Estados Unidos entre dentro de las posibilidades, el retorno de un episodio tan severo, duradero y global como el de los setenta es muy improbable. La gran diferencia entre hoy y los setenta está en las expectativas de inflación. Para empezar, el nivel actual de inflación queda muy lejos de las cifras de dos dígitos alcanzadas entonces, aunque las políticas expansivas recientes podrían generar más inflación. Segundo, la regulación en Estados Unidos es más flexible y el entorno económico mucho más competitivo, con lo cual es más difícil generar espirales de inflación. Y por último, y razón principal, tanto la teoría como las políticas económicas han cambiado radicalmente desde entonces: la Reserva Federal, con una mejor comprensión de su capacidad de influir sobre las expectativas de inflación, ha demostrado su determinación de evitar un episodio similar. En los últimos años, el creciente énfasis de la mayoría de bancos centrales en mantener la inflación baja y estable ha sido clave para ganar credibilidad y disminuir así las presiones inflacionistas resultantes de los shocks de oferta. Es impensable que se toleren niveles de inflación como los de los setenta que hagan peligrar esa reputación.
Así pues, aunque la estanflación continúa planteando un dilema para las políticas macroeconómicas convencionales -habituadas a combatir un periodo recesivo con fórmulas expansivas y otro inflacionista con fórmulas restrictivas-, las teorías económicas de hoy en día incorporan cambios en las expectativas de inflación y ofrecen fórmulas alternativas a las que utilizaban los bancos centrales de los setenta. Hoy se parte de la hipótesis de que la estanflación a largo plazo es sólo consecuencia de un mal uso de esas políticas y la clave está en estimular la economía siempre que las expectativas de inflación se mantengan bien ancladas. Mientras continúen así es posible entender el énfasis actual de la Reserva Federal en prevenir la recesión pero, si llegara el momento en que la estabilidad de esas expectativas se tambaleara, no cabe duda de que la política monetaria volvería a ser restrictiva con el objetivo de evitar una espiral de inflación. Es precisamente la atención constante de la Fed a cualquier factor que pueda avivar la inflación lo que mantiene las expectativas controladas.
La leyenda cuenta que Pandora cerró el ánfora justo antes de que la Esperanza también saliera de la misma. Esperemos que las autoridades monetarias puedan frenar a su Pandora antes de que abra la caja o, al menos, a tiempo de que queden dentro la confianza en los bancos centrales, la experiencia pasada y lo aprendido desde entonces.